La muerte de una época

LABERINTOS MENTALES

El olor a selva se asomaba en los comentarios de aquel joven chiapaneco: “cuando sientes la espada de Damocles encima de tu cabeza, lo demás ya no importa”, me decía con su voz chirriante como de un eterno ser en la pubertad (su voz se quedó en ese pequeño espacio de tiempo, por lo que en breves instantes su entonación era disonante), puesto en un coloquialismo “se le salían los gallos”. Esta frase fue lo que enmarcó cuando alguien que fingió ser mi amistad, también fingió ser paciente terminal de cáncer, e inventó una serie de disparates infames para llamar la atención, pero eso lo dejaré de lado. Ello merece su propio espacio en esta columna.

Así en esta situación, el tiempo pasó a un ritmo diferente en el encierro, me acompaña recientemente un caniche de seis meses, callado, estoico, miedoso, cariñoso. Mi sombra reciente, siempre a mi lado, de salirme de ese espacio confinado que es mi apartamento, vocifera como si una parte de su alma se le estuviera desgarrando. Me preocupa. El día que me separe para reincorporarme a mi trabajo, la pobre criatura llorará inconsolable. A mí, como xadre que me he vuelto, también me empieza a doler.

El espejo es un juez duro en la soledad. Es la antítesis, un reflejo del súper yo. Me juzga o me quiere. Simplemente por sí sólo es pero yo le doy un peso diferente. Me siento frente a él, y me veo preguntándome: ¿todo este tiempo, cuándo me arreglo, para quién lo he hecho? Entre un duelo autoimpuesto llorándole a un muerto que nunca fue, la ola de ropa negra inunda el armario… el armario el símbolo de una libertad económica, puesto que de niña no tenía uno propio, para algunos es un peso, para mí una libertad.

Clósets hay muchos tipos, no obstante, aunque aludido a las identidades de género y preferencias sexuales no normativas, me gusta pensar que también es el refugio de las neurodivergencias, de las autoimposiciones, del silencio que tomamos cuando tenemos miedo de exponer lo que pensamos. Sin embargo, en esta sociedad frágil, de realidad corrompida, está a punto de llegar el fin de una época, donde la libertad del individuo deberá de trascender el espacio físico para resignificarse en algo más allá. Con ello, quiero decir lo siguiente: si llegaramos a cuarentenar varias veces en esta normalidad, tal vez convendría deshacernos de los miedos sociales. Tendríamos que empezar a valorar procurar nuestro bienestar antes de sucumbir a reglas irracionales nacidas de la intolerancia, del odio.

Esta semana se conmemoró el Día Internacional contra la Homofobia, Bifobia y Transfobia, y justo por eso traigo el tema a colación. Tal vez en este encierro, para los que tenemos un claro privilegio, podremos transicionar de una rutina del exterior a una del interior. Podrá servir como una herramienta para clarificar y poner en orden nuestras prioridades sociales. En mi caso, mi muy profundo arraigo a las convencionalismos sociales del buen comportarse de una “dama de sociedad” (expresión que me causa un rechazo en el estómago), empieza a ser cuestionado. Para quienes vivan el maltrato en el encierro, será un momento demasiado duro. Por lo que, en cualquiera de los casos, el ocaso de esta época es el momento justo para cambiar muchos de nuestros comportamientos sociales, sin embargo, habrá un grave desgaste en la salud emocional. Estoy consciente que no a todos les ha sentado tan bien el encierro como a mí, dónde a decir verdad, el aislamiento me protege de mi constante ansiedad social.

Retomando las frases de ese joven chiapaneco, esta situación límite es mi espada de Damocles, y como está encima de mi cabeza, algunos convencionalismos sociales han terminado por importarme nada.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas

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