Fragmentos esparcidos de memorias pasadas

Pálida como el papel, temblando como una rama en la tormenta, mi mente nublada, y con una oscura incertidumbre como la noche, sentía que no podía salir de esa casa. Escuchaba los gritos y los descalificativos de él, en un idioma que me parecía familiar sin embargo, no lo suficiente para defenderme. No entendía lo que sucedía en su totalidad, y sin embargo la desesperanza era evidente. Las lágrimas de impotencia salían de mis ojos. Mis piernas sin fuerza colapsaron ante la agonía de pasar un día más con ese carcelero que era quien decía amarme más que nadie. ¿Cómo se puede demostrar el afecto desde los descalificativos? No podía entenderlo, simplemente no se puede comprender una razón de algo que fundamentalmente está errado. 

“Mi corazón tan voluble, tan libre, dejó en un momento de capricho quererte. Encontré refugio en los consejos de ese pálido joven de mirada profunda y futuro incierto. Sus palabras, de él, tan sabias te pasaron inadvertidas. Si supieras que fue él que terminó alejándome de ti”.

Uno tras otro los recuerdos se fueron quedando guardando en ese espacio que era mi mente. En ese momento simplemente procesarlos era demasiado extenuante. Lo dejé así. Salí de esa relación cuando pude, me alejé de él, cambié de ciudad, de trabajo, de amigos, de hobbies, de ambiente. La distancia me ha logrado dar una perspectiva de aquello que dejó de ser, actuando como cuando el sol sale, y posa sobre la atmósfera su luz para despejar la neblina, el tiempo actuó así sobre mi consciencia. Aún así, con todo y la presencia de esta peste global, mi mundo es mucho más feliz que ese 2018 lleno de agonías.

“Déjame vivir pendiendo del hilo en el manto de tu olvido, viviendo en el borde desdibujado de mi ser, ocultando esas visiones del futuro. Suéltame, deja correr agua que no has de beber”…

Viviendo a salto de mata, observando mi entorno, viendo las señales y corriendo antes de que quien intente lastimarme logre su cometido, me dispongo a correr eternamente. El reloj va corriendo, y aunque el mundo semiparalizado está, me dispongo a pensar en la siguiente partida.

“Entre las cortinas de aquella habitación de mis recuerdos, me hubiera gustado que te percataras que puedo leerte un poco mejor de lo que piensas. Vi los esqueletos de tu armario, conocí tu pasado, y encontré la llave a ese pasado. Sé que querías ocultar con ese viaje, conozco tus miedos, conozco tu sombra”

Entre los pocos recuerdos que me quedan de esos tiempo, con nitidez puedo recitar sus lecturas favoritas (sus únicas lecturas a decir verdad): la nota roja, un libro de Andrés Iniesta, y extrañamente “Los demonios del Edén” de Lidia Cacho.

“Tenía un rara sensación cuando fanfarroneaste de haber ido a Acapulco a buscar ‘experiencias’, incluso llegaste a ‘bromear’ que habías comido ‘carne de trata’… y ahora me hace sentido que siempre buscaras novias mucho más jóvenes”.

Y aunque esos pedazos quedaron abstractamente armados en mis memorias, jamás podré lograr probar nada. El debido proceso no se arma de suposiciones, sino de pruebas. Y aunque no tengo dudas, lo único que me queda es alejarme de ese monstruo que se esconde detrás de unas figuras plásticas de gato.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas