Un confinamiento mórbido

Por Yaocihuatl Atenea 

Prácticamente desde el inicio de la pandemia por Covid-19 en nuestro país, los funcionarios de salud han pedido a la gente se mantenga en casa para evitar la propagación del virus. Una gran mayoría de la población no puede cumplir con estas indicaciones pues, como se ha dicho reiteradamente, necesitan salir a sus labores para llevar a su familia el sustento diario.

A pesar de los despidos masivos pretextando la contingencia sanitaria, la mayoría de estos nuevos desempleados no pueden esperar en sus casas ver a su familia morir de hambre; tienen que salir a la calle arriesgando su salud para conseguir un ingreso mínimo que les permita la subsistencia.

Se ha expresado muchas veces –y es cierto– que el confinamiento voluntario es un privilegio de clase. Sólo una pequeña porción de la clase media y la burguesía pueden lograr este resguardo en sus casas con condiciones óptimas. Una parte importante de las cada vez más depauperadas clases intermedias, no lo hacen en condiciones óptimas y tendrán, en última instancia, que salir también a arriesgar su salud para poder sobrevivir.

De entre quienes han podido mantenerse en aislamiento voluntario, una buena parte ha hecho gala de su talante fascista insultando a quienes no pueden confinarse e, incluso, pidiendo que sean las corporaciones policíacas quienes los obliguen a cumplir con estas disposiciones mediante el uso de la fuerza. En lugar de responsabilizar al capitalismo –el verdadero responsable– de destruir los servicios sanitarios y evitar que la mayoría de la población tenga acceso a una asistencia médica digna, culpan a las masas trabajadoras de “colapsar” el sistema de salud, todo ello de la mano de un discurso estatal que avanza por el mismo camino.

Sin embargo, resulta significativo que en ciertos momentos de la historia el confinamiento forzoso se convierta no en una acción para preservar la vida, sino para destruir anímica y emocionalmente a quien la padece. Me refiero al confinamiento carcelario.

A diferencia del confinamiento al que familias enteras se han sometido en estos días, los encierros carcelarios no se desarrollan con las mínimas condiciones humanas o sanitarias. Pero, de entre todas las reclusiones carcelarias, la más injusta e infame es la prisión por motivos políticos. En varios momentos de la historia los regímenes autoritarios han generado una enorme cantidad de presos políticos; sin embargo, en esta ocasión me ocuparé de escribir sobre las mujeres comunistas presas durante, o después, de la Guerra Civil Española que en nuestro país poco se ha dicho sobre ellas. Los casos de los presos políticos y particularmente de las mujeres comunistas presas han sido prácticamente silenciados; pero los relatos recogidos acerca del paso de cientos de ellas por diferentes cárceles españolas a lo largo de todo su territorio son crudos e indignantes. Las condiciones carcelarias causaron en la mayoría de estas mujeres estragos físicos y mentales que las acompañaron durante el resto de sus vidas.

La mayoría de ellas eran jóvenes que no pasaban de 25 años al entrar en las cárceles franquistas. Jóvenes de 15, 17, 18 años que, después de meses de enclaustramiento y hacinamiento en terribles mazmorras, eran sacadas para ser fusiladas por brigadas falangistas en mitad de la noche a la vista de sus compañeras.

Terribles torturas eran infligidas en contra de aquellas a quienes los franquistas reconocían como parte de la dirección del Partido Comunista Español (PCE) o de las Juventudes del Partido en alguna región, o contra aquellas que mostraban mayor entereza frente a sus captores en el momento de los brutales interrogatorios.

Jóvenes madres a quienes les arrancaban a pequeños bebés de sus brazos para llevarlas a fusilar; aquellas que no eran ejecutadas veían a sus pequeños morir de hambre o de alguna enfermedad contraída en la cárcel a causa de las condiciones infrahumanas en las que desarrollaban su reclusión. La mayoría de ellas no podían dejarlos en custodia con algún pariente pues toda la familia había sido aprehendida y se encontraba dispersa en cárceles de diversas ciudades de la España franquista. A otras no las dejaban ir a prisión con sus hijos; entonces, los niños –la mayoría de ellos pequeños que no rebasaban los 10 años– sin padre y sin familiares vagaban por los pueblos o ciudades en condiciones de indigencia.

Las más jóvenes se enteraban de la muerte de sus padres al salir de prisión; muertes generadas en muchas ocasiones por la angustia que generaba ver a sus hijas en reclusión y saber de las condiciones en las que se encontraban. También las familias eran torturadas. Los falangistas hacían llegar a ellos rumores de que serían fusiladas o serían trasladadas a cárceles con condiciones peores de las que ya tenían.

La mayoría de estas valientes comunistas vivían con apenas alguna pequeña ración de comida que les daban en su confinamiento y, cuando llegaban a tener la oportunidad de recibir paquetes del exterior, sus familiares no podían llevarles nada debido a sus precarias condiciones de vida.

Las prisioneras políticas contaban con apenas un cuarto de litro de agua diario para beber. Las madres con hijos pequeños recibían la misma cantidad, a los pequeños no les tocaba ración. En esas condiciones la solidaridad fue fundamental: las más jóvenes y sin hijos tomaban apenas un sorbo de aquella ración y el resto la juntaban para los niños pequeños y las mujeres mayores, pues había entre las reclusas también mujeres de setenta u ochenta años con sentencias de hasta 15 o 20 años de prisión.

Las cárceles estuvieron tan abarrotadas que, en algunas prisiones se encontraban recluidos hombres y mujeres por igual, sólo separados por algún muro; desde ahí, las comunistas podían escuchar las torturas y vejaciones a los que sus compañeros eran sometidos. También escuchaban cuando los enlistaban para el fusilamiento.

La solidaridad, como dije antes, fue un asunto central. Si alguna de las reclusas recibía alimentos de sus familiares o amigos de fuera, lo entregaban a sus compañeros varones, pues ellos prácticamente no eran alimentados y las torturas en su contra eran más continuas, situación que los debilitaba terriblemente. Si había suficientes alimentos los repartían entre todas y guardaban una parte para entregar a sus compañeros, siempre a escondidas, evidentemente.

La comida en la cárcel era tan mala que la mayoría de ellas enfermaba al comerla; todos estos padecimientos fueron, por supuesto, ocasionados de manera intencional. Cuando las mujeres llegaban a enfermar no tenían la mínima atención. Enfermedades en la piel, el cabello o estomacales eran frecuentes entre las reclusas a causa de las condiciones carcelarias.

Paradójicamente, la mayoría de las prisiones eran administradas por el clero. Muchas de las comunistas no eran católicas, pero se les obligaba a ir a misa para escuchar durante la eucaristía que, por ser comunistas, debían pagar con el sufrimiento de sus cuerpos por los “males” que los rojos cometían contra la cristiandad y las “buenas costumbres”. Tan atrofiadas físicamente como se encontraban, se les obligaba a hincarse durante las ceremonias religiosas. A quienes se oponían se les castigaba sin salir de sus celdas a tomar el sol o simplemente caminar que, en aquellos espacios tan reducidos, se convertía en una actividad necesaria.

Muchas mujeres pasaron años en reclusión, trasladadas de una prisión a otra sin que las condiciones mejorarán en ningún momento. La mayoría de ellas fueron detenidas entre 1936 y 1939, algunas puestas en libertad hacia finales de la década de 1940. Otras no pudieron salir nunca de la cárcel ya sea porque fueron fusiladas o porque murieron enfermas en reclusión.

Quienes lograron salir de prisión se encontraban con que lo habían perdido todo: maridos, hijos, padres, hermanos, lo único que tenían y que las sostenía con fuerza a la vida era su organización colectiva, el PCE –que, con el viraje revisionista al eurocomunismo terminó traicionando a estas valientes militantes comunistas, su lucha y su legado– y la resistencia contra el franquismo. Ciertamente no todas se reincorporaron al trabajo político, ya por temor o porque las secuelas de la cárcel y las torturas no se los permitió. Quienes continuaron, dedicaron a ello su vida entera bajo la más absoluta clandestinidad y disciplina: el riesgo era mayor, pues estaban bajo la mira del criminal franquismo.

Sobrevivientes a estas cárceles han narrado sus experiencias que fueron plasmadas en sendos trabajos escritos por otras mujeres comprometidas o por algunos pocos investigadores que buscan rescatar la memoria colectiva de las comunistas olvidadas.

Todas estas mujeres merecen el mayor respeto y admiración, tanto las que continuaron en la lucha política revolucionaria como las que no lo hicieron, pues cada una continuó una lucha diferente por sobrevivir a los terribles años del franquismo.

Al término de nuestro confinamiento epidémico es necesario retomar nuestras vidas, nuestras luchas y nuestras calles, al igual que las comunistas españolas lo hicieran. Debemos organizarnos y continuar luchando en contra de un régimen opresor que, durante esta cuarentena, ha asesinado a por lo menos, seis defensores de sus territorios y tres periodistas, además de decenas de ciudadanos con sus bandas paramilitares disfrazadas de delincuencia organizada. También continúan desapareciendo jóvenes, hombres y mujeres por igual, perpetrando feminicidios y generando terror entre la población.

Por ahora no podemos menos que honrar a estas valientes mujeres que decidieron oponerse a un régimen criminal a pesar de todos los flagelos a los que fueron sometidas y con los que pretendieron amedrentarlas, someterlas y aleccionarlas y, a pesar de ello, decidieron continuar luchando.

Finalmente, reproduzco pequeños fragmentos de los testimonios de sólo unas pocas de las tantas comunistas que, por aquellos días terribles, fueron arrebatadas de sus vidas cotidianas para ser arrojadas a estos lúgubres espacios de reclusión.

«En aquellos años la cuestión era sobrevivir como personas, fundamentalmente tratar de mantener un lazo con el partido para romper el aislamiento. Por eso era tan importante la propaganda».

Clotilde Ballesteros. Mirabueno, Guadalajara. Integrante del Partido Comunista Español.

«Las mujeres lo hemos pasado muy mal, pero a pesar de todo, sientes ya tan dentro de ti el ideal revolucionario, que volveríamos a empezar».

Flor Cernuda Arrones. Quintanar de la Orden, provincia deToledo. Integrante del Consejo Nacional del Socorro Rojo Internacional.

«Era mi ilusión y mi deber ayudar a mis compañeras».

Pilar Calvo. Talavera de la Reina. Integrante del Partido Comunista Español.

«Marcharme a Francia, donde no corría ningún peligro y se vivía bien en aquel momento, o quedarme en Ciudad Real separada de mi marido, al lado de los que luchaban con el pueblo español. Opté por quedarme».

Ángeles Mora. Puertollano, Ciudad Real. Integrante del Partido Comunista Español.

«Es cierto que a través de la historia, en general, la mujer no ha estado considerada como igual al hombre, pero ¿es que la mayoría de las mujeres han hecho algo para enfrentarse a defender sus derechos? Hoy se habla mucho de feminismo, pero yo no estoy segura de que ese camino de lucha sea el camino de la igualdad con el hombre: solo luchando codo a codo con él no nos sentiremos menospreciadas. Todo lo que aquí se dice es verdad porque pienso que va a servir para la historia y a mí me gusta que la historia diga la verdad y aún me quedo corta».

Rosario Sánchez Mora. Villarejo de Salvanés, provincia de Madrid. Integrante de las Juventudes del Partido Comunista Español. Integrante de la 10° Brigada y la 46° División del Estado Mayor del Ejército Popular Republicano. Integrante del Grupo de Dinamiteros de la 10° Brigada. En ella se inspira el poema Rosario, dinamitera, del poeta Miguel Hernández, escrito en Junio de 1978.

 

Nota de la autora:

“Mujeres y revolución: una reivindicación necesaria”, es una serie de artículos desde los cuales se busca reivindicar la figura de grandes mujeres que han participado de manera preponderante en procesos de lucha revolucionaria y cuya labor ha quedado injustamente relegada en la historia.

Considero necesario destacar el papel que cada una de ellas ha tenido en importantes batallas por la emancipación de la clase obrera y la sociedad en su conjunto, no sólo como acompañantes sino como destacadas protagonistas en la lucha de clases.

Con esta serie también se pretende reafirmar la siguiente tesis: «Cualquiera que sepa algo de historia sabe que son imposibles las transformaciones sociales importantes sin la decidida participación de las mujeres».