Por sus frutos los conocerás

Por Aníbal Feymen

La mañana del 2 de abril de 1868 una mujer, apenas 23 años, contraía nupcias con un joven médico. Esta boda marcaba para ella una nueva etapa en su vida que, desde su más tierna edad, estuvo consagrada a la lucha por la mejora en las condiciones de existencia de las clases trabajadoras, por un mundo sin explotados ni explotadores. Este intenso amor por la felicidad para la clase obrera lo generó desde el seno de su hogar. Su padre, hombre sabio y comprometido con las causas de los desposeídos, la inició junto a sus hermanas en la labor política y científica. No fueron pocas las veces en que le confiara tareas varias como revisar la prensa o administrar la correspondencia.

Desde niña se acostumbró a ver su casa llena de hombres y mujeres que iban a consultar a su padre sobre la lucha que sostenían. Discusiones que escuchaba atenta y que, sin duda, influían determinantemente en sus  ideas y en su sentir. Esa jovencita no pocas veces cultivó estrecha amistad con buena parte de esos revolucionarios.

Su padre se sentía orgulloso de sus tres hijas quienes iban convirtiéndose en mujeres preparadas, independientes y conscientes de sí mismas. Pero, en su amarga experiencia, sabía lo dura que era la vida para una revolucionaria proletaria en el seno de la sociedad burguesa. Y es que nadie mejor que él conocía el odio insondable que la burguesía profesaba contra quienes se colocaban de parte de la clase obrera. Sabía que les vendrían durísimas pruebas, sobre todo en ese momento en que la mayor de ellas le anunciaba su matrimonio.

Ya casada, se trasladó a París donde se convirtió en hábil propagadora revolucionaria. En 1870, cuando  estalló la Guerra Franco-Prusiana, se trasladó a Burdeos donde comenzó con la organización de los obreros más politizados. Un año después, el proletariado parisino proclamó La Comuna y esta magnífica mujer se abocó a preparar acciones solidarias con los trabajadores insurrectos. Cuando los comunalistas fueron derrotados por la superioridad numérica de los contrarrevolucionarios, en mayo de 1871, se desató en Francia una ola represiva sin precedentes. Ella y su esposo se vieron obligados a huir con sus tres pequeños hijos a los Pirineos.

Las persecuciones y encarcelamientos temporales, las fatigas y el hambre que vivió esta mujer y su familia, cobraron su terrible cuota de sacrificios: en el término de dos años vio morir a sus tres hijos. Un enorme e indescriptible dolor la inundaron, pero ella no estaba dispuesta a darse por vencida.

En 1872 viajó con su marido a Londres; se ganaban la vida a duras penas con trabajos periodísticos y fotográficos. Gracias a su vasta formación intelectual, ella daba clases particulares para asegurar la subsistencia. Pero a pesar de las precarias condiciones, continuó tomando parte en la organización y la lucha política del proletariado de esos años. Además, al estar de nueva cuenta en el mismo país en que vivían sus padres, ayudó firmemente en la polémica que su padre sostenía contra reformistas y anarquistas, divulgando de manera verbal y escrita los principios del comunismo científico.

En 1880 regresó junto con su esposo a París en el marco de la amnistía otorgada a los comunalistas perseguidos. En los años siguientes, su esposo se convirtió en uno de los líderes más connotados del movimiento obrero francés. Ella, por su parte, se mantuvo muy activa en el trabajo organizativo partidista y en la prensa revolucionaria de la época. Diversas revistas y periódicos socialistas de diversos países apreciaron mucho sus artículos y sus traducciones. Mucha de la obra de su padre fue por primera vez traducida al francés por ella; también tradujo al inglés amplias muestras de la poesía revolucionaria francesa. Esta sobresaliente mujer también se convirtió en una de las más eficaces propagandistas del comunismo científico y gran parte de su tiempo y de sus energías las dedicó a defender los intereses de las mujeres obreras explotadas.

La casa de este incansable matrimonio ubicada a unos kilómetros de París, se convirtió en un punto de encuentro para destacados líderes del movimiento revolucionario internacional. A ella acudieron, en 1910, dos destacados revolucionarios rusos: Vladimir Ilich Lenin y Nadezhda Krúpskaya.

Krúpskaya describió aquella visita de la siguiente manera:

«Un día fui en bicicleta con Ilich a visitar a los Lafargue. Ellos nos dieron una bienvenida de lo más cordial (…). Laura Lafargue salió conmigo a pasear al parque. Yo estaba muy agitada, y no era para menos, teniendo ante mí a la hija de Karl Marx; la miraba con insistencia buscando sin querer los rasgos de su padre en las líneas de su rostro».

Un año después, Lenin pronunciaría una alocución fúnebre en la tumba de los Lafargue.

Como podemos ver, Laura Marx fue una mujer excepcional, valiente e indiscutiblemente revolucionaria. De brío indomable, nunca dio un paso atrás en la defensa de los explotados, de los oprimidos. La templanza de sus acciones la elevan a alturas históricas insospechadas. El dolor, la privación, la abnegación de su lucha jamás la convertirían en víctima doliente de la opresión burguesa, pues ella eligió conscientemente su lucha, su vida. Si bien sus cualidades son totalmente producto de su madurez y de su profunda humanidad, la impronta de su padre le marcó por siempre. Ella es el reflejo de su propia grandeza, pero también del amor y de la generosidad que su padre tuvo por el mundo.

En Laura destella, también, el esplendor de Karl.

* * *

En el 202 Aniversario del natalicio de Karl Marx escribo este texto como tributo a su memoria.

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