COVID19: Óscar Chávez sobre las imposturas de la izquierda “cuando pienso en Chiapas” (3)

Fotografía Fernanda López y César Godínez

PIDO LA PALABRA

Involucramientos y diversidades

Por Vica Rule

La palabra y el silencio

El pasado jueves 30 de abril falleció por la tarde, en la ciudad de México, víctima de Covid19, el cantante mexicano Óscar Chávez (1935-2020). Rápidamente los medios de comunicación en México han difundido la noticia; las condolencias y muestras de apoyo a familiares han sido múltiples, desde algunos funcionarios de la auto llamada 4T, periodistas del sistema, independientes, alternativos, hasta artistas, intelectuales y activistas del movimiento social en México.

Óscar Chávez logró en la cultura mexicana un reconocimiento mayoritario, entre las elites culturales y  el pueblo en general, debido a una larga y diversa trayectoria artística:  desde el radio teatro, la comedia clásica y la escritura de poesía, entre otras actividades. Su actuación en el cine mexicano en la película Los Caifanes estrenada en 1967, le valió un Premio Ariel por parte de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, en el 2011 se le otorgó el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

Empero, para la mayoría del pueblo mexicano, Óscar Chávez destaca por darle voz a las causas más necesarias y nobles de este país: desde la década de los sesentas hasta la  actualidad; la voz y las letras, de Óscar Chávez, son un rescate del romancero, el bolero y la canción tradicional mexicana; un muestrario de las indignaciones más justificadas de la historia nacional, desde el movimiento ferrocarrilero de 1958, la masacre del 2 de octubre en la plaza de Tlatelolco, hasta la ruptura histórica global que significo el levantamiento zapatista de enero de 1994.

“Cuando pienso en Chiapas, mi amor,

 toma sentido mi voz,

brotan metralla y rencor / de mi garganta…”

Falsificación y recuerdo

Apenas, como una imagen borrosa y fragmentada por el tiempo, recuerdo aquel concierto que dio en 1984 Óscar Chávez junto a. los entonces desconocidos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, en el Estadio Azulgrana de la ciudad de México. Eran los años ochenta y en los festivales de las izquierdas mexicanas se daban cita figuras como el grupo Los Nakos, Amparo Ochoa, Gabino Palomares y muchos otros del, entonces, llamado movimiento mexicano del Nuevo Canto, (en ese concierto también participó Carlos Díaz Caito, argentino exiliado y nacionalizado mexicano).

Eran los tiempos del teatro callejero nacido una década antes en Francia y promovido dentro del movimiento social en México por el Centro Libre de Experimentación Artística (CLETA), encabezados por una figura entrañable y legendaria Enrique Cisneros “El llanero Solitito»; en el Rock destacaban Ángela Martínez con sus letras de protesta social y su grupo lleno de energía TNT. En la danza la compañía Barro Rojo, que hasta la fecha ha mantenido una participación artística del más alto nivel técnico y convergente con las luchas sociales.

En esa oleada de arte social y comprometido, que levantó la voz de la resistencia social en la década perdida de los ochenta, contra el naciente proyecto del neo liberalismo en México, siempre estuvo Óscar Chávez abajo y a la izquierda. Una voz que provenía de manera natural y autentica de las entrañas del pueblo mexicano. Su herencia artística, a través de una amplia discografía es parte de la memoria histórica de esos movimientos sociales en México. En los ochentas Óscar Chávez también se solidarizó con el movimiento estudiantil en la UNAM participando en un festival cultural en plena huelga.

Ese arte de protesta, al contrario de los que muchos creen, sigue acompañando las luchas sociales y las resistencias comunitarias; continua con la compañía de Danza Barro Rojo;  con una pluralidad de grupos como Panteón Rococó;  con la gráfica popular producida en los caracoles zapatistas, en el nuevo dispositivo de la poesía/hip hop/sound system de Lengualerta, todo ello en convergencia con los movimientos sociales.

Ahí siempre Óscar Chávez estuvo de manera decidida, desinteresada sin ningún proselitismo; acompañando las luchas por mejorar este país, del lado de las luchas obreras, estudiantiles, con las resistencias indígenas que nos recuerdan que la palabra dignidad tiene sentido y pertinencia;  contribuyendo con su canto, con su voz reticente y un agudo sentido crítico a través de la parodia.

La parodia política de Óscar Chávez, a través de sus letras, como en la caricatura lo fue Naranjo o Rius, son una de las críticas más agudas a la rapiña de nuestra clase política depredadora. Su voz ronca y firme es un contra punto necesario al cinismo y la abyección moral de todos nuestros gobernantes mexicanos. Una forma otra de hacer historia desde la perspectiva social no institucionalizada por la narrativa oficial, sino desde el sentido común compartido por las mayorías populares. Al igual que Chava Flores son cantautores y cronistas de nuestras tragedias nacionales con la picardía y la pirotecnia propia del español en México.

“Me queda viva solo una verdad

empuñar la libertad y alzar en la realidad

paraíso”

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Del 68 mexicano a Marichuy

Cambiar para seguir iguales, mimetizarme en el discurso del otro, disfrazarme en mi contrario, guiarme por el pragmatismo de los intereses antes que en un  horizonte de emancipación o en un argumentario de ideas, esas ha sido la naturaleza profunda de la clase política mexicana en su conjunto hasta el día de Hoy.

Y en ese contexto las actuales referencias a Óscar Chávez por parte del  presidente, al igual de las que hizo, en uno de sus discursos posteriores al triunfo electoral, de figuras como las de Demetrio Vallejo y Heberto Castillo, son formas claras de apropiarse, de un fingimiento y una manera de construir una ingeniosa impostura en la historia de los movimientos sociales en México. Es la cereza en el pastel, la corona de la batalla, hasta ahora, ganada a las verdaderas izquierdas sociales en México por parte de López Obrador. Un sobajamiento hacia a los movimientos sociales derrotados y excluidos de su proyecto nacional.

En el caso de Óscar Chávez el ejercicio de apropiación simbólica desde la institucionalidad de la 4T es un inmerecido acto de apropiación. Una antropofagia política, un verdadero acto de falsificación histórica. En realidad Óscar Chávez desde 1994 fue simpatizante del movimiento neo zapatista; les dedico un disco completo: “pensando en Chiapas”, apoyo campañas a favor de los municipios autónomos del EZLN, viajo y canto en el Caracol de Oventic, se retrató y abrazo con las mujeres rebeldes de la Comandancia del EZLN.

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En el pasado proceso electoral Óscar Chávez se incorporó a la campaña de firmas por la vocera del Concejo indígena de Gobierno (CIG) y del EZLN María de Jesús Patricio Martínez, más conocida como Marichuy. En los días finales de la campaña, de manera inédita y sin ninguna promoción, se presentó  a finales de Febrero del 2018, en una sencilla mesa de recolección de firmas en el zócalo de la ciudad de México.

Acompañado, solamente por su voz y su guitarra, sorprendió a los transeúntes y a los mismos integrantes de las Redes de Apoyo a Marichuy y se constituyó como el mayor recolector de firmas por la precandidatura presentada por la resistencia indígena. Ello fue un enorme acto de generosidad y humildad de este cantante popular. Por eso he tomado la  palabra para recordar, sin falsificar la memoria, las palabras y el silencio de verdadero artista del pueblo mexicano.

El corazón de Óscar Chávez ha dejado de latir, pero sus cantos seguirán viviendo en el corazón rebelde y colectivo de los pueblos indígenas en resistencia; amor correspondido en el reciente y bello comunicado del CNI, a propósito de su fallecimiento.  En tiempos históricos a favor de los advenedizos en que la palabra patria se ha vuelto un significado vacío o flotante, incluso en la mayoría de las izquierdas mismas, no es exagerado afirmar que la muerte de Óscar Chávez es la muerte de un auténtico patriota de barro y barricada.