¿Vamos a comer? (III)

Por Rodrigo Díaz Montes

La noche siguió y las horas se marcharon junto con la gente. Cuando despedimos a Melissa, que fue la última en abordar su Uber, Carolina cerró la puerta, brincó sobre mi y me besó intensamente.  Al fin estábamos juntos, solos. Ambos teníamos algo de sed y seguimos tomando, un rato más. Sentados de nuevo en la sala verde de mi casa, platicando, besando y riendo.

Cuando entró la madrugada, nos congelamos en el mismo tiempo, las horas dejaron de tener minutos y solo tenían palabras. Carolina siempre ha sido más inteligente que yo, por eso disfruto platicar con ella, por eso me fije en ella en primer lugar.

Preguntas sobre nosotros, a nosotros.

-¿Por qué siempre terminamos hablando de nosotros?- Dijo Carolina.

–Porque nunca hemos hecho nada con nosotros– Le respondí, en un frío momento de la madrugada.
-¿Sabes que me gusta de ti?- Me preguntó mientras me agarraba la mano.

–No sé, en verdad me gustaría saber– le respondí yo mientras me acercaba a darle un beso.
–El béisbol- Respondió Carolina mientras me mordía los labios y ponía su mano en la parte alta de mi pierna.

Seguimos hablando sobre cosas que no importan tanto, o al menos cosas que no recuerdo. De vez en vez nos serviamos más ginebra o agua mineral sola, para bajar un poco la borrachera. Yo estaba preocupado por mi rendimiento, no quería arruinar ese momento por ebrio.
-–¿Nos besamos bajo la lluvia?- Dijo ella mientras se levantaba del sillón con euforia y alegría.

-–Vamos– Le respondí mientras me levantaba para salir al patio.

Nos besamos, y en realidad las películas romantízan una situación un tanto incómoda, agua en los ojos, frío y ropa pegada a la piel. Pero en ese momento una historia anterior a esta se me vino a la mente, me llene de tristeza y me separé de ella.

–¿Por qué me dejaste darte tantas flores y tanto amor si seguías con el otro wey?- le pregunté con la voz debilitada por el nudo en la garganta que se ató al recordar.

–Por que me gustaba lo que hacías- me dijo de espaldas, mientras iba de regreso al interior de la casa. –Pero aquí estoy ¿no?– volteó, tratando de endulzar su cinismo.

–Tienes razón– le respondí tratando de no arruinar más ese momento.

En algún momento de la noche recuerdo; la besé, mordí sus labios, agarre su cara por las mejillas y clavando mi mirada en sus ojos le dije:

   –Se que te excita tenerme a tus pies, verme hacia abajo, y a mi me vuelve loco verte hacia arriba, besarte los pies, ser tuyo. Pero estoy consiente de lo que hago, y si quiero, me voy.-  

Puras mentiras, tardé otros años en irme, aun queriendo. Pero en ese momento tenía que recoger algo del orgullo que había tirado.

Las palabras fluyeron, una tarde de comida y café se convirtió en una noche de alcohol, besos y confesiones.  Los bostezos empezaron a interrumpir la conversación, era momento de subir a dormir.

-–Ya hay que descansar ¿No crees?– le dije a Carolina mientras mi tono de voz y mi dicción se alteraban tapando el bostezo con el puño cerrado.

–Con una condición, que te duermas conmigo– Respondió ella mientras se empujaba el último sorbo de ginebra que quedaba en su copa.
–¿Segura?- respondí mientras calaba uno de mis Luckies –Si no, te puedes quedar en el cuarto de visitas– añadí mientras soltaba el humo.

-–Si Rod, segura, quiero dormir contigo.–

En ese momento la borrachera desapareció y mis 5 sentidos estaban más conectados que nunca, el oído y el tacto empezaron a tomar protagonismo. Mi corazón palpitaba queriendo reventar las costillas que lo encierran.

El olfato se compuso también, me acerque a darle un beso y su olor era cautivador. Una mezcla de tabaco, alcohol, sudor y perfume que no era desagradable, era provocador. Un olor que generó querer tocarla más, estar más cerca de ella, dentro de ser posible.

Subimos las escaleras, entramos a mi habitación y cerramos la puerta. El cuarto estaba oscuro, frío. Los pensamientos que me llegaron en ese momento eran abrumadores: ¿Qué haremos? ¿Que me dirá? ¿Me verá a los ojos? ¿Será una despedida? ¿Qué estoy haciendo?. Mi mente repasaba estas preguntas una y otra vez, de adelante para atras y de atrás para adelante mil veces por segundo, la angustia estaba por ganarme. Trate de no pensar demás y prendí la luz, en la lámpara pude encontrar calma.

-–Deja bajo un sleeping bag– le dije tratando de ocultar todo lo que en verdad estaba pasando en mi pecho y cabeza. Aunque ahora que lo pienso, seguro delate más nervio que nada. Subí en una silla y baje del closet el rollo de tela y poliester. Carolina no decía nada, solo había abierto la ventana y fumaba recostada en la cama.

Ella veía cómo temblaban mis piernas al tratar de colocar el sleeping bag en el piso. Después de haberlo logrado me preguntó, con un tono de sarcasmo:

-–¿Ahí voy a dormir yo? – mientras me miraba con indignación fingida y una sonrisa delatora
-–No ¿como crees? le respondí mientras me quitaba los zapatos. –Aquí duermo yo, tú en la cama– añadí.

-–Pero te vas a acostar un rato aquí conmigo ¿verdad?– me respondió mientras se quitaba un suéter mio que se puso cuando el frío de la noche empezó a morder, horas antes – Hace frío y quiero que me abraces –-me dijo mientras el suéter se había atorado en su cabeza y su blusa azul marino dejaba de cubrir parte de sus costillas.

No supe qué hacer, ni qué responder, solamente fumé de su cigarro, solté el aire por la ventana y la cerré. Me acosté a un lado de ella y la abracé. Ella se acurrucó a mi lado y me respondió el abrazo. La luz seguía encendida, disfruté el abrazo por un instante eterno, que se interrumpió cuando ella me pidió que apagara la luz, para poder dormir. Aunque no dormimos nada esa noche.

En ese momento la noche se volvió a congelar, al menos para mi. Me sentí como aquel perro que siempre se esfuerza por alcanzar su propia cola. ¡Y pobre de él cuando lo hace, porque su razón de vida queda sin sentido!. Así me sentí yo por un momento, sabía perfectamente lo que estaba a punto de suceder; pero dudaba si quería hacerlo o no.

¿Qué sería de mi? ¿Al fin habré alcanzado la felicidad? ¿Será posible que después de tanto tiempo por fin esté valorando mi amor verdaderamente incondicional?. Por un ligero momento, tuve miedo de dejar de perder con ella, sería alcanzar mi propia cola de perro. Pero ese no era momento para dudas, de no haber querido la hubiera mandado con Melissa, o a su casa.

Me levanté, apagué la luz y regresé a la cama con ella. Antes de poderme acostar, al borde de la cama ella puso su mano sobre mi pecho. Me empezó a besar casi con la misma pasión con la que muchas noches había soñado en soledad. La abracé, dando rienda suelta a mi deseo y empecé a quitarle la ropa. Ella hizo lo mismo, desabrocho mi cinturón lentamente a la par que yo me encargaba de su brasier. En un abrir y cerrar de ojos estábamos bajo la sábana. Yo besaba y acariciaba su cuello, sus oídos y su boca, mientras ella exhalaba y gemía a mi oído. En momentos besaba mi clavícula y en otros arañaba mi espalda hasta que la piel cedía ligeramente al filo de sus uñas.

No sabia como hacerlo con ella, como verla. ¿Cómo hacerle sentir entre las piernas lo que yo he sentido durante tanto tiempo en el pecho?. Todo salió bien… hice el amor con ella como nunca lo había hecho, lleno de lujuria, de amor, de deseo y de un cierto morbo. Una y otra vez durante toda la noche. La comunicación corporal fue mejorando vez con vez y así, mojamos la cama hasta que la sábana se había convertido en nada más que un gran trapo húmedo.

Durante las pausas, muchos pensamientos bombardearon la agitada paz que teníamos mientras tomábamos agua y/o aire. El pensamiento más pesado era qué decir y cómo actuar la mañana siguiente. ¿Cómo llevar las cosas de vuelta a esa realidad de la que me había escapado unos momentos atrás?.

Quería saber cómo podría llevar las cosas a buen puerto sin naufragar en el limbo sentimental, a pesar de que este limbo era mi hogar. Ya estaba harto, y quería tierra firme. Anhelaba pisar suelo sólido y seco de una vez, después de años de navegar en tempestades agitadas, lagos quietos, rápidos vertiginosos y densos pantanos espesos. Todos estos climas y paisajes han sido parte del viaje en el que me embarqué como capitán de un barco de un solo hombre, un buen día a las 7 de la mañana.

El sol nos alcanzó y con él la vuelta a la realidad. Con tanto calor y sudor la borrachera se había disipado. Entrada la mañana hicimos el amor por una última vez, la mejor. La conexión era perfecta y para ese entonces ya hablábamos sin usar la boca.

Mientras nos vestíamos, abrí la puerta. Al oler el aire fresco de la mañana me di cuenta que iba a extrañar su olor, su presencia en realidad. Y con la escapada del aire encerrado, impregnado de sudor y pasión, se escaparon también la ilusión y los momentos de esa noche, que hoy recuerdo como un sueño.

-–¿Quieres café?– le pregunté con cierta resignación.

-–Si, lo necesito– respondió ella. –Le voy a escribir a Melissa lo que pasó, a ver que dice– me dijo riendo mientras se ponía la ropa que había quedado dispersa por todo el cuarto.

-–Quiero ver que te responde– le dije

-–Claro, mira– me dijo mientras se acercaba a enseñarme la pantalla de su celular.

No recuerdo exactamente qué le respondió Melissa, pero recuerdo que era una respuesta aprobatoria. Algo así como “Por fin, felicidades”.

–¿No tienes un cepillo de dientes para mi?- me preguntó Carolina mientras tomaba agua de la jarra que estaba en el escritorio de la habitación.

–Si, tengo cepillos nuevos debajo del lavabo, te busco uno.- Le contesté ilusionado con la conexión que se puede formar al compartir ese momento muy personal de la rutina diaria.

Fui al baño solo con el pantalón puesto, saqué el cepillo, regresé a la habitación.

-–Toma, la pasta está en el vaso– le dije mientras estiraba mi mano. –Igual si quieres bañarte, tengo toallas limpias– agregué tratando de ser amable.
–No Rod, me baño en casa– me interrumpió mientras terminaba de ponerse la blusa azul marino que había terminado en el espacio entre el buró y la cama.

Bajamos a la cocina, que ya había sido limpiada, y preparé el café. Prendí la televisión para tratar de matar un silencio incómodo y pesado que se había apoderado del momento. Cuando estuvo listo, serví dos tasas y puse unas galletas en un plato.

-–Aquí está– le dije con una sonrisa, pensando que las galletas solucionarían su conflicto con la mañana.

-–Gracias– respondió sin verme a los ojos.

En ese momento Carolina me había regresado a la realidad. No se si el arrepentimiento tomó control de la cabeza de Carolina. Pero lo que sé es que tomó el café tan rápido como pudo. al terminar, supongo que con la lengua escaldada por el calor del café, buscó las llaves de su coche y no las encontró.

-–¿No has visto las llaves de mi coche?– me preguntó con un tono de voz seco, de molestia.

-–Si claro, están en mi pantalón– le dije mientras acomodaba las bolsas que estaban hechas bola entre mi pierna y el pantalón.

Se las entregué. Ella tomó las llaves, buscó la puerta y la abrió. Ya en la calle intenté despedirme dándole un beso. Ella lo rechazó y se fué diciendo:

-–Te busco después–

Eso levantó mi ánimo un poco, pero en realidad solo hizo la caida mas larga y fuerte. Porque, siendo honesto, no me podría haber dicho otra cosa, esa frase era su forma de despedirse. Yo le quise dar un significado que nunca tuvo.

No supe de ella durante el siguiente mes, le escribí y marque casi todos los días. Ella ignoró todos mis intentos por encontrarla. A mi no me interesaba hablar de lo ocurrido; tenía claro que ella estaba arrepentida desde que se fue de mi casa. Quería volverla a ver, saber que había sido de ella. Nunca tuve el valor de irla a buscar a su casa. Supe de ella por los amigos que teníamos en común, estaba bien.

Esa mañana Carolina se había marchado. Y lo hizo con la intención de no volver, y estuvo lejos durante un tiempo. Regresó tiempo despues, pero esa es otra historia, que no merece ser contada por ahora.

FIN

 

 

 

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Autor: Rodrigo Díaz M.

Estudiante de Derecho, filósofo de banqueta, beisbolista amateur y ciudadano crítico.

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