La contraeducación de la 4T

Ernesto Palma Frías

“Cuando el gobierno (que no es lo mismo que la ley) comienza a contravenir las leyes, o a desoír los anhelos de reforma que el pueblo expresa, sobrevienen las revoluciones.”

Cartilla Moral. Alfonso Reyes.


Una lectura optimista de la pandemia, que aún no termina ni se ha “domado”, es que ha permitido desnudar las verdaderas intenciones del régimen que encabeza López Obrador: hoy sabemos con más certeza qué es lo que importa y qué no en la definición de las políticas públicas del gobierno federal.

Uno de los renglones más olvidados de la llamada cuarta transformación, es el que se refiere al modelo educativo. El retorno a la “nueva normalidad”, muestra el desdén con el que el gobierno de López Obrador concibe la educación mexicana. Las medidas o condiciones establecidas para reanudar el ciclo escolar en todos los niveles educativos, no difieren de las que se han señalado para la reanudación de labores en centros de trabajo, fábricas, empresas o negocios. Agua, jabón, gel antibacterial y “un papelito” en que el padre de familia mencione que su hijo (a) no “tiene Covid”. 

Agréguese la sana distancia, uso de cubrebocas y horarios escalonados para los recreos. Nada qué decir sobre el impacto emocional en los maestros y alumnos por los efectos del confinamiento o del manejo emocional de alumnos que perdieron algún familiar por la pandemia. El modelo educativo seguirá intacto, ninguna adecuación curricular, ningún cambio en los contenidos, en las formas de aprendizaje, en el cambio de conceptualización de los otros, en la convivencia ahora dictada por una emergencia sanitaria. Si hay medidas para atender estos efectos colaterales de la pandemia, se aplicarán al interior de los edificios escolares, donde los alumnos vivirán otra forma de confinamiento. Listo el escenario educativo.

Qué alejados están los gobernantes de la realidad de las escuelas mexicanas y qué irresponsable negligencia muestran al soslayar que necesitamos un modelo educativo sustentado en nuevas herramientas intelectuales, emocionales y actitudinales más eficientes y congruentes con las necesidades humanas. La ineptitud de las autoridades educativas ha quedado de manifiesto en el deplorable el manejo de la pandemia y el inminente regreso a la normalidad, ignorando los principios que fundamentan la educación como un derecho esencial de la niñez y la juventud.

Según la ONU, la educación es un derecho de todas las mujeres y los hombres, ya que nos proporciona “las capacidades y conocimientos críticos necesarios para convertirnos en ciudadanos empoderados, capaces de adaptarse al cambio y contribuir a la sociedad”. La educación además, está protegida en la Declaración Universal de Derechos Humanos, y reconocida como uno de los cinco derechos culturales básicos.

De esta manera, los Estados deben garantizar la educación a sus ciudadanos mediante recursos, programas que se adecuen a su cultura, y asegurar que las escuelas son espacios seguros. Es por esto que debemos proteger el derecho a la educación integral de todos los niños, disponiendo de todos los recursos que sean necesarios para fortalecer el sistema educativo nacional.

La pandemia mostró la crisis del sistema de salud y la falta de preparación de las autoridades sanitarias para proteger a la población. Los científicos se sometieron a las veleidades políticas sacrificando su prestigio y ética profesional. Ahora en el regreso a la nueva normalidad, corresponde a las autoridades educativas proteger la salud de los niños y jóvenes, en primer término. Esta protección incluye no sólo la salud física de los educandos, sino que también debiera considerar la salud mental y emocional, tanto de alumnos como de los maestros. Adicionalmente, el modelo educativo debe redimensionarse para preparar a la población escolar, para nuevos escenarios en los que se vea en riesgo la salud pública, la seguridad o la estabilidad social. 

¿Cuánto vale la salud de nuestros niños y jóvenes?

De una buena vez, las autoridades educativas debieran pronunciarse para que en el regreso a la normalidad se privilegie la salud de la población infantil y que  la reanudación escolar se determine a partir  de medidas como la aplicación de pruebas para detectar el Covid-19- al costo que sea necesario- o bien esperar a que esté disponible la vacuna correspondiente. 

Sabemos que la opinión de pseudocientíficos como el subsecretario López Gatell es que las pruebas para detectar el Covid-19 son un gasto innecesario. Sin embargo, la aplicación de pruebas en otros países ha permitido un regreso a la normalidad, con mayores márgenes de protección de la salud de grupos vulnerables, como son los niños y los adultos mayores. Nuestros niños y jóvenes merecen ser protegidos y el Estado mexicano tiene el deber de protegerlos.

Lamentablemente, esta exigencia ciudadana está en el vacío. No hay interés de representantes ciudadanos, senadores, diputados, partidos políticos, líderes de opinión u organizaciones ciudadanas o defensoras de los derechos humanos. Las tradicionales voces críticas parecen atraídas únicamente por el enfoque sanitario y económico de la pandemia. Estamos a un paso de arrojar a la población escolar al abismo de un riesgo sanitario real, sin que se les brinden las condiciones mínimas para protegerlos.

En otro plano del nuevo escenario educativo, es necesario que los responsables de la educación de este país, consideren que necesitamos un modelo educativo transformador para reinventar otros sistemas de organización económica y social con mayor sustantividad democrática y pluralidad, que asegure la convivencia y biodiversidad. Necesitamos una educación que favorezca el diálogo fecundo y pensamientos innovadores que generen alternativas transformadoras y sostenibles: una economía social y solidaria capaz de incorporar en la gestión de sus actividades los valores universales que debieran regir la sociedad y las relaciones entre la ciudadanía: equidad, justicia, fraternidad, solidaridad y democracia.

Un auténtico cambio social debiera estar cimentado en  el poder transformador de la educación. En su contribución decisiva para formar personas para que aprendan a pensar por sí mismas pensando en los demás. A ser creativas y no resignadas. A tener espíritu crítico y capacidad de imaginar y soñar. La educación revalida su importancia ayudándonos a ser ciudadanos libres y responsables. México requiere una transformación impulsada por la fuerza de la educación, para que todas las personas puedan desarrollar su potencial de inteligencia y bondad.

Alguien debiera decirle al presidente López Obrador que una política educativa va más allá que la simple distribución de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, “para compartir con la familia”.[1] La derogación de “la mal llamada reforma educativa” ( como le gusta mentarla a AMLO), implicaba el diseño inmediato de un nuevo modelo educativo acorde a las necesidades y características de una sociedad que llega a su madurez en pleno siglo XXI. La cancelación de la reforma educativa, sin una alternativa inmediata, dejó al sistema educativo nacional en una situación de parálisis y retroceso, ya que se sacrificaron los aspectos técnico-pedagógicos, por prebendas de intereses sindicales con obscuros tintes partidistas-electorales. La prisa con la que el Ejecutivo y su mayoría morenista en el Congreso, aprobaron la derogación de la reforma educativa y la desaparición del Instituto de Evaluación Educativa, mostró la existencia de algún tipo de pacto o compromiso con el ala más radical y nefasta del sindicalismo magisterial.

Lo que tenemos -a año y medio de gobierno- es un catálogo de ocurrencias, improvisaciones y la percepción pública de que el sistema educativo está a la deriva. Intencionadamente o no, pareciera que este régimen impulsa una contraeducación, en la que se ignora el rol del profesor en la tarea de acompañar, estimular y orientar el proceso educativo. 

La falta de interés gubernamental en la educación se evidencia en el desconocimiento oficial de la responsabilidad social de las instituciones educativas, en su tarea de desarrollar una conciencia crítica, de manera de conformar a un individuo creativo, pleno, útil y comprometido, con conciencia de sí mismo y de su entorno, apto para co-construir y transformar la sociedad.

Para este régimen, los profesores son simples empleados a quienes someten a través de sus organizaciones sindicales, SNTE o Coordinadora Nacional, que sólo luchan por privilegios como la venta plazas o porque el Estado garantice impunidad a sus líderes, por enriquecimiento ilícito.

Soslayan a los profesores como los principales agentes formativos que preparan a los sujetos para la vida comunitaria, al encargarse durante toda la escolaridad de la formación integral de sus miembros. Someter al profesorado como reserva clientelar, conculca los derechos de los niños y jóvenes a una educación de calidad, ya que a los profesores les asiste la responsabilidad de educar en conocimiento y valores, y promover cierto ideal de calidad de vida, en concordancia con los valores socioculturales del conglomerado al que pertenecen. Para ello, deben contar con las condiciones y recursos que les permitan intervenir la realidad socioeducativa, con el fin de formar individuos íntegros, activos en la gestión del conocimiento, con capacidad de trabajo en inclusión, autónomos y diligentes agentes de cambio, y a la vez, reflexivos en cuanto a analizar su realidad y los mensajes que la construyen.

De modo que la contraeducación de la 4T pretende mantener el control de los profesores a través de sus organizaciones sindicales y minimizar su función transformadora para convertirlos en piezas de un sistema de adoctrinamiento ideologizante. De ahí la idea de “capacitarlos” en lo que han llamado la “Nueva escuela mexicana”. De calidad educativa, ni hablar. México ya no es, ni será un referente educativo. 

En estos días en los que López Obrador habla de que es necesario definirse: “ o se está con la transformación o se está en su contra”, es importante reflexionar sobre lo que implica estar de acuerdo con la contraeducación que impulsa el proyecto político de la 4t y que no tiene nada que ver con las etiquetas obsoletas de “conservador” o “liberal”, que se dispensan obsequiosamente en el discurso presidencial.

El mayor peligro en tiempos de cambios acelerados, no es la incertidumbre, si no seguir actuando y tomando decisiones con la lógica del pasado. El verdadero desafío en el ámbito educativo, está en dedicar tiempo y esfuerzos para innovar y validar desde la perspectiva de un tiempo nuevo, las creencias y comportamientos que soportan el actual modelo educativo heredado de la era industrial. 

El atraso educativo que nos aguarda, será otro de los saldos de una transformación que más bien parece una reedición del pasado, que ya habíamos logrado superar.


[1] López Obrador, Andrés Manuel. Presentación de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes.

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