Educar en la nueva realidad

Por Ernesto Palma Frías

 El llamado de las autoridades al regreso a la normalidad, acompañado de un pálido esquema de medidas que dudosamente protegerán a los pobladores de los llamados eufemísticamente “municipios esperanza”, obliga a la reflexión colectiva sobre el regreso a clases en todos los niveles del sistema educativo.

Nos ha quedado claro que la pandemia desnudó la situación del sistema de salud, dejando expuestas las carencias, vicios y corruptelas que se anidaron en uno de los pilares del Estado mexicano. Pronto descubriremos que la crisis sanitaria, también resquebrajó otro de los pilares, dejando en ruinas al sistema educativo de este país. Hasta este día, el gobierno federal ha tratado de encubrir la poca o nula reacción de las autoridades educativas para evitar el colapso del ciclo escolar.

La preocupación central de los mexicanos está centrada en la salud y la economía, lo que no ha permitido visibilizar la grave ausencia de estrategias para contrarrestar los efectos de la clausura escolar, la pérdida de aprendizajes y la súbita interrupción de trayectorias académicas.

Frente a la pandemia,-al igual que en salud, economía o seguridad pública- la reacción oficial en el ámbito educativo ha sido improvisada y alejada de criterios científicos. De pronto, la solución  al reto de la suspensión de clases, se centró en el uso de las tecnologías. En un país de profunda desigualdad e inequidad, en donde difícilmente alumnos y profesores cuentan con acceso a equipos de cómputo, impresoras e internet, se apostó por el logro de aprendizajes que son propios de los países más desarrollados del orbe.

”Aprende en casa”, en la sorprendente y fantástica visión oficial, habría contribuido a superar los profundos rezagos del sistema educativo nacional. Es decir, en el regreso a la normalidad  ya contamos con profesores capacitados para planificar sus clases, exponer en línea, a través de plataformas de enseñanza de primer mundo; es posible evaluar a distancia en forma integral a cada alumno y retroalimentar el proceso de enseñanza-aprendizaje. Nuestros hijos son  consumados operadores de las tecnologías aplicadas al aprendizaje.  Todas las escuelas ahora cuentan con los recursos informáticos necesarios para aprender, exponer y comprobar que todos los alumnos han alcanzado las competencias necesarias para acreditar el grado escolar.

Si esto fuera realidad, de poco tendríamos que preocuparnos si el confinamiento se extiende o si en breve, nos alcanzara una nueva pandemia. Contaríamos con un sistema educativo tan avanzado, que también lo podríamos presumir como otro modelito exportable.

Pero todos sabemos que no es así, con excepción de las instituciones educativas de carácter privado, que en su mayoría y por su naturaleza empresarial, sí están en posibilidades de recurrir al uso de tecnologías y plataformas para compensar la interrupción de clases presenciales. Lamentablemente, por su tendencia excluyente y mezquina, es difícil saber qué otras alternativas han utilizado para mitigar los daños de la clausura escolar. Lo cierto es que en el manejo de la crisis sanitaria, ha importado más a las instituciones privadas, el mercantilismo -bajo el engaño de la exclusividad y la preservación de un falso status quo– que la solidaridad con alumnos y profesores de escuelas públicas.

Lo cual no resulta extraño, ya que las escuelas particulares se rigen por el esquema de las empresas privadas y como tales, por las leyes del mercado y de la libre competencia. Sus alumnos, o mejor dicho, los padres de sus alumnos, son considerados clientes a los que se les ofrece un producto llamado educación, cuya diversidad, calidad, disponibilidad y precio son relativos, generando en el cliente el concepto erróneo de que entre más cara sea una escuela, mejor será la educación que proporcione.

De tal manera que la estrategia de la SEP “Aprende en casa” para prevenir la propagación del Covid-19, mediante el uso de tecnologías, corresponde únicamente a las expectativas y exigencias del sector privado. Resulta lamentable que las autoridades educativas desconozcan las características reales del sistema de educación pública (seguramente, porque los hijos de los funcionarios acuden a escuelas particulares). Desde la óptica gubernamental, la educación privada tiene una mejor percepción, al considerar que esas instituciones están mejor equipadas y los grupos de clase son reducidos, por lo que ofrecer alternativas viables para esas instituciones en medio de una crisis, ha resultado mediáticamente muy conveniente para la imagen del sector educativo oficial.

Lo paradójico es que con todo y la preferencia de las autoridades educativas por la educación privada, México se ubica en el último lugar de desempeño educativo entre los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Antes de la pandemia, el actual gobierno ya había definido la importancia que le otorgaría a la educación pública en este sexenio: ninguna. Hizo bandera de campaña, el derribar la reforma educativa impulsada por el gobierno anterior, sin recurrir a alguna metodología que evaluara los resultados o se aplicaran criterios técnico-pedagógicos para determinar la eficacia de la evaluación docente, por ejemplo. Prácticamente se desmanteló la reforma educativa y se otorgó reconocimiento e influencia a las representaciones sindicales, en sentido contrario de lo que acontece en países que han alcanzado altos niveles de calidad en sus sistemas educativos.

El desprecio por la ciencia y la tecnología, también se ha hecho patente en la conformación del equipo que dirige actualmente la SEP. Se ha nombrado secretario del ramo a un ex funcionario priísta, quien aparece esporádicamente en los medios de comunicación para servir de comparsa y otorgar contratos millonarios a su verdadero patrón. El secretario Moctezuma ha guardado un ominoso silencio ante las medidas de confinamiento, en coincidencia con los directivos del grupo Salinas, quienes demoraron el cierre de sus negocios, arriesgando la salud de sus trabajadores, en franco desafío a las autoridades sanitarias. Para Moctezuma, la reanudación de clases se reducirá a la instalación de filtros sanitarios. Hasta ahí su visión y compromiso con la salud y con la arriesgada reincorporación de los escolares a las actividades académicas, en plena contingencia sanitaria.

Afortunadamente, algunos gobernadores han asumido responsablemente el riesgo de una reanudación precipitada de clases y han antepuesto la salud del alumnado a las prisas centralistas por la reapertura económica.

Todo este panorama nos lleva a presagiar que los próximos años no habrá desarrollo educativo, ni cultural. En estas y otras áreas de la vida nacional,  (economía, seguridad pública, desarrollo científico y tecnológico, soberanía alimentaria, derechos humanos, procuración de justicia, etc.) a los mexicanos nos aguarda una prolongada sequía.

Lo que nos queda por hacer, es recuperar el tema educativo como reflexión al interior de nuestras familias y grupos sociales. Fortalecer la conciencia social sobre la devastación educativa que se cierne sobre nuestra Nación y tratar integrar el tema educativo en la agenda de asuntos que deben atenderse prioritariamente en cuanto termine la pesadilla “transformadora”.

En lo inmediato, es necesario que los padres de familia participemos activamente en el proceso de reincorporación a clases, para exigir a las autoridades escolares que desarrollen un plan de apoyo socioemocional que permita a los alumnos recuperar habilidades, destrezas y competencias de interacción con sus compañeros, a través del trabajo colaborativo y de integración progresiva al entorno escolar.

También es conveniente que las escuelas y colegios, brinden apoyo psicológico y emocional a alumnas y alumnos que presenten alteraciones en su comportamiento a partir del confinamiento. Este servicio debería hacerse extensivo a  profesoras, profesores y personal de apoyo logístico y administrativo.

Aunque la aplicación de las estrategias de Aprende en casa, no fueron utilizadas por la mayoría de las escuelas públicas, en los colegios privados se puede proponer la realización de mesas de trabajo, en la que los alumnos y profesores expongan los inconvenientes y limitaciones que encontraron en la utilización de recursos tecnológicos y promover una utilización adecuada de los mismos, pero ante todo, proponer las adecuaciones curriculares que promuevan el desarrollo de la inteligencia emocional en las aulas.

Con la finalidad de introducir la educación de las emociones en la escuela, se ha generado un movimiento educativo que podemos encontrarlo -en países desarrollados- con diferentes denominaciones como “Educación Emocional” o “Educación Socioemocional”. Este movimiento refleja la preocupación de los educadores por cambiar una escuela que se percibe en crisis e incapaz de afrontar los múltiples desafíos de nuestra sociedad. La inclusión de los aspectos sociales y emocionales en los programas escolares, corresponde a una  auténtica educación integral de nuestros hijos.

De vuelta a la normalidad, no se avizoran intenciones de que nuestro sistema educativo deje de ser el coto de poder y corrupción que ha empantanado históricamente la educación de este país. Pero está en nuestras manos, proponer que la calidad educativa se centre en el desarrollo integral de las y los alumnos y no sólo en la acumulación estéril de conocimientos. Es necesario impulsar una educación en la que lo más importante sea el desarrollo de  habilidades, destrezas y competencias como crear, generar, transformar, innovar, construir, colaborar, empatizar, promover, impulsar y trascender. Esto sólo será posible si les garantizamos ambientes propicios para el aprendizaje, en donde las niñas y niños encuentren respeto a su diversidad, reconocimiento e impulso a sus talentos y tipos de inteligencia, así como  la oportunidad de expresarse con libertad. Ofrecerles una realidad escolar en la que las aulas dejen de ser sórdidos espacios de confinamiento. Eso será sólo el comienzo del gran cambio que merece la historia educativa de nuestro país.

Ojalá y la “transformación” no aniquile también la esperanza de que México pueda ser parte del sueño educativo de este milenio.

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