Una aproximación a la geopolítica petrolera

Fotografía: Andrea Ang / Unsplash

Por Yaocíhuatl Atenea y Aníbal Feymen

Ayer amanecimos con una noticia que en muchos sectores de la economía mundial ha generado alarma y, en el grueso de la población mundial, desconcierto. Los precios del petróleo han descendido a niveles históricos. En lo inmediato, este problema se atribuye a la reciente guerra por los precios del petróleo que desataron Arabia Saudita y Rusia, dos de los principales países productores del mundo, a principios del mes de marzo. Sin embargo, es necesario profundizar a la luz de una serie de acontecimientos que se han suscitado en los últimos años.

Estados Unidos y la política energética de Trump

A finales del año 2016 el presidente estadounidense Donald Trump designó como director de la CIA a Mike Pompeo, quien fue dirigente de Sentry International –fabricante de ‎equipamiento para la industria petrolera–, un especialista de la industria petrolera. Al mismo tiempo, el presidente nombraba como Secretario de Estado a Rex Tillerson, ex director ejecutivo de la empresa ExxonMobil. Con estas designaciones se hizo evidente que la política energética sería primordial para la administración trumpista.

Al siguiente año Trump aceleró sus planes de reforzamiento de la economía nacional estadounidense que, a su parecer, le permitiría continuar como potencia hegemónica mundial. Para ello, de acuerdo con sus necesidades, debía concretar el reforzamiento de su poderoso ejército y lograr la autosuficiencia energética. En este sentido, el gobierno estadounidense autorizó la explotación de yacimientos de hidrocarburos de lutitas bituminosas, también conocidos como shale, a través de la utilización de la fractura hidráulica o fracking, a pesar de su naturaleza ambientalmente devastadora. La  implementación del fracking llevó a Estados Unidos a convertirse en el primer productor mundial de petróleo.

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La política energética trumpista fue oficialmente revelada en marzo de 2019, durante la celebración del CERAweek, el mayor evento petrolero de Estados Unidos en el que participaron los directores ejecutivos de compañías petroleras de 78 países. El orador principal del evento fue Mike Pompeo quien expresó una enorme satisfacción por los excelentes resultados de la industria petrolera estadounidense logrados gracias a las técnicas de extracción de petróleo y gas esquistos. Además, anunció la creación de un buró especial para la gestión de los recursos energéticos que implicaba que los directivos de la industria petrolera tendrían que tratar directamente con Pompeo quien les ayudaría a conquistar los mercados internacionales a cambio de su ayuda necesaria para que Estados Unidos concrete su política energética que consiste, fundamentalmente, en producir el máximo posible en el país y agotar una parte de la oferta mundial para equilibrar el mercado. De esta forma Estados Unidos podrá vender sus hidrocarburos de lutitas, cuya producción resulta particularmente costosa.

Para la actual política energética estadounidense no resulta conveniente la reducción de la producción mundial al nivel de la demanda mediante cuotas de producción; lo que a ellos interesa es cerrar los mercados a países petroleros como Irán, Venezuela y Siria cuyas gigantescas reservas recientemente descubiertas aún no entran a la fase de exploración.

Los hidrocarburos rusos en Europa

2019 (3)_rdax_980x425.jpgA finales de 2017, Rusia se acercó a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) con la finalidad de lograr un alza generalizada en los precios del petróleo. Desde entonces aceptó disminuir su producción para alcanzar tal ‎objetivo. Y es que la economía rusa ha sufrido las consecuencias de las sanciones de occidente, sobre todo porque sus exportaciones de hidrocarburos son su principal divisa junto con la venta de armas. En este sentido, los intereses de Rusia, al igual que los de Estados Unidos, consisten en no saturar el mercado petrolero. De allí se comprende porque Moscú no se aventure a apoyar a Irán para que éste exporte su petróleo, ni inicie la explotación de los yacimientos sirios que se encuentran en posesión de las compañías estatales rusas y, por lo mismo, no auxiliará a Venezuela a ‎exportar su petróleo.

La táctica rusa y la estadounidense parecen iguales al pretender mantener elevados los precios de los hidrocarburos, pero la diferencia se encuentra en que Washington no sólo pretende estabilizar la oferta ‎mundial de hidrocarburos sino también determinar hacia dónde fluyen. De ahí se comprenden las presiones que ‎la administración Trump ejerce sobre la Unión Europea en su conjunto y, desde luego, sobre cada país individualmente para evitar la construcción del gasoducto ruso Nord Stream 2 que proveería a todo el continente de gas. El objetivo de Estados Unidos es claro: ‎evitar a toda costa que Europa consuma los hidrocarburos rusos, situación que sería un golpe terrible a su economía.

Arabia Saudita se rebela

Las administraciones del republicano George W. Bush y del demócrata Barack Obama implementaron una estrategia militar que consistía en destruir las estructuras de los Estados en regiones enteras del ‎planeta. El objetivo de las guerras de Estados Unidos no era vencer sino prolongar el estado de ‎guerra, mantener la “guerra sin fin” anunciada por George W. Bush desde 2001.

Una década después, en 2013, el Pentágono adaptó la “guerra sin fin” a las realidades que había encontrado en Medio Oriente y, en ese contexto, el New York Times filtró dos mapas que ‎proyectaban la división de Libia y la creación de un ‎‎Kurdistán, sólo en territorios de Siria y de Irak sin tocar la mitad oriental de Turquía ni ‎los territorios de Irán. Igualmente anunciaba la creación de un Sunnistán que abarcaría ‎territorios de Siria e Irak y el desmembramiento de Arabia Saudita en cinco países y la división de ‎Yemen en dos. Esta última operación comenzó en 2015 (Artículo para consulta AQUÍ)

En la actual guerra de agresión que Arabia Saudita sostiene contra Yemen, el Pentágono instó a Arabia Saudita e Israel a lanzarse ‎al asalto de Yemen para explotar los recursos petroleros del desierto de Rub al-Khali. La operación ‎se realizó con la participación de la aviación israelí, de mercenarios colombianos agrupados bajo ‎la bandera saudita y con tropas de Emiratos Árabes Unidos. La coordinación estuvo en manos de ‎un estado mayor tripartita conformado por Arabia Saudita, Estados Unidos e Israel. ‎Sin embargo, apoyándose en las rivalidades tribales, el Pentágono logró complejizar la situación ‎hasta lograr que Yemen se convirtiera de facto en un país efectivamente dividido en dos, pero ‎también se dividió la coalición conformada por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.

A finales de marzo del presente año, los hutis del norte de Yemen –respaldados por Irán– atacaron exitosamente ‎dos bases militares sauditas e hicieron prisioneros a más de 700 soldados del reino mientras que ‎las tribus respaldadas por Emiratos Árabes Unidos atacaban a las tribus que Arabia Saudita apoya ‎en Adén. El gobierno del presidente yemenita Abdrabbo Mansur Hadi, única autoridad yemenita ‎oficialmente reconocida por la ONU, aunque está exiliado en Riad, perdió el control de Adén.  (Consulta AQUI)

Ese completo cambio de la situación coincide con el fracaso de Estados Unidos en Siria, pero éste sigue adelante con el plan de “guerra sin fin” emprendido desde 2001 y ‎se dispone a desestabilizar Arabia Saudita. El presidente Donald Trump ha autorizado avanzar en esta ‎nueva etapa condicionándola a que las tropas estadounidenses no participen ‎directamente sino a través de Emiratos Árabes Unidos. ‎Esto ha abierto una situación de enfrentamiento entre Washington y Riad. Así, finalmente, el príncipe heredero Mohamed Ben Salman ‎abrió una guerra de precios del petróleo que afecta directamente a la industria ‎estadounidense del crudo de esquistos. El heredero designado del trono saudita provocó ‎deliberadamente un derrumbe de los precios que llevó el barril de crudo, en un primer momento, de 70 dólares a menos ‎de 30. Pero esta prueba de fuerza entre Arabia Saudita y Estados Unidos coincidió ‎inesperadamente con la epidemia de coronavirus y la vertiginosa reducción del consumo mundial ‎de energía.

En este contexto, tanto Arabia Saudita como Rusia tienen motivos para mover sus piezas geopóliticas en torno a los hidrocarburos.

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El petróleo en tiempos de coronavirus

En estos momentos hay dos mil millones de personas en el mundo que viven bajo algún tipo de confinamiento como resultado de la pandemia de Coronavirus Covid-19. Es una cuarta parte de la población mundial, algo que jamás se había visto en la historia.

Con una crisis arrastrada desde hace años y agravada por la emergencia sanitaria, este confinamiento ha generado una grave desaceleración económica en todos los sectores de la producción que ha provocado la drástica disminución de la demanda de petróleo.

Es en este contexto que, durante los primeros días de marzo, Rusia decidió romper los acuerdos contraídos con la OPEP e incrementar su producción de hidrocarburos. El reino de los Al Saud tomó entonces, igualmente, la decisión de aumentar su producción del energético. El incremento de la producción petrolera, en un mundo que tiene poca demanda, genera que los precios del petroleo se vayan en picada.

Así dio inicio la “guerra de precios” entre Rusia y Arabia Saudita, aparentemente, donde cada uno busca defender sus cuotas de mercado.

Arabia Saudita es el mayor productor de petróleo de la OPEP y Rusia es el segundo productor no miembro de esa organización; su petróleo es extraído a través de la perforación de pozos en el mar y tierra firme, una técnica “tradicional”, por decirlo de alguna manera, a diferencia de Estados Unidos que lo hace siguiendo la técnica del fracking.

Si bien es cierto que Estados Unidos ha logrado convertirse en el primer productor mundial e inundar el mercado con su petróleo de lutitas, también tiene una desventaja en la lucha por consolidar sus mercados: el precio de producción por barril de este tipo de petróleo es de aproximadamente 35 dólares. Una desventaja comercial si observamos que el petróleo que producen Rusia y Arabia Saudita tienen un costo de producción de aproximadamente 10 dólares.

Si bien el aumento de la producción petrolera en que se han enfrascado Rusia y Arabia Saudita y su consecuente descenso de precios los afecta directamente, el hecho tiene una mayor repercusión en la producción norteamericana pues, debido a los precios de su producción, no puede sostenerse por mucho tiempo con precios por debajo de 20 dólares por barril.

Rusia y Arabia Saudita son formalmente rivales en el mercado del petróleo, pero también se han convertido en cómplices que aprovechan la debilidad de Estados Unidos. Sin duda esto lo tuvieron presente a la hora de decidir la elevación de su producción y, con ello, el desplome de los precios del petróleo. Aparentemente Rusia y Arabia Saudita luchan entre ellas, pero la realidad parece demostrar que unen fuerzas para dañar el esquisto estadounidense. Y ambos tienen motivos para ello, como hemos visto.

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Además de esto, el precio que había sostenido hasta hace algunos días el petróleo norteamericano, al rededor de 60 dólares por barril, ha sido “inflado” por la especulación que en los mercados financieros han desatado las petroleras y sus prestamistas; así, la caída de los precios agrava la situación financiera de las productoras de shale, pues todas ellas cotizan en la bolsa de valores y, con la caída de los precios, también cae abruptamente el valor de sus acciones.

Debido a la sobreproducción petrolera, el día de ayer, el precio por barril de petróleo descendió a números negativos, es decir, por debajo de 0 dólares. Esta es una situación grave para los grandes productores pues eleva exponencialmente sus costos de producción. Un precio negativo significa que deben pagar por el almacenamiento de sus excedentes, algo equiparable al desalojo de desechos tóxicos. Así, pues, frente a una crisis de sobreproducción de mercancías y un aumento extraordinario de producción de petróleo, lo que sucede es que las reservas petroleras se llenan y no hay ya espacios para almacenarlas, lo que significa que los países productores deben pagar grandes cantidades de dinero por este servicio.

Lo que sucedió ayer es que el precio del petróleo contratado para el mes de mayo se desplomó. Los contratos petroleros se acuerdan con meses, y hasta años de antelación, pero sus precios no. Es decir, lo que está acordado es la cantidad de petróleo que se producirá y venderá, no así su precio.

Debido a la incertidumbre generada por la crisis mundial que tiene años manifestándose, y es agravada por la irrupción de la crisis pandémica, la capacidad de producción de mercancías está en duda; es decir, la industria no está segura de cuándo podrá reiniciar sus procesos productivos.

Finalmente, en esta pugna imperialista que involucra directamente a Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudita hay un cuarto actor que observa plácidamente esta batalla: China. No olvidemos que el gigante asiático se ha convertido en el primer consumidor mundial de petróleo con un ritmo de crecimiento anual de importaciones del 20%, así los mayores productores buscar ser proveedores de Pekín.

De hecho, gracias a la generalización de la fractura hidráulica, Estados Unidos comenzó a exportar crudo a China, antes del 2016 no le vendían ni una gota de petróleo. Con la tensión que están generando Rusia y Arabia Saudita en el mercado petrolero se abre la posibilidad de eliminar de la competencia por la conquista del mercado chino a Estados Unidos pues ambos están haciendo negocios con el coloso asiático.