Urge crear (2)

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo / Fotografía: Florian Kaluer. Unsplash

Se descubre una nueva forma de energía a través de un elemento cuya existencia es, debido a las leyes físicas naturales de nuestro planeta Tierra, imposible de mantenerse estable: plutonio-186. Aparece de la nada, pero al tiempo que este elemento existe, tungsteno-186 desaparece. Mensajes codificados para que la mente humana pueda interpretarlos, son enviados. Se llega a la conclusión de que son mensajes de una dimensión paralela a la nuestra, donde el elemento presuntamente inexistente es estable, y en el que el tungsteno-186 sería inestable pero igualmente es usado para generar esta energía revolucionaria en sus nuevas tecnologías. Suena a ficción… y lo es: “Los propios dioses”. Esto lo pongo como introducción puesto que hace poco defendía yo el quehacer de un premio Nobel de química al que no le querían publicar sus textos de ficción. El inicio de la trama del texto narrado, sin embargo, es de Isaac Asimov, un científico: aquél que crea que un hombre de ciencias no puede escribir extraordinarias ficciones, que lea a Asimov y luego hablamos.

Este texto va en relación con una plática que tuve con un amigo: vimos en una plaza un conjunto de pinturas de tipo… bueno, no soy experto en este arte, pero digamos que eran postmodernas. Ahora, todas eran un conjunto de trazos con tintes abstractos. Unos más elaborados que otros: mientras los habían con una relación casi directa con algo conocido, había otros que eran, literalmente, líneas. Así que mi amigo me dijo que esta onda surgió con un artista que, dueño de una galería, decidió, en su propia galería, mandar una “obra” para ser exhibida, habiendo pagado con anterioridad su cuota reglamentaria. Su obra era un mingitorio que compró, ni siquiera lo hizo él. No logró ser exhibido en su propia galería. De ahí que él, el artista, haya sostenido que el verdadero sentido de una obra de arte no es lo que quiera decir en sí, sino el significado que le da uno a la misma. De ahí que ahora todo el arte sea subjetivo, cuando no lo es.

¿Cuál es la diferencia entre dividir un cuadrado en dos sectores rectangulares y venderlo a millones como una preciadísima obra creativa y la invención de mundos paralelos de Asimov? Que el segundo es lo opuesto a la mediocridad: es genialidad, es trabajo, es arte.

Aquí es que nos enfrentamos a una crisis de creatividad. Nos da hueva ser creativos, y ¿cómo no? Es más, tal vez ni siquiera sea que no haya más creaciones novedosas y geniales, sino que no las vemos. Tal vez las nuevas creaciones se ven bajo una censura no literal, no lograda por un aparato ideológico del Estado para mantenernos a raya como lo haría el Gran Hermano de Orwell, no: igual y es autocensura. Tenemos megaproducciones, por ejemplo, en el cine, que son la segunda vuelta de historias que ya vimos. Exactamente la misma historia pero modelando y readaptando estereotipos de nuevo. La novedad quedó atrás para la repetición incesante. Parece que nos da flojera ya una nueva historia porque nos enfrenta a nosotros mismos, nos confronta y nos hace temblar, nos hace temer, nos vuelve indefensos; he ahí la razón por la que las repeticiones son tan promovidas hoy en día.

No son repeticiones literales solamente, esta onda de lo viejo pasando por nuevo: se modifica la trama en sus más mínimos rasgos (nombres de personajes, por ejemplo) para dar la misma historia pero con la novedad más mínima. Es comer el vómito de algo que habíamos tragado con anterioridad.

Si bien es cierto que la interpretación del que percibe la obra de arte es importante, incluso más importante que la del mismo artista para algunos intelectuales como el hombre que lo sabía todo, Umberto Eco; no podemos reducir la interpretación artística a una mera subjetividad total. Ese es el problema: queremos que todo sea blanco o negro, arriba o abajo, bueno o malo; nos dan flojera los matices, nos molesta tener que mediar, no tenemos la capacidad de ver las singularidades porque lo único que nos interesa es el todo. Y eso, ver la gama de posibilidades más amplia al momento de llevar a cabo la loable tarea de inventar una obra, lo que significa crear.

Hace falta crear. Claro que, hay que enfrentar la continua subestimación de los que todo lo saben. Casual, caso personal: tengo un sobrino piloto, una hermana doctora “¿Y tú eres escritor?” Yo sólo pregunto: ¿En qué momento, alguien que no tiene el más mínimo conocimiento de la construcción de una obra artística, la que sea esta, tiene la autoridad para menoscabar a quien siquiera trata de hacerlo?

Hace poco estaba hablando con una muy querida amiga y le conté la trama de una de mis novelas y sus palabras fueron más o menos “¡Órale! Eso suena parecido a Saramago”. ¿Está mal tomar bases que uno considera respetables para poder ir construyendo lo que en literatura se conoce como “tu estilo personal”? Para nada. Es un camino, es una senda, la de la construcción, no solamente de una historia específica, sino la de tu estilo como creador. Tiene más baches que zonas limpias, eso sí, es más: parece un continuo camino de bajada, pero eso no le quita su sabor, su chiste, su ensoñación. La creación no es solamente salir de tu realidad porque te da pena y te causa dolor ser tú, no: la creación es confrontar la vida, como quien dice, agarrar al toro por los cuernos. Hay que fijarse: agarrar al toro por los cuernos, no acuchillarlo hasta su muerte. La creación no busca la destrucción de su realidad, sino su comprensión a través de una ficción adaptada a la forma de arte escogida. Al agarrar al toro por los cuernos se le da la oportunidad de que lo tire a uno si no tiene la fortaleza, y es justo eso lo que quiere decir crear: caer para reconstruir. La ficción es reconstrucción de la realidad, nunca el aniquilamiento, la supresión, el acto de ignorar factualmente.

Imaginemos por un momento la vida sin arte, y en específico para mi área: sin literatura. Imaginemos que a los racionales se trataran entre ellos y los emocionales entre ellos. Imaginemos que no hay algo más allá que una burda división de humanos: que unos hagan una cosa y los otros otra sin tratar de comprender en lo más mínimo el uno al otro. ¿Qué sucedería? Colapsaríamos, porque no pondríamos ver lo que uno ni el otro quieren, pueden, buscan, logran decir. Imaginemos un mundo sin creadores: no habría arte y no habría ciencia, porque entre los dos se empapan, se buscan, se repelen y se vuelven a encontrar. Así como la vida es cíclica y donde acaba algo en muerte empieza nueva vida, así es el proceso creativo: urge crear porque, de no hacerlo, no habría quien se enfrentara a la infinidad de posibilidades que el hecho de ser humano conlleva.

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