Confesiones de una superchera de poca monta

Foto: Leon Gao. Unsplash

Reflexiones Apátridas

La falta de evidencia científica sobre la acupuntura no me impidió acudir a una cita con el médico chino. Tampoco me impidió ir con entusiasmo e incluso con expectativas. Había hecho cita tres meses atrás; estoy segura de que cualquier médico de verdad envidiaría la apretadísima agenda del señor Ho. En su precioso consultorio encontré a una persona sensible, inteligente, con una gran capacidad para la escucha activa. Todo lo que me dijo me sorprendió y me dio tristeza. Lo primero porque enlistó mis pequeños padecimientos físicos; lo segundo porque nombró mis tremendas heridas emocionales. Y no, no se trata de que fui víctima del Efecto Forer, el señor Ho no “leyó mi personalidad” o “adivinó mi futuro”. Me habló sobre algunas condiciones médicas por las que estoy en tratamiento, y trabajos personales que también estoy atendiendo, para alivio de los férreos escépticos, con certificados profesionales en salud mental. —¿Y por qué fui en todo caso?, pues, verán, aquí las preguntas las hago yo.  Pero sin duda lo más sorprendente fue que lo hizo a los dos minutos de estar en su consultorio y con tan solo mirarme la lengua y sentir mi pulso. No más.

Algo parecido me sucedió cuando la señora Tere me leyó mi carta astral. Lo sé, a estas alturas habré perdido toda posibilidad de que crean que están leyendo a una persona pensante. A mi favor diré que jamás pretendí serlo. Y es que hay veces en la vida que uno toca, no el sótano, sino el Fondo de las Marietas de su alma y clama por alguna salida —cualquiera, la que sea— de aquel abismo insufrible. También fui, debo decirlo, motivada por una gran curiosidad, como cuando uno dice ¿qué se sentirá besar a una chica?, ¿me pasará algo si me como ese yogur caducado? o, voy a tocar ese perrito que ni se ve tan bravo como dicen. La señora Tere calculó mi carta astral en una extraña página web sobre ángeles y entradas sobre Saint Germain, y tan pronto la vio me dijo que me dedicaba a las artes, que tenía una relación tensa con mi madre y que había tenido una vida atribulada. Claro pensé, ¿Quién no? Pero de inmediato agregó que por ser la hija mayor tenía una carga muy pesada y que esta no me correspondía, que mis hijas gemelas serían muy talentosas y yo sería su gran amiga toda la vida y me habló sobre algunas otras cosas que yo misma me niego a pensar en ellas. Todo esto sin conocerme de antes, sin preguntarme nada antes sobre mí y mi familia. Excepto, claro, mi fecha, hora y lugar de nacimiento. No más.  

El escepticismo es no solo necesario, sino imprescindible. A la humanidad entera la ha llevado a replantearse todo lo preestablecido, todo lo incuestionable y ha abierto los caminos del pensamiento crítico y de la labor científica. Eso es indiscutible. De otra forma hace mucho que habríamos sucumbido en este implacable mundo lleno de bichos, virus y males imposibles de combatir con cataplasmas. 

Con todo y lo anterior, y tal vez por eso mismo, he intentado todo lo que está a mi alcance para sanarme. Porque la vida no es más que un largo camino de reparaciones y un volverse a subir a la bicicleta cuesta abajo sin saber andar en ella. También porque creo que hay muchas cosas maravillosas que desconocemos y que, efectivamente, hay respuestas en muchos lados. Sé que la pésima reputación de algunas técnicas son indefendibles y que hay charlatanes siniestros que ponen en riesgo la vida de las personas que las consultan. Quizá por eso pongo en duda todo pero intento conseguir respuestas en donde sea posible. Aunque, debo admitir, sí tengo algunos (emborronados) límites.

Los duros escépticos también me han ayudado, claro, pero, y lo digo sin olvidar que tan solo soy una superchera de poca monta, también les rehúyo por su intratable superioridad moral con la que miran la vida, el universo y todo lo demás. Ojalá tener su seguridad para ver y explicar su entorno; yo no la tengo. De haber hecho caso a las únicas evidencias que avalan quizá jamás habría sabido por qué me sentía responsable de mis hermanos o de dónde proviene esta tristeza añeja que he sentido desde niña. Tampoco me habría acercado al maravilloso universo de la meditación de la que, por cierto, existe una amplia evidencia científica de sus beneficios; pero que hasta no hace mucho contaba con una pésima reputación entre los escépticos. Y es que muchas veces echan al costal de la pseudociencia cualquier cosa, como: el mindfulness, la yoga, la homeopatía y la meditación trascendental —de estas mencionadas solo una es pseudociencia—, demostrando así, temo decirlo, que son portadores de una gran ignorancia.  

Por otro lado, si no hiciera caso a mí curiosidad —que no debemos olvidar es la base fundacional del escepticismo— me habría perdido la oportunidad de conocer gente fascinante, otras formas de ver la vida, otras formas de atender al cuerpo —porque este asunto está excesivamente medicalizado— y muchas otras cosas que no presumo por el riesgo de despertar las ganas, nunca erradicadas, de prender una pira para brujas. ¡Ah, sí!, y si no me dejara llevar por la curiosidad tampoco sabría que besar a una chica es glorioso, que las fechas de caducidad sí se deben de obedecer y que las advertencias de los dueños de perritos bravos nunca deben de subestimarse.

Autor: Vonne Lara

Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Mamá cósmica.