Las cenizas del Piporro (I)

Por José Luis Enriquez Guzmán

El último tramo de la carrera del Piporro está marcado por la inconstancia laboral y la decadencia del personaje. En 20 años sólo realizó once películas. Sin embargo, como ya se ha advertido, esto no fue un retiro del todo voluntario. Fueron tres factores los que influyeron en la oscuridad del personaje.

En primer lugar, el Piporro enfrentó las secuelas morales y económicas de su experimento El Pocho. Llegó a mencionar que hipotecó hasta su casa para poder financiar el proyecto.  Aunado a esto, quedó mal parado frente al público mexicano que habitaba en Estados Unidos, su principal consumidor, lo que lo orilló a creer, quizá, que no era buen momento para lanzar una nueva producción. En segundo, este desánimo por el cine se compensó con la caída de la industria a finales de la década de 1960, lo que hizo menos redituable trabajar en alguna producción. Para compensar este hueco, el Piporro se valió de su carrera musical, ya que realizó presentaciones a lo largo y ancho del país. Aunado a esto, Telesistema Mexicano lo contrató para realizar 13 programas, pero el fuerte de su economía fueron las presentaciones. Por último, en 1969 fallecieron sus padres. Primero falleció Doña Elvira, y unos días después, su esposo Pablo. De esta forma, en la década de 1970 sólo realizó Las Cenizas del Diputado (1977), la penúltima cinta de Roberto Gavaldón, y El Falluquero (1979), donde se ve un personaje desgastado, tanto en su estado físico como en su forma de ser.

Por un lado, en 1985 su esposa enferma de cáncer. Para tratar de buscar una vida más relajada se mudan de la Ciudad de México y se van a Monterrey. A estas alturas, Eulalio y Tina habían procreado cinco hijos: Eulalio, Pablo, Tini, Elvira y Eliana. Ya en Monterrey, la pareja adquiere parcelas para sembrar, sólo como entretenimiento. Además, Eulalio y Tina realizan un viaje a Medio Oriente, al que el Piporro no quería ir, pero, como dijo, “me lavaron el cerebro para que aceptara”. Ese mismo año le fue imposible a los médicos hacer algo para alargar la vida de Tina, quien falleció en Monterrey. El Piporro dijo que no podía actuar fingiendo una alegría que no sentía. Pensó que ése sería el final de su carrera. No obstante, un tiempo se dedicó exclusivamente a las labores del campo en los terrenos que habían comprado él y su esposa al llegar a Monterrey.

A pesar de que volvió a la industria del cine, sólo realizó tres películas al lado de Vicente Fernández, en las que además colaboró escribiendo los argumentos: El Diablo, el Tonto y el Santo (1985), El Macho (1987) y Entre Compadres te Veas (1989). En todas los filmes continuó interpretando, aunque con diferentes nombres, a un norteño dicharachero, terco, extrovertido y gracioso o, mejor dicho, al único norteño que había en el cine. La industria a la que regresó estaba destartalada y en completo abandono por parte del gobierno, que cedió el control económico de las películas a los capitales privados, generando una sobreproducción de contenidos de baja calidad. Su última participación frente a las cámaras fue en Ni Parientes Somos (1990).