De la sierra a la frontera (de vuelta) III

Imagen: Cartel original de La Faraona

TRES DE TRES

Por Jose Luis Enríquez Guzmán

Que tu mamá no me quiere
porque juego en los billares,
si de ahí sacó tu papá pa’ llevarla
a los altares…

Piporro, “El Príncipe Heredero”

 

Ese año contrajo nupcias con Tina Ballí, de origen mexicano-estadounidense. En uno de los descansos entre escenas de la filmación de Ahí Viene Martín Corona (1952), Juan Antonio fue a ver a Eulalio a los estudios Churubusco, como quizá era la costumbre, pero esta vez lo hizo en compañía de su hermana Ernestina. El encuentro no le causó la mayor impresión. Lo tendría presente hasta cinco años después, cuando se la encontró en una posada en Monterrey. Desde ese diciembre de 1956, no tardaron ni tres meses en casarse en grande en la Catedral Metropolitana de Monterrey. De ahí, Eulalio aprovechó un descanso en la producción en la que trabajaba para irse de luna de miel a Acapulco.

Ya instalados en la Ciudad de México, la vida de Ernestina, cuenta Eulalio, transitaba en el tramo que iba de los estudios Churubusco a la colonia Portales. Poco después, se mudaron al departamento 7 del edificio marcado con el 149 en la calle de Chichen Itzá. Contaba Eulalio que los habitantes de su departamento, Tina y su suegra, corrieron asustadas el 28 de julio de 1957, cuando un temblor despertó a los capitalinos. Su mujer y su suegra no estaban acostumbradas a la sensibilidad sísmica de la Ciudad de México, cuyo miedo contrastaba con el de sus vecinos, que, a pesar de la intensidad del sismo, no se alarmaron tanto como sus vecinos del norte.

A pesar de seguir actuando en papeles secundarios, alternó con algunas personalidades en la pantalla grande, como Agustín Lara, con quien participó en dos películas: La Faraona (1956) y Los tres chiflados (1957). Fue “el Flaco de Oro” el que le sugirió que empezara a componer y cantar piezas para las películas en que participaba; incluso, le advirtió que su poco entrenada voz no sería un problema porque “usted canta feo, pero bajito”.  A partir de esta época, el Piporro empezó a componer e interpretar canciones, que si bien no todas tenían como destinatario animar escenas de las producciones en que colaboraba, en su mayor parte fueron ofrecidas al mercado musical, que fue una parte importante, tanto económicamente como en la formación del personaje del norteño.

En 1957 el Piporro entró por primera vez a un estudio de grabación, bajo el sello de Musart. Sin embargo, aunque suele ser un lugar común para describir la obra musical de un artista, la producción del Piporro no puede encasillarse en un solo género. Ni siquiera es que se pueda dividir su carrera musical por géneros con los que “experimentó”, sino que desde el primer EP trató de hacer una mezcolanza de ritmos.

De esta forma, en su primera grabación, y en las subsecuentes, la mayor parte de las canciones del Piporro destacaron más por la letra y la manera en que las cantaba, que por los recursos musicales de los que se valió, aunque estos también merecen ser tocados en esta biografía.

Quizá la recomendación de Agustín Lara marcó la naciente carrera musical del Piporro, ya que la principal característica de sus canciones es la letra, que a veces rebasa a las palabras adecuadas a la melodía y se convierte en un monólogo. Ese fue el sello característico del género “Piporro” que, aunque como más adelante se explicará, exploraría varios géneros, conservó su esencia de versos que se convierten en diálogos memorables.

 

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