La tentación totalitaria

Fotografía destacada: Auschwitz. StockFree Images

Por Raudel Ávila 

“Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales.”

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal

El 27 de enero de 2020 se conmemoraron setenta y cinco años del aniversario de la liberación del complejo de campos de concentración de Auschwitz. [1] La prensa internacional ofreció una cobertura exhaustiva de una ceremonia con la presencia de sobrevivientes del holocausto procedentes de Estados Unidos, Canadá, Israel, Australia y algunos países europeos. Como sucede con frecuencia en los asuntos internacionales, el tema pasó de noche en las publicaciones mexicanas. No vimos editoriales, ni reportajes especiales, entrevistas, reseñas de libros, mesas redondas, nada.

Los campos de concentración constituyen un recordatorio de la capacidad del ser humano para llevar a cabo el mal hasta niveles tan extremos que originaron el concepto de genocidio. La búsqueda del exterminio total de un segmento de la población humana bajo cualquier criterio de discriminación fue quizá el acontecimiento decisivo del siglo XX. Por desgracia, no se trató de un hecho que ocurrió una sola vez. Se produjo antes de Auschwitz contra los asirios y los armenios, entre otros pueblos, pero ha vuelto a ocurrir después de la Segunda Guerra Mundial en Camboya, Ruanda y ya entrado el siglo XXI, en Darfur.

El concepto de la banalidad del mal, acuñado por Hannah Arendt en su texto Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, contribuyó a explicar la participación de tantos seres humanos aparentemente ordinarios en crímenes de semejantes dimensiones. “No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión -que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez- fue lo que le predispuso a convertirse en uno de los mayores criminales de su tiempo.”

Ahora bien, ¿cómo explicar el comportamiento de otro tipo de personajes? ¿Por qué algunas figuras supuestamente con más estatura política, moral y cultural decidieron sumar su adhesión a causas funestas? Los intelectuales, teóricamente llamados a iluminar las decisiones colectivas de las naciones, no salen mejor librados que el resto de la sociedad en sus adhesiones políticas durante el siglo XX. En numerosas ocasiones no solamente guardaron silencio, sino que fueron copartícipes de la brutalidad activa de los distintos sistemas ideológicos.

Hay estudios notables en torno a la obsesión de los intelectuales con la pureza ideológica y las nefastas consecuencias derivadas de ello. Ahí está El opio de los intelectuales, el magnífico ensayo del filósofo Raymond Aron acerca del hechizo de los círculos pensantes con el marxismo. La lúcida exposición de Aron evidenció la indiferencia y peor aún, el encubrimiento de intelectuales franceses como Jean Paul Sartre a los crímenes del socialismo “realmente existente” y del maoísmo para proteger una presunta superioridad moral de la izquierda.

La valiente denuncia de François Furet en su monumental obra El pasado de una ilusión pasa revista a la extensísima historia de ceguera compartida por varias generaciones de intelectuales de toda Europa continental frente a la salvaje supresión de las libertades en la Unión Soviética.

Nadie justifica ni disculpa la complicidad de los llamados intelectuales de la derecha con el fascismo y el nazismo. Todo lo contrario. El célebre novelista Louis-Ferdinand Céline publicó panfletos de agresivo contenido antisemita. El poeta Filippo Tommaso Marinetti se convirtió en un ideólogo a ultranza del fascismo, y nada menos que Martin Heidegger, uno de los grandes filósofos del siglo XX, fue un simpatizante cercano del nazismo.

En la actualidad, lo mismo en Estados Unidos que en Europa occidental, China o Venezuela, los intelectuales vuelven a someter su capacidad crítica en favor de la causa de su preferencia. Izquierdas y derechas cierran los ojos cuando sus gobernantes favoritos incurren en falta. Los intelectuales del siglo XXI están repitiendo las equivocaciones de sus precursores del XX.

A efecto de recordar un poco las lecciones mal aprendidas del siglo XX, indagaré la figura de cuatro personajes. Dos intelectuales al servicio del nazismo (Leni Riefenstahl y Albert Speer), un colaborador directo del régimen fascista de Mussolini (el conde Galeazzo Ciano) y finalmente un propagandista del comunismo soviético (Iliá Ehrenburg). Tengo la esperanza de que la revisión de sus trayectorias, inspirada en sus propios textos autobiográficos, posiblemente arrojará luz sobre nuestra situación actual.

Las vidas de los intelectuales y artistas no suelen ser precisamente edificantes, ni siquiera aleccionadoras. La autoridad moral de los círculos culturales no es sino un mito. Recordemos que por su silencio y/o con su participación activa, los intelectuales respaldaron dictaduras. No tomemos sus palabras y opiniones políticas con más interés del que merecen. En el siglo XX, con excepciones que confirman la regla, muchísimos intelectuales no fueron siempre los promotores de la tolerancia y la cultura, sino, con demasiada frecuencia, los defensores de caudillos genocidas. De ahí la importancia de recordar la liberación de Auschwitz y las fechas alusivas al holocausto. El peligro existe. En el siglo XXI, numerosos intelectuales podrían volver a convertirse en los cómplices del totalitarismo.

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Leni Riefenstahl y la seducción del carisma

“Yo rechazaba por completo sus ideas racistas, por eso jamás habría podido ingresar en el Partido Obrero Nacional Socialista Alemán (NSDAP) y, en cambio, aceptaba sus planes socialistas, sobre todo que Hitler acabara con el dramático desempleo de seis millones de alemanes.”

Leni Riefenstahl, Memorias

Leni Riefenstahl (1902-2003) fue una actriz y directora de cine, aclamada por todo lo alto en la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial. En sus memorias[2], descubrimos una mujer audaz, adelantada a su época aún en términos de la muy desarrollada sociedad alemana de su tiempo. No era una mujer procedente de los estratos sociales más elevados, pero, receptora de una educación de gran calidad en su juventud, se formó como bailarina. De ahí pasó a los escenarios teatrales y posteriormente dio el salto a la pantalla grande en películas de cine mudo. Su talento y belleza llamaron poderosamente la atención de mucha gente y logró aprender todo el proceso creativo en la industria cinematográfica, de modo que se le recuerda especialmente como directora.

Si bien el talento y cualidades artísticas de Riefenstahl resultan indiscutibles entre los conocedores del cine, su personalidad política es objeto de controversia permanente. Su película documental El triunfo de la voluntad (1935) es considerada una obra maestra de la innovación técnica del cine. También es una pieza repelente de propaganda nazi. La obra presenta el congreso del Partido Nacional Socialista de 1934 con imágenes intimidantes de soldados y encendidos discursos de los dirigentes nazis. La película pretende mandar el mensaje de la restauración del papel de potencia mundial de Alemania y Hitler como el único capaz de conducirla a un sitial glorioso. Por los cuatro costados, una exaltación fílmica del Führer.

Exhibida y premiada en muchos países, la película le atrajo fama mundial a Leni. En su propio testimonio autobiográfico, Riefenstahl se cansa de repetir que ella no quería dirigir esa película. Dice que no iba con su talante artístico personal ni con sus aspiraciones de mediano y largo plazo. No obstante, ante la insistencia de Hitler, ella terminó por ceder. ¿Estaba amenazada? No necesariamente.

Riefenstahl cuenta en sus memorias cómo, en medio de la degradación de las condiciones de vida del pueblo alemán a consecuencia de las reparaciones a las que fue obligado después de la Primera Guerra Mundial, buscaba un liderazgo fuerte frente a los problemas. La estrella cinematográfica refiere que acudió a escuchar un discurso de Hitler antes de que tomara el poder, y desde entonces, su figura ejerció una fascinación invencible sobre ella. Mantuvieron contacto permanente. Ella relata en sus memorias que el maltrato recibido por su propio padre terminaría por obligarla a abandonar el hogar familiar y, sin embargo, siempre se sintió atraída por hombres “fuertes.” Su propia personalidad era análoga a la del resto del pueblo alemán que, ante el desempleo y la inestabilidad política crónica, terminó cautivado por la personalidad intensamente autoritaria de Hitler.

Max Weber había explicado unos años antes las características del liderazgo carismático, una cualidad de la personalidad individual en virtud de la cual se distinguía de otros hombres al estar dotado (por la mismísima divinidad en las creencias de muchos) de cualidades y facultades excepcionales. El fenómeno encaja cabalmente con lo acontecido en la Alemania nazi.

Al momento de estrenarse El triunfo de la voluntad, Leni Riefenstahl ya era una figura artística consagrada. Por eso es que Hitler originalmente le pidió que dirigiera la película. Quería valerse del prestigio de ella para potenciar el suyo. Y Riefenstahl se prestó a ello. Son muchas las páginas que dedica a explicar su resistencia y oposición a la idea, pero acaba por confesar cómo le resultaba imposible negarle algo a Hitler.

Durante años circuló el rumor de que Riefenstahl había sido amante de Hitler, pero ella lo descarta en su libro como un infundio repugnante. Estaba seducida políticamente, no en el terreno sexual, si bien admite que hubo momentos en los que no podía menos de encontrar muy atractiva su cercanía con un hombre tan poderoso. El éxito de Leni Riefenstahl hubiera continuado con o sin Hitler de por medio, pero probablemente no habría alcanzado la cumbre tan elevada a la que llegó sin el impulso internacional del gobierno alemán.

Lo más interesante vino después, cuando el nazismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial y la carrera de Riefenstahl se colapsó para nunca regresar a los niveles que tuvo en la década de 1930. El descrédito político de haber sido la cineasta de un sistema totalitario racista le costó a ella en términos financieros, reputacionales y hasta de salud. Fue sujeto de bloqueos profesionales, descalificaciones, difamaciones, agravios públicos y privados, demandas judiciales e injurias personales en la calle.

Después de la guerra, Riefenstahl pasó una temporada en la cárcel, pero ése no fue el mayor de sus castigos. Si bien ella se cansa de alegar su inocencia en sus memorias y negar cualquier conocimiento de la existencia de los campos de concentración, buena parte de la elite intelectual y el mundo del cine se negó a creerle hasta el final de sus días. Ella jura que nunca se enteró de ninguna de las aberraciones del nazismo, pues en el trato personal Hitler se comportaba como un caballero encantador. Sí estaba enterada del antisemitismo del Führer, pero lo reduce a una mera diferencia de opinión entre amigos y asegura que no sabía que fuera una parte sustancial de su programa de gobierno. Ella dice respaldar única y exclusivamente las políticas económicas del nazismo. Ni siquiera su programa de conquistas en el exterior, pues se presenta a sí misma todo el tiempo como una pacifista. Insisto, nadie le cree, por más que ganó todas las demandas judiciales por difamación en las que estuvo involucrada ya en la posguerra.

En sus memorias, Riefenstahl se esfuerza por destacar las cualidades personales de Hitler por encima de sus propuestas políticas. Responsabiliza de todo lo malo que haya ocurrido a Goebbels y a Göring, pues según refiere, antes de invadir un país a Hitler le quitaba el sueño evitar cualquier daño a mujeres y niños. A ratos, parece absolver al Führer o cuando menos se empeña en mostrarse absolutamente desconcertada frente a acusaciones que no se corresponden con el carácter del hombre a quien conoció. Aún así, intentó justificar hasta el final la elección del pueblo alemán en favor de Hitler por motivos de sensibilidad social con las circunstancias atenuantes de la mala situación de los trabajadores en el período de entreguerras. Hasta el último momento de su vida, ni todo su talento artístico le permitió recuperar credibilidad y casi todos los estudios de cine la evitaron como la peste, impidiendo de facto el ejercicio libre de su profesión. Ella procuró desmentir las acusaciones de racismo filmando películas y escribiendo libros sobre el pueblo africano de los nuba. No fue suficiente para limpiar su nombre, hasta la fecha.

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Albert Speer, la soberbia clasista y nacionalista

“A pesar de que estuve mucho tiempo a su lado, nunca llegué a conocerlo. No sé quién fue exactamente Adolf Hitler.”

Albert Speer, Memorias

Albert Speer (1905-1981), arquitecto consentido de Hitler y ministro de Armamento y Producción Bélica en la Alemania nazi, parecía un producto más o menos típico de la clase media alta alemana a principios del siglo XX. Es muy probable que en otras condiciones históricas hubiera alcanzado una prosperidad económica y un prestigio artístico similares. Con todo, se le atravesaron la hiperinflación de 1923 y la llegada al poder de Adolf Hitler.

En sus memorias[3], Speer recuerda minuciosamente el día que conoció a Hitler y el poderosísimo magnetismo que ejerció sobre todo su auditorio. Speer era un estudiante y acudió, igual que muchos otros jóvenes, a escuchar un discurso. Lo sorprendió la sobriedad y la imagen de austeridad personal del futuro dictador. Hitler, por entonces sólo un dirigente partidista, conseguía establecer una conexión muy personal con sus oyentes. Al principio no parecía un orador muy dotado ni con mayor profundidad intelectual, incapaz de impresionar a un joven con la formación cultural de Speer. Aún así, conforme se encendía, el orador contagiaba su indignación y rabia por la situación de Alemania a todo el público. La pasión personal de quien pronunciaba el discurso era genuina y transmitía su furia y orgullo nacionalista a todos. El programa político era lo suficientemente impreciso para que todos pudieran identificarse con algún aspecto sin sentir rechazo por otros. Alemania merecía más y estaba llamada a ocupar el lugar supremo entre las naciones. La gente, Speer incluido, salió electrizada.

Posteriormente, Speer se convertiría en un militante activo y convencido del nazismo. Entró a trabajar como asistente del arquitecto personal de Hitler, pero a la muerte del arquitecto, Speer ocupó su lugar. Diseñó y construyó el edificio de oficinas del Führer, pero también trazó los planos, que nunca llegaron a construirse, para un rediseño integral de Berlín, destinada a convertirse en un monumento impresionante como capital del Reich que hiciera gala del dominio planetario alemán. Speer estaba emocionadísimo. No solamente se volvió el arquitecto favorito del gobierno, con libertad creativa para sus proyectos, sino que consideraba su obra artística una colaboradora de la marcha gloriosa de Alemania hacía la supremacía mundial. En su libro, Speer no oculta la emoción que le producían sus reuniones nocturnas y privadas con Hitler para revisar los planos del futuro Berlín. De por sí, por su origen social, Speer ya se sentía destinado a figurar entre los grandes personajes de la historia alemana. La cercanía y predilección del poderoso lo hacían sentir en las nubes.

Una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, la eficacia técnica y el supuesto criterio apolítico de Speer le ganarían la designación como Ministro de Armamento y Producción Bélica. A lo largo de su autobiografía, Speer hace un esfuerzo por presentarse a sí mismo como un patriota y un tecnócrata que simplemente cumplía las encomiendas directas del gobernante de su país. Trabajaba más por la grandeza alemana que por adhesión ideológica a un partido. Indirectamente, otras páginas de su propio libro lo desmienten.

Speer es el único de los personajes en este ensayo que fue juzgado por crímenes contra la humanidad en Nuremberg. La experiencia de su encarcelamiento durante 20 años inunda el tono de sus palabras en toda su autobiografía, escrita una vez concluida su sentencia. En sus memorias conocemos a un hombre culto, civilizado, muy bien informado, en sintonía con la vanguardia estética europea pero selectivamente ciego ante la bestialidad del régimen nazi. Insinúa que no compartía del todo el antisemitismo del partido nazi y alega que, al principio, no tenía conocimiento de la llamada “solución final.” Las paranoicas teorías conspirativas de Hitler que veían la supuesta participación encubierta de los judíos en la decadencia alemana le parecían más o menos convincentes, pero Speer niega su participación original en el proyecto de exterminio de un pueblo entero. Imaginó (¿quiso imaginar más bien?) que se trataba únicamente de retórica de campaña y que Hitler no se ocuparía de esos temas una vez en el poder.

Durante su período como Ministro de Armamento y Producción Bélica, Speer tuvo conocimiento y seguramente supervisó campos de concentración donde centenares, si no miles de esclavos, trabajaban hasta la muerte para llevar la producción de arsenal bélico a sus últimas consecuencias. Los esclavos casi no recibían alimentación, eran explotados en condiciones insalubres y muchos fueron ejecutados. Durante los juicios de Nuremberg quedó plenamente acreditado el conocimiento que Speer tenía de estos campos de concentración. Se defendió diciendo que eran parte de la “economía de guerra” y un recurso para defender a su país. Como es natural, el argumento no convenció a sus jueces y tres de ocho entre ellos se pronunciaron por la pena de muerte. No obstante, los otros cinco se inclinaron por la ya mencionada sentencia de 20 años de cárcel.

Posiblemente como consecuencia de la privación de su libertad, Speer es también el único de los personajes en este ensayo que manifiesta un arrepentimiento final por su propia participación en el sistema del holocausto y su contribución al encumbramiento del totalitarismo. Al final de su recuento, deja de defenderse a sí mismo y hace un esfuerzo por reflexionar las causas que llevaron a un país tan desarrollado como Alemania a permitir la entronización del nazismo. Asombra un poco que un hombre tan políticamente informado como Speer, no haya pensado nunca en las implicaciones de que Alemania tuviera un solo partido en su sistema político y los peligros de la represión de todas las voces opositoras. Para él como para tantos otros, la voz del pueblo alemán era una, y estaba suficientemente representada por un solo hombre: Adolf Hitler. Éste es el problema de la negación del pluralismo.

Las memorias de Speer fueron un éxito editorial pero también un testimonio aterrador de las implicaciones del nacionalismo. Éste niega el carácter común de todos los pueblos integrantes de la humanidad y siempre degenera en el odio a los “extranjeros.” Speer se sintió el intelectual privilegiado, atendido por el hombre más poderoso de su país, pero renunció a su vocación crítica y con la complicidad de su cercanía, avaló el sufrimiento y las aberraciones perpetradas por el nazismo. Como Leni Riefenstahl, a quien conoció y menciona de paso en sus memorias, Speer trata de justificarse tal vez sobre todo ante su propia conciencia, pero no lo consigue. Es posible experimentar su angustia y el tormento de sus culpas en todo el libro. Muy particularmente, a través de sus páginas se filtra el arrepentimiento por lo irremediable.

Galeazzo_Ciano_and_Józef_Beck_(1939)

El conde Ciano y el cinismo del oportunista

“Hitler es muy cordial, pero él también (como Mussolini) se mantiene impasible e implacable en su decisión… ha decidido atacar y eso hará. Todos nuestros argumentos no servirán en lo más mínimo para detenerlo… pronuncia palabras muy elogiosas para el Duce, pero escucha con un interés lejano e impersonal lo que le digo sobre las consecuencias negativas de una guerra para el pueblo italiano.”

Conde Ciano, Diarios, entrada del 12 de agosto de 1939.

Galeazzo Ciano (1904-1944) contrajo matrimonio con la hija del dictador fascista Benito Mussolini. Fiel a una triste tradición patrimonialista muy latina, en la que se mezclan el nepotismo, los conflictos de interés, la astucia y el oportunismo, el conde Ciano llegó a ostentar la titularidad del Ministerio de Asuntos Exteriores del Reino de Italia entre 1936 y 1943. Desde ahí se convirtió en uno de los ideólogos del fascismo y consolidó su poder como una de las figuras más influyentes del gobierno de Mussolini. No obstante, a diferencia de Albert Speer y Leni Riefenstahl, las afinidades ideológicas le traían más o menos sin cuidado. Ciano no fue un simpatizante obcecado del  “corpus de ideas” fascistas, sino un político nacionalista y hambriento de poder, dispuesto a todo para conseguirlo y especialmente para mantenerlo.

En sus diarios[4], a diferencia de los testimonios de otros grandes personajes de las dictaduras totalitarias, no encontramos la obsesión con la pureza ideológica ni el deseo de justificar las acciones de su líder. Ni siquiera busca justificar la conducta del pueblo italiano con atenuantes derivados de la precariedad económica y la marginación social. Nada de eso le importa a Ciano. Encontramos pura y llanamente a un realista político sin escrúpulos. Un hombre en busca de su propia protección y la de los suyos cultivando la cercanía con el poder. Si en público adula y aplaude al gobierno fascista, en las anotaciones privadas de sus diarios ridiculiza violentamente a los jerarcas del partido y critica la ignorancia internacional e inconsciencia política de Mussolini. A ratos, en el libro se respira la sorpresiva lucidez del hombre que ya viene de regreso del desengaño de las ideologías y simplemente quiere sobrevivir políticamente o ganar tiempo para Italia. Las dos cosas. Desde el principio supuso que la Segunda Guerra Mundial sería larga y costosa pero lo más destacado, es que intuyó muy rápido que Alemania terminaría derrotada por la alianza de Inglaterra y Estados Unidos.

Ciano casi no intenta defender las políticas del gobierno al cual sirve. Tampoco menciona mucho el carisma de Mussolini, al contrario. Con frecuencia se burla de la hubris del Duce y se desespera por su falta de realismo frente a las posibilidades reales de Italia en el escenario bélico internacional. Procura, sin éxito alguno, hacerle entender a Mussolini la condición absolutamente menor del ejército italiano comparado con el de Alemania y las fuerzas aliadas. Si hay guerra, Alemania resultará derrotada y los aliados castigarán a Italia por su alianza con Hitler. Si Alemania gana, Italia únicamente podría aspirar, en el mejor de los casos, a un papel subordinado. En el peor de los mundos, una vez obtenida la victoria, Alemania lograría la hegemonía mundial y sometería a Italia como productora de una de las “razas inferiores” que no puede ni debe compartir la gloria de los arios. Ciano quiere aportar un poco de racionalidad al gobierno en medio de la locura colectiva que produce la elevada popularidad de un dirigente carismático. De sobra está decir que no logró su propósito.

En medio de los delirios fascistas, cuando los periodistas ya estaban sometidos, Ciano registra secretamente en su diario la infinita incompetencia del fascismo. Desmiente el mito de que con Mussolini la administración pública operaba con eficiencia. La impuntualidad, informalidad y falta de profesionalismo de la burocracia no se modifican simplemente con la llegada de un dictador. Italia no tenía un cuerpo de servidores públicos profesionales y el gobierno seguía funcionando con los reducidos estándares latinos. Posiblemente trabajaba aún peor que de costumbre, pues se despidió a quienes no compartían la ideología oficial. En ausencia de resultados administrativos tangibles, para distraer la atención de sus fracasos, el gobierno fascista intensifica la represión. Denunció a los enemigos del pueblo, encarceló y persiguió a los intelectuales que denunciaban sus atropellos como Antonio Gramsci. Otros, como Piero Gobetti, tuvieron que huir al extranjero. La inestabilidad y las divisiones internas dentro del propio partido fascista estaban a flor de piel. Por eso, cuando se discute la posibilidad de nombrar a Ciano Ministro de Asuntos Internos, él se apresura a rechazar la oferta. No quiere destruir su reputación y arrastrarla en el desastre interior. Lo desespera la incapacidad de Mussolini para reconocer sus fracasos.

En algunas ediciones de los Diarios de Ciano se incluye un prólogo de Sumner Welles, subsecretario de Estado del presidente Roosevelt en Estados Unidos. Él describe a Ciano como un diplomático de peso completo, un cortesano eficaz y un seductor irredento. El Conde Ciano habría mantenido su frialdad inalterable en los momentos más complejos de la guerra, pero también se valió de su encanto personal para ganar tiempo y simpatías a la causa italiana. Con destreza singular, Ciano recuerda un poco, sólo un poco, a Talleyrand. En los foros internacionales, su prioridad es el interés italiano. Si hace falta le da coba a Hitler, pero unos días más tarde, habla con los representantes británicos o estadounidenses para explicarles que su país no quiere la guerra, pedir comprensión y asegurarles la amistad imprescriptible del pueblo italiano.

Ciano tiene momentos de soberbia e intolerancia. No parecen afectarlo las golpizas brutales que los grupos de camisas negras propinaban a la disidencia callejera o a los obreros sindicalizados. Se sabe y lo dice, más inteligente y capacitado que el resto de sus compañeros de gabinete, a quienes desprecia. Es indiferente al destino de la oposición y reitera, eso sí, su afecto y calidez personal hacia su suegro Mussolini. Le resultaba embarazoso, en todo caso, el provincianismo político de su jefe y suegro. La profunda ignorancia de Mussolini, la pasión por los gestos simbólicos en lugar de los resultados lo hundían y preocupaban notablemente a Ciano.

Cuando el conde Ciano le explica a Mussolini las condiciones matemáticas de las tropas italianas en términos de números de efectivos, armamento disponible o aviones y flota, la respuesta del dictador es el voluntarismo. Ordena la celebración de desfiles y revistas de las tropas. Marchas y limpieza de uniformes en vez de entrenamiento, capacitación tecnológica o preparación material para la batalla. Los expertos militares habían tratado de disuadir a Mussolini de la invasión de Abisinia (hoy Etiopía). El éxito de las fuerzas italianas en esa expedición y la falta de reacción por parte de la Sociedad de Naciones envalentonaron a Mussolini, quien a partir de entonces estimó que todo dependía de su buena estrella y no de la preparación técnica del ejército. En lo sucesivo, el Duce desatendió todas las consideraciones de los militares más experimentados y se confió integralmente a su intuición. Esto le acarrearía tristísimos desengaños y fracasos militares monumentales. Ciano, en su calidad de responsable de la política exterior, debía cargar los costos de semejantes ocurrencias.

Fue un hombre muy culto y un escritor de primera categoría, pero a diferencia de Riefenstahl o Speer, nunca se presumió intelectual. Parece mucho más sagaz e inteligente que cualquiera de los intelectuales seducidos por dictadores en el siglo XX. Por eso, en las páginas de sus diarios no se aprecia ninguna suerte de arrepentimiento por lo que hizo y dijo. Sus posicionamientos públicos no lo avergonzaron. Siempre estuvo consciente de lo que hacía y de las cuestiones que podían perjudicarlo a él y a su país. Procuró servir al interés italiano hasta donde las circunstancias internacionales y el Duce se lo permitían. En 1943, harto ya de los errores de Mussolini, votó a favor de la destitución del Duce. En enero de 1944, una vez juzgado por traición, fue fusilado por órdenes del dictador y por las presiones de la Alemania nazi que había descubierto la duplicidad engañosa de Ciano en el escenario internacional.

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Iliá Ehrenburg, el amor a la belleza de un ideal por encima del amor a la verdad

“Ahora celebramos el Día de la Poesía; los poetas recitan en las librerías y seducen a los amantes de los autógrafos. Pero en aquel entonces se declamaban versos por doquier… No había un día de la poesía, sino toda una época…. Cuán bellos versos fueron escritos durante los años del comunismo de guerra. Jamás había vivido tan mal la gente, pero nunca hubo tal arrebato creativo.”

Iliá Ehrenburg, Gente, años, vida.

Las memorias de Ehrenburg[5] constituyen un testimonio muy provechoso para la comprensión del devenir político en el siglo XX. En el libro están descritas las condiciones de vida, el clima social, las costumbres y los padecimientos humanos durante la Revolución Rusa, la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Ehrenburg lo vivió casi todo y estuvo en todas partes. Salvadas las proporciones y la inmensa distancia temporal e ideológica que los separa, su autobiografía recuerda en algunos aspectos las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand, otro escritor que presenció y analizó los grandes acontecimientos y personajes de su siglo.

Lo más importante del libro de Ehrenburg es la evidencia irrefutable de la renuncia al criterio independiente, la vocación crítica y la libertad de pensamiento que deberían ser el patrimonio más valorado por un intelectual. Ehrenburg fue poeta, periodista, fotógrafo amateur, crítico de arte, pero en todas sus actividades lo marcaba especialmente su condición de propagandista. La herida de la censura dejó una cicatriz que permea toda su obra y le prohibió el tratamiento perspicaz de muchísimos temas.

Por las memorias de Ehrenburg desfilan personalidades internacionales del pensamiento y las artes a quienes trató y frecuentó. Resultan entrañables sus retratos y anécdotas fruto de la convivencia con pintores como Diego Rivera o Picasso, poetas como Marina Tsvetáieva, Anna Ajmátova y Antonio Machado, narradores como Isaak Bábel, Ernest Hemingway o Borís Pasternak, políticos y diplomáticos como Édouard Hérriot, Manuel Azaña o Aleksándra Kolontái. Mención aparte merecen las más de doscientas páginas dedicadas a sus vivencias en la Guerra Civil española. Son aún más conmovedoras que las páginas destinadas a la descripción del sufrimiento ruso durante la Segunda Guerra Mundial. Su solidaridad con las mejores causas de su tiempo no encuentra una mejor representación que en su apoyo a los republicanos españoles. “Sí, la lanza y el yelmo de don Quijote eran armas. Con ellas, los españoles se habían defendido durante mil días de dos potencias fascistas: Italia y Alemania” dice Ehrenburg.

El libro es también una biografía intelectual. Desde su conversión del liberalismo “burgués” en el Paris de su juventud, a la fe comunista tras su encuentro con Lenin en la misma ciudad. La cercanía de Ehrenburg con los barrios obreros y el conocimiento de la realidad campesina en Rusia le facilitan la comprensión de la situación social que los orilló a la Revolución. Ve los sufrimientos de los desposeídos con la sensibilidad del poeta. La condena del fascismo y el antisemitismo se manifiestan con vigor en la obra de Ehrenburg y hace una disección muy profunda de los orígenes de estos males. El poeta ucraniano diagnostica con mucho tino las insuficiencias del liberalismo y la desigualdad imperante en las sociedades regidas por este modelo. Lo que no se ve por ninguna parte en las primeras 1800 páginas del libro (tiene más de dos mil) es el rechazo explícito de los crímenes del estalinismo. Ehrenburg cuenta su primer encuentro con Stalin y no fue sino una decepcionante ovación de pie de parte de un grupo de escritores al dictador. “No me gustaba Stalin, pero durante mucho tiempo había creído en él y le había temido. Cuando se hablaba de él en las conversaciones con mis amigos lo llamaba, como todos, el Jefe.”

No obstante, en la última parte del libro, se permite una reflexión sobre Stalin hasta después de su muerte, demostrando el inmenso terror que despertaba la figura del dirigente soviético. Ehrenburg menciona positivamente el informe secreto de Khrushchev al XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y sus críticas al culto a la personalidad. También menciona con tristeza la censura contra varios de sus colegas en el mundo artístico. “Pero nosotros hacía mucho que habíamos olvidado que Stalin era mortal. Se había convertido en un dios todopoderoso y distante. Y ahora el dios había muerto de una hemorragia cerebral. Parecía increíble” recuerda Ehrenburg. Aún con esto, nunca se atreve a denunciar explícita y frontalmente las purgas, los encarcelamientos, en suma, los procesos de Moscú, como un componente central del totalitarismo soviético. Lo atribuye a crímenes individuales de Lavrenti Beria, jefe de la policía y del servicio secreto soviético. O bien, considera que Stalin no estaba informado de la cuantía y alcance de los encarcelamientos, torturas y asesinatos. Justificar al líder, culpando a los subordinados. Exculpar al sistema responsabilizando a un individuo que supuestamente solo representaba una excepción en la generación del “Hombre nuevo.”

Ehrenburg se solaza en la descripción de sus innumerables viajes al extranjero, ya sea para congresos de escritores o foros en favor de la paz mundial, ninguno de los cuales dio el más mínimo resultado. En su recuento del viaje que hizo a Estados Unidos, ofrece reflexiones muy inteligentes sobre el racismo contra la población afroamericana y reproduce sus amistosos y memorables diálogos con el escritor John Steinbeck. Ehrenburg era un personaje francamente privilegiado con “beneficios burgueses” en una sociedad como la soviética, donde una muy alta proporción de los ciudadanos tenían restringidos y vigilados los viajes al extranjero. Ehrenburg podía conceder entrevistas a periodistas extranjeros y manifestar su opinión sobre la política internacional, pero ¿cuántos de sus compatriotas podían hacer lo mismo? Nada dice a este respecto. Hablando de política internacional tampoco es factible encontrar una crítica contundente de las invasiones y ocupaciones soviéticas a los países de Europa del Este o las naciones asiáticas. Se lamenta, muy triste, de las “diferencias” con Hungría en 1956. En la mayor parte de los casos, eso era, en la visión del propagandista del comunismo, una “liberación” en favor de los oprimidos.

La gran calidad estética de la escritura de Ehrenburg contrasta desfavorablemente con su silencio y ceguera selectiva frente a las salvajadas del estalinismo. Menciona sí, la pobreza de los trabajadores en la URSS, pero les atribuye una enorme felicidad por participar en la construcción de la sociedad del futuro. Alaba su heroica disposición al sacrificio en aras de un mundo que nunca verían. Sacrificios que él no se ve forzado a compartir en su calidad de corresponsal en el extranjero, entre opulentas cenas en embajadas y lujosos restaurantes parisinos. “Hágase la revolución en los bueyes de mi compadre” diríamos en México.

Para Ehrenburg lo principal era el ideal estético de la sociedad comunista. Un ideal poético de justicia que jamás se cumplió. En la perspectiva del poeta, la realidad soviética no era bella. Mejor no mirarla. Preferible no hacerle el juego a la derecha internacional y desconocer cualquier fracaso o injusticias de la sociedad comunista. Iliá Ehrenburg protesta frenéticamente contra el desarrollo de armas nucleares en Estados Unidos, pero a diferencia de Bertrand Russell, quien también las criticó, Ehrenburg no dice nada sobre el arsenal nuclear en posesión de la dirigencia soviética.

Las memorias de Ehrenburg son una reconstrucción de la historia de la literatura occidental en el siglo XX. Prácticamente no escapa de su mirada ninguno de los grandes escritores. En cambio, menciona de muy a la ligera las obras de Solzhenitsyn. Las prisiones de trabajos forzados en Siberia no existen en su libro. Hitler es una bestia del capitalismo fascista, pero Stalin es “un capitán que permanece junto al timón.” El antisemitismo de los nazis es retratado con horror, no así el “complot judío” del discurso estalinista ni la propaganda racista del anti sionismo soviético. Disfrutaba y admiraba el talento de André Gide, hasta que éste último se permitió criticar abiertamente la represión comunista. Para entonces, siempre según Ehrenburg, se trataba de un simple homosexual que perdería lectores con el paso del tiempo. Hasta el final de sus días, Ehrenburg se rehusó a hacer un sincero examen de conciencia y abrir los ojos del público (y los propios) a los atropellos masivos del comunismo. Un sectario de cultura envidiable, pero un sectario fanático hasta el final, incapaz de abjurar de un ideal que en la vida real, como diría Goya “produce monstruos.”

Arthur Koestler (1969)

Ética y complicidad

“No hay tirano más peligroso que el que está convencido de ser un abnegado guardián del pueblo, pues el daño hecho por el tirano intrínsecamente perverso se reduce al ámbito de sus intereses personales y su crueldad particular, mientras que el tirano con buenas intenciones, aquel que tiene una razón noble para todo, es capaz de producir, un daño ilimitado.”

Arthur Koestler, Los gladiadores

Si algo demostró el siglo XX fue la condición ficticia de la “superioridad moral” de la izquierda mundial. Peor aún, no fue una ceguera o un encubrimiento fomentado exclusivamente por políticos de esta corriente política, sino promovido con un entusiasmo y una pasión digna de mejor causa por quienes deberían haber hecho un análisis más profundo de la realidad: los intelectuales.

Muy pobre resulta entonces la solvencia moral de las clases intelectuales al final del examen que supuso esa tragedia casi universal de dictaduras y genocidios distintiva del siglo XX. Consecuentemente, el debate sobre la verdadera capacidad analítica de los intelectuales en asuntos políticos parecería zanjado. O no, porque en nuestra época de crisis de la democracia liberal, se produjo un resurgimiento de la veneración de los “intelectuales” por el poder, y más grave aún, del poderoso. Digo poderoso porque la tradición del culto a la personalidad se caracteriza por la genuflexión ante un hombre. Busque usted y verá que el culto a la personalidad prácticamente nunca se dirige a una mujer. Con certeza, las feministas y las especialistas en temas de género tienen muchos elementos para ilustrarnos a este respecto.

En 1934, la prestigiada revista británica New Statesman publicó una entrevista de H.G. Wells a Stalin. Wells no solamente era un brillante novelista de ciencia ficción (La guerra de los mundos, El hombre invisible, La máquina del tiempo) sino uno de los intelectuales fundadores de la Sociedad Fabiana, y autor de importantes reflexiones sobre el socialismo democrático.

A pesar de todas esas cualidades de Wells, la entrevista es una pieza de sumisión y adulación absoluta. Wells se rinde ante el aura de poder del dirigente soviético y no se permite ninguna crítica. Wells no menciona las purgas estalinistas, tampoco las persecuciones a los disidentes. Nunca dice nada de los fracasos económicos en el campo, del culto a la personalidad ni la destrucción de las libertades civiles en Rusia. Ve lo que quiere ver, el inmenso poder y carisma de un “líder de izquierda”. No importa que fuera un monstruoso dictador genocida, todo se justifica porque Stalin defendía “al pueblo”. La entrevista persiguió a Wells hasta el final de sus días y es uno de los motivos que han contribuido a la descalificación posterior de su obra.

En América Latina y España, por asombroso que parezca, sobran todavía los intelectuales defensores del régimen castrista en Cuba. Frente a las evidencias de represión, encarcelamiento masivo, eliminación de la libertad de expresión, unipartidismo, homofobia y culto a la personalidad de un dictador que dirigió los destinos de la isla durante más de cincuenta años, una parte de la izquierda latinoamericana sigue comprometida con la adoración de aquel desastre.

Como hemos visto, la historia de múltiples intelectuales en el siglo XX se caracterizó en demasiadas ocasiones por su adhesión a dictaduras. Unas veces por sensibilidad y solidaridad con esa entidad abstracta llamada “el pueblo.” Otras, por los complejos de superioridad e inferioridad simultáneos que suelen tener los racistas y los ultranacionalistas. En algunas ocasiones por simple oportunismo y otras por el deseo de rendir culto a un ideal estético, un líder carismático o una pervertida idea de la justicia.

Habría que considerar a los intelectuales desde un punto de vista diferente. Ignatius J. Reilly es el protagonista de la novela La conjura de los necios, del escritor John Kennedy Toole. Reilly es un egresado universitario, ufano de su cultura que desprecia al resto de sus conciudadanos en Nueva Orleans. Critica todo y a todos en su entorno, pero sigue viviendo con su madre y es demasiado inútil para conseguir, ya no digamos ejercer, cualquier empleo. Reilly es un comedor compulsivo, obeso, sucio, desordenado, desinteresado en su apariencia y antipático. El personaje resulta despreciable y a la vez hilarante por su completa desconexión de la realidad. Es un retrato satírico de los intelectuales que se corresponde mejor con su personalidad que la imagen idealizada de Émile Zola durante el caso Dreyfus.

Es muy agradable, cómodo y lisonjero suponer que uno tiene la razón. Atribuirse a sí mismo cierta superioridad moral y descalificar a quienes piensan distinto. Hay mucha soberbia en imaginar que uno está del lado correcto de la historia y todas esas expresiones demagógicas. Esto es una demostración contundente de inmadurez política y adolescencia intelectual que debe desecharse para el ejercicio atinado de la actividad crítica y el debate provechoso.

Antes de morir, el maestro de la novela negra italiana y militante comunista Andrea Camilleri escribió una carta a su biznieta Matilda[6]. Camilleri concluye la carta de la siguiente manera. “Lo último que he aprendido es que siempre debemos tener una idea -puedes llamarla también un ideal- y aferrarnos a ella con firmeza, pero sin sectarismo, escuchando siempre a quienes sostienen otras convicciones, defendiendo nuestras razones con determinación, explicándolas una y otra vez, e incluso, porqué no, llegando a cambiar de idea. Recuerda que, derrotada o victoriosa, no hay bandera que no destiña el sol.”

[1] Desde hace tres lustros, la Asamblea General de Naciones Unidas adoptó el 27 de enero como el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto.

[2] Riefenstahl Leni, Memorias, Barcelona, Lumen, trad. Juan Godó Costa, 2013, pp. 928.

[3] Speer, Albert, Memorias, Barcelona, Acantilado, trad. De Ángel Sabrido, octava reimpresión, 2015, pp. 932.

[4] Ciano Galeazzo, Diarios, Barcelona, Los libros de nuestro tiempo, trad. De Fabio Congost, tercera edición, 1950, pp. 642.

[5] Ehrenburg Iliá, Gente, años, vida (Memorias 1891-1967), Acantilado, trad. Marta Rebón, 2014, pp. 2058.

[6] Camilleri Andrea, Háblame de ti. Carta a Matilda, Barcelona, Salamandra, trad. de Carlos Mayor, 2019, pp. 120.

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