De la sierra a la frontera (de vuelta) I

TRES DE TRES

Por José Luis Enríquez Guzmán

Eulalio afirmaba que su carrera en el cine inició por pura casualidad. No mentía al afirmar que el azar fue uno de las principales guías de su vida profesional. En uno de sus tantos intentos por ingresar a la radio reconoció al actor Fernando Fernández, a quien ya había presentado repetidas veces en los cabarets de Monterrey, quien estaba filmando La muerte enamorada, dirigida por Ernesto Cortázar. Sin decir agua va, el actor le pidió al productor, Antonio Matouk, que le diera un papel a Eulalio. Sólo estaba disponible el papel de un médico, cuyo único diálogo transcurría en un cuarto de hospital donde informaba a una familia sobre el estado de un paciente. A pesar de que sólo debía decir “No hay esperanza” tuvieron que repetir la escena varia veces, porque al director no le convencía cómo lo decía el “recién nacido” actor. Esa película marcó su debut en el cine. Además, en esa cinta también debutó un actor de origen libanés llamado Mauricio Garcés.

A esta breve participación le siguieron otras apariciones fugaces en diferentes filmes. Los personajes que interpretó no tienen nombre, eran sólo representaciones de profesiones diversas: doctor, en La muerte enamorada (1951); policía, en Ahí vienen los gorrones (1953); o maestro de ceremonias en Dancing (Salón de baile) (1952). Sin embargo, quizá aun con la poca relevancia de sus primeros papeles, algunos espectadores se dieron cuenta del carisma que tenía el Piporro.

No obstante, esa racha de actor incógnito fue rota cuando se decidió llevar a la pantalla grade Ahí Viene Martín Corona, de la mano de uno de los directores de cabecera de Pedro Infante, Miguel Zacarías. Por primera vez la gente vio a ese viejo rubio que cruzaba el campo junto a Pedro Infante todas las noches de miércoles por la XEQ. La película fue vendida bajo los eslóganes de “una renovación moral para el mexicano” o “vea con sus hijos esta película para que sigan las lecciones del Piporro: religión, familia, honor y trabajo”, lo cual contrastaba con el personaje de la radio novela, que más bien buscaba evitar las aventuras en que se metía Martín Corona. Debido al éxito de la cinta, se filmó la segunda parte conservando al elenco, a la que intitularon El enamorado (1952).

Curiosamente, a raíz de la radio novela, el público creía que la edad del Piporro y la del actor que lo interpretaba era la misma, lo que le generó conflictos profesionales a Eulalio, ya que constantemente era rechazado para interpretar  papeles jóvenes.

Para esta etapa del cine mexicano, la bonanza económica aún era equivalente a los argumentos cinematográficos que abarrotaban los cines. A pesar de que la televisión, un invento relativamente nuevo en México, era vista como una competencia directa del cine, las producciones continuaban filmándose sin preocupación aparente.

 

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