Los peores vecinos del mundo (III)

Reflexiones Apátridas

Algunos ignorantes piensan que don M. es tan solo un simple legionario, aunque en realidad es el Praefectus castrorum de la cuadra. Como todos sabemos, este cargo es importantísimo; es el oficial profesional de mayor rango dentro de la Legión y entre sus más destacadas actividades está asegurarse de que esta funcione a la perfección. Don M. está convencido de que el campo de batalla es brutal, de que hay que luchar con arrojo para defender no solo nuestro territorio sino nuestro honor —que a fin de cuentas es lo único que tenemos. Nuestro Praefectus castrorum es incansable, siempre está alerta y ejerce su autoridad con aplomo. Por las mañanas llega muy temprano a abrir su local en la esquina de la cuadra y retira el estandarte que dejó la tarde anterior antes de retirarse a sus aposentos. Luego hace pase de lista a los demás estandartes custodios que con gran amor al deber don M. ha construido y repartido por la cuadra. Dichas insignias son nuestras Águilas romanas al frente de la Legión. A los ojos de los menos avezados parecerán botes llenos de cemento con un palo en medio, sin embargo, para nosotros los guerreros de honor son los mismísimos lugartenientes del Praefectus castrorum que custodian los escasos e inestimables territorios para nuestros sacrosantos automóviles.

Pese a lo que pueda pensarse hay quienes desafían la autoridad del Praefectus castrorum y vilipendian con fiereza nuestros símbolos. Algunos hasta se han atrevido a retirar las sagradas insignias con ínfulas de hartazgo y elevando consignas herejes: ¡La calle es de todos!, dicen, y don M. sale con su espada en ristre a jugarse la vida por un pedazo de banqueta. Alguna vez, según cuenta la leyenda, un jinete de esas máquinas divinizadas arremetió contra una de las insignias, le pasó por encima con saña y partió en dos su mástil de madera preciosa. Dicen que don M., con el honor hecho jirones, gritó a los cuatro vientos que se vengaría como el católico apostólico romano que es.

Don M. cuida con celo los lugares de los habitantes de la cuadra, pone y quita las insignias, espanta a posibles invasores, arremete contra anarquistas, amilana comunistas y asigna espacios si tenemos visitas que llegan en auto o, más difícil aún, si organizamos una pequeña reunión. Es vigía incansable y aun así muchos burlan los espacios, se estacionan y bajan de su auto despreocupados o indiferentes creyendo que la omnipresencia no es una capacidad humana, sin embargo, don M. les cae con la furia del Dios cristiano del Viejo Testamento.

Aunque don M. no vive en la cuadra, ni en la colonia, le debemos una reputación que nos precede: En esa calle ni se estacione, oiga, les dicen a los forasteros y ellos huyen despavoridos. Vincit qui patitur.

Autor: Vonne Lara

Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Mamá cósmica.

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