La realidad atípica que nos aguarda

Por Ernesto Palma Frías[1] / 

La crisis que nos aguarda en la vuelta a la normalidad, tiene mil formas. En todas habrá sufrimiento. Tanto, que será apropiado referirnos a la vida, antes de la pandemia y después de la pandemia. En la historia de la humanidad, encontramos líneas divisorias marcadas por el azote de enfermedades que afectaron a millones de personas y cambiaron el rumbo del destino de naciones enteras.

La bacteria Yersinia pestis fue la culpable de la epidemia de peste negra que asoló a Europa a mediados del siglo XIV; un bacilo que se transmitía a través de parásitos como pulgas y piojos que vivían en ratas, otros roedores y en los propios humanos. Se cree que  la epidemia empezó en Asia y se dispersó hacia Europa aprovechando las rutas comerciales. En la Península Ibérica la población pasó de 6 millones de habitantes a 2.5; mientras, en el conjunto de Europa murieron unos 50 millones de personas. El virus de llamada coloquialmente como gripe española de 1918, “una de las crisis más graves de salud pública de la Historia”, según la OMS, que mató en apenas dos años a entre 50 y 100 millones de personas. Este virus liquidó entre el 3 y el 6% de la población mundial.

Los grandes asesinos de la historia son las bacterias y los virus: el sarampión acabó con más de 200 millones de personas; el virus del sida o VIH ha matado a más de 35 millones de seres humanos. Afortunadamente, la pandemia del coronavirus se detectó muy rápido y los investigadores trabajan ya por contenerla. China anunció en diciembre de 2019 los primeros casos y en 10 días ya se había secuenciado el genoma del SARS-Cov-2, y 15 días después, ya se tenía listo el test de detección.

De modo que cada país ha enfrentado la pandemia, de acuerdo con el nivel de decisión e inteligencia de sus respectivos gobiernos. En el caso de México, aún es difícil definir si las estrategias aplicadas por las autoridades, han sido las de mayor eficacia para contener la crisis sanitaria. Lo cierto es que nuestro sistema de salud no estaba preparado para atender una demanda extraordinaria de atención a pacientes contagiados. En estos momentos se requieren ventiladores, camas, equipo de protección para médicos y enfermeras, entre otras necesidades.

Lo insólito es que las autoridades sanitarias aún no se han decidido por la aplicación masiva de pruebas. Se ha optado por el confinamiento total de la población para frenar la ola de contagios. Al parecer el pretexto para la negativa a la aplicación masiva de pruebas ha sido economizar recursos. A la población se le ha manejado que el país no tiene dinero suficiente para la compra de pruebas, ni para la adquisición del material y equipo necesario para atender a la población afectada. Se ha llegado al extremo de solicitar donativos para adquirir ventiladores y equipo de protección para médicos, enfermeras y camilleros.

En el renglón económico, el gobierno se ha negado a proporcionar apoyos a las empresas para que eviten la quiebra y el inminente despido de trabajadores. Se sabe que los únicos apoyos directos a población, bajo la forma de créditos a la palabra o tandas, se realizan de forma condicionada a un padrón oficialista de matices electorales. De cualquier forma, estos apoyos no rebasan el 1% del Producto Interno Bruto (PIB), cuando otros países como Alemania, han otorgado ayudas que alcanzan hasta el 30% de su PIB.

Por la forma en la que han reaccionado las autoridades ante la pandemia, pareciera que México fuera de los países más pobres del mundo. Han optado por un plan de austeridad que recorta la inversión pública, ha recurrido a la reducción de salarios a los burócratas y conculcación de sus derechos laborales al privarlos del aguinaldo. La pregunta es: ¿Realmente, México es tan pobre?

Hay otros datos que contrastan con la versión de las autoridades mexicanas: en 15 meses del actual gobierno Pemex ha perdido $ 922,000,000,000.00, casi un billón de pesos.[2] Aun así, hace una semana se expidió un decreto por el que se inyectarán recursos adicionales a los que ya se habían autorizado a la paraestatal, por 65 mil millones de pesos. Cada día Pemex pierde seis mil 178 millones de pesos. ¿Para cuántos ventiladores, camas, equipos de protección, pruebas, tratamientos, créditos o apoyos a micro empresas, alcanzarían estos recursos desperdiciados?

Esto, sin contar lo que cuesta a los mexicanos pagar la cancelación del aeropuerto de Texcoco a los tenedores internacionales de bonos (cuatro mil 200 millones de dólares), o la tozudez en proyectos como la refinería de Dos Bocas (12 mil millones de dólares). Es absurdo para un país en “extrema pobreza”, gastar el poco dinero que se tiene, en proyectos que si bien son necesarios, no pueden considerarse como prioritarios, frente a la devastación  que genera una pandemia. Esta forma de mirar la realidad, bajo la óptica utilitarista de intereses anclados en la necedad y miopía de una sola persona, es lo que explica en gran medida, la irresponsable e inmoral manera en la que se manipula a la población, utilizando información tendenciosa, inexacta y deliberadamente confusa, sobre lo que realmente está ocurriendo con la pandemia.

Sin contar con el sustento científico, las autoridades mexicanas determinarán el levantamiento de las medidas preventivas. Es decir, el poder supremo decretará el regreso a la normalidad, porque eso es lo que conviene a su visión de país. Poco o nada importarán las condiciones del sistema de salud, frente a un alud de contagios. Para eso la excusa ya está determinada: no hay dinero. Y el resto de la realidad atípica que nos espera, será de hambre y miseria. Es parte del ya famoso anillo al dedo que necesita este régimen: un sistema de salud colapsado; con una clase media sumida en la miseria, con opositores políticos paralizados por el miedo; con un sistema educativo cooptado por lo peor del magisterio y por los intereses del empresario favorito del régimen; y lo peor, con una economía devastada en todos los sectores, sin visos de confianza de inversionistas extranjeros y con fuga de capitales e inversiones de los empresarios nacionales.

Viviremos una normalidad en la que la violencia será la pesadilla nacional. La delincuencia organizada reinará a sus anchas y paradójicamente, millones de mexicanos estarán agradecidos por las migajas que les extenderá  la mano del gran Tlatoani.

La realidad atípica que nos aguarda será algo parecido a la Edad Media o medioevo- (periodo histórico de la civilización occidental, comprendido entre el siglo V y XV), el nombre fue puesto por los humanistas del Renacimiento como término despectivo, ya que la consideraban una  época oscura comprendida entre dos momentos de esplendor cultural (edad antigua y moderna).

En el medioevo el clero determinaba la forma en la que la gente debía aceptar calladamente, la injusticia y el oprobio, mediante la imposición de dogmas y la manipulación de la espiritualidad. Si alguien osaba disentir o protestar, era señalado como ¡sacrílego!, o ¡hereje!

Hoy, desde el púlpito presidencial se señala con el dedo flamígero a quienes disientan de la palabra sagrada: ¡neoliberal!, ¡conservador! ¡enemigo de la transformación!. Epítetos diferentes, pero que igualmente pretenden incitar el odio, la división, el repudio, el rechazo y eventualmente el castigo a quienes no comulguen con la doctrina oficial.

Estamos frente al desmantelamiento de lo que conocíamos como Estado mexicano. El proyecto es retroceder hasta la consolidación del poder concentrado en una sola persona, que en este caso ha demostrado reiteradamente su desprecio por los avances científicos y tecnológicos. Su visión retrógrada del desarrollo, ha puesto en marcha el retroceso del modelo educativo, por el adoctrinamiento y la implantación de una mentalidad dogmática que considera que todo se explica a partir de lo ya establecido y que las normas y preceptos marcados deben seguirse a toda costa, castigándose cualquier concepto o idea que pudiera desviarse de lo marcado. Está a la vista el plan de empobrecer al país en todo sentido, para poder establecer un gobierno autoritario.

Lamentablemente, esta crisis sanitaria nos tomó mal parados en todos los aspectos. Lo más grave es el hecho que en México no existen equilibrios políticos, ni de ninguna naturaleza en el país: los poderes Legislativo y Judicial se encuentran alienados con el  Ejecutivo y los representantes de los partidos políticos, están agazapados. El régimen apuesta por la apatía, por la indolencia y el egoísmo, como fórmulas que les permitirán gobernar sin resistencias. La manipulación y la mentira se incuban en la ignorancia del pueblo.

La pandemia ha desnudado la realidad que nos aguarda: los ciudadanos nos hemos quedado solos, expuestos a nuestras propias debilidades y dependientes únicamente de nuestras fortalezas, habilidades y recursos.

Ante esto, no queda sino dar lo mejor de cada uno, en la familia primero, en nuestro propio espacio de trabajo o estudio: debemos aprender y prepararnos; cultivar el arte y la cultura, difundir y compartir; dejar de esperar y decidir; actuar y apoyar al necesitado; crear y crecer; alimentar y construir; conservar y reconocer; razonar y perseverar; imaginar y soñar; transformar y trascender; y finalmente saber esperar, porque la historia no se equivoca, después del medioevo llegó el Renacimiento y con él, la madurez y el despertar de la civilización.

Hay dos razones para sentirnos optimistas y albergar esperanzas,  aun frente al escenario catastrófico que viene: la primera es la certeza de que nuestra Nación resurgirá de sus cenizas porque a lo largo de su historia, ha resistido pestes y calamidades, incluyendo a gobiernos tiranos, nefastos, corruptos e incompetentes.

La pandemia del coronavirus terminará su ciclo natural, pero los mexicanos habremos de soportar la otra pandemia, la del ejercicio enfermizo del poder. De modo que la cuarentena se extenderá por otros largos años, pero igual se extinguirá por sí misma, habiéndonos heredado una estela de destrucción y miseria, de la que saldremos adelante, como siempre. Y la segunda, porque este infortunio histórico nos dará la oportunidad de aprender y valorar para trascender el hartazgo y no volver a equivocarnos.

La grandeza de una nación, comienza a gestarse en el interior de cada ciudadano. Aprovechemos la época oscura que nos espera, para reencontrarnos a nosotros mismos, para repensar nuestra realidad personal y redescubrir nuestra fortaleza interior. Sólo así podremos contrarrestar a la perniciosa “cuarta transformación” y prepararnos para reconstruir este gran país.

[1] Lic. Ernesto Palma Frías, es Director Ejecutivo de Fundación Mexicana para la Excelencia Educativa.

[2] Hiriart, Pablo. Uso de la Razón. El Financiero. 04052020.

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