Salud mental, la otra cara de la pandemia

 Ernesto Palma F.

“Controlar su salud mental y su bienestar psicológico y social durante este tiempo es tan importante como controlar su salud física.” Organización Mundial de la Salud.

A partir de la fatídica “nueva normalidad” dictada desde el púlpito presidencial, -ahora también habilitado como oráculo que puede predecir sobre la salud de millones de mexicanos, afirmando que “no habrá rebrote de coronavirus” y exhortando a la población a que “no tengan miedo de salir a la calle”- en medio del peor escenario pandémico, con cifras más elevadas de contagios y fallecidos, sólo nos queda encomendarnos a la compasión y misericordia del dios en el que creamos, porque aquí en la realidad, no habrá quien tenga piedad de nosotros.

Por salud mental, debemos aceptar que nuestro destino inmediato está determinado por la locura y la perversidad de un presidente obsesionado con sus planes para perpetuarse en el poder. No le interesa la salud- ni la vida-, ni el bienestar de millones de mexicanos. Ha demostrado que es capaz de sacrificar lo más valioso para una sociedad -como lo es la salud y la vida de sus integrantes- por concretar sus ambiciones políticas. Está visto que considera que el triunfo electoral que lo llevó a la presidencia, fue para él  un cheque en blanco que le otorga el derecho de propiedad sobre la nación mexicana y todos sus habitantes.

Con un elevado índice de contagios y muertes por coronavirus, nos receta un “Decálogo para la nueva normalidad” que lo aleja aún más de la imagen de un Jefe de Estado, para convertirse tristemente en un aprendiz del Flautista de Hamelin[1].

La pandemia nos ha dejado muy claro que no habrá cambios para mejorar. La crisis nos demostró los alcances y limitaciones de la clase política que hoy gobierna: sólo son una comparsa del presidente. No hay oposición, ni equilibrios constitucionales.

El país navega rumbo al desastre y no se vislumbra cómo puede evitarse la devastación que nos dejará esta pesadilla. A la velocidad con la que se está consumiendo el Estado mexicano, el año 2022 y la posibilidad de la revocación de mandato, podría ser demasiado tarde. Dos años es mucho tiempo para evitar un naufragio o para controlar un incendio. 

Para entonces, la vida institucional de México será sólo la que determine el poder unipersonal de presidente de la república. Con organismos autónomos controlados por el ejecutivo federal, nadie podrá garantizar que se respetará la voluntad de los ciudadanos que se opongan a la continuidad de este régimen. 

Con el Congreso cooptado por el poder presidencial, y el poder judicial sometido a los intereses de la 4T; con partidos políticos sin liderazgos reales y con una sociedad civil sumergida en la peor crisis económica, con miedo a la delincuencia organizada, cuyos dominios se extenderán impunemente por todo el país y una prensa crítica cada vez más acotada y perseguida, tendremos el escenario ideal para la imposición, la conculcación de derechos, la represión y la perpetuación de la dictadura. Por ahora, ocuparnos de nuestra salud  física y mental nos permitirá contar con mayores oportunidades de sobrevivir al desastre nacional que nos aguarda.

De los efectos más devastadores de la pandemia- ignorados deliberadamente por las autoridades sanitarias y educativas- están los trastornos que afectan la salud mental y emocional de las personas. La salud mental abarca una amplia gama de actividades directa o indirectamente relacionadas con el componente de bienestar mental incluido en la definición de salud que da la OMS: «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». Está relacionada con la promoción del bienestar, la prevención de trastornos mentales y el tratamiento y rehabilitación de las personas afectadas por dichos trastornos.

Aunque la del COVID-19 es una crisis de salud física, el impacto en la salud mental es significativo y podría generar mayores dificultades si no se le hace frente correctamente. Por ello, la OMS ha instado a los países a no desatender este tipo de problema, estudiar las necesidades de todos los sectores y garantizar que el apoyo psicológico está disponible como parte de los servicios esenciales.

Se ha detectado un incremento de la prevalencia de la angustia, de por ejemplo un 35 por ciento en China, un 60 por ciento en Irán o un 40 por ciento en Estados Unidos, tres de los países más afectados por la pandemia, que ha provocado ya más de 285.000 muertos e infectado a más de cuatro millones personas en el mundo.

Específicamente en el sector de los trabajadores sanitarios, un estudio canadiense muestra que casi la mitad de ellos, un 47 por ciento, declaró necesitar apoyo psicológico, mientras que en China un 50 por ciento sufre depresión, un 45 por ciento ansiedad, y un 34 por ciento insomnio.

En lugares de conflicto alrededor de 1 de cada 5 personas sufre trastornos mentales, datos que podrían alcanzarse en esta crisis si no se ponen medidas para aliviar, acompañar y dar apoyo a los que lo necesitan. En vista de que no contaremos con la información necesaria y menos aún, con la ayuda profesional para enfrentar las secuelas de la pandemia en materia de salud mental, es necesario empezar por recordar algunas de las consideraciones psicológicas y sociales sobre salud mental emitidas por la OMS, con motivo de la pandemia provocada por el COVID-19:

Es probable que tanto usted como muchos/as de sus amigos/as, familiares y conocidos/as se sientan bajo presión. Es bastante normal sentirse así en la situación actual. El estrés y los sentimientos asociados con él no son, en modo alguno, un reflejo de debilidad o incapacidad para trabajar. 

Cuídese en este momento. Utilice estrategias útiles de afrontamiento, como garantizar un descanso suficiente, especialmente durante el trabajo o entre turnos, comer alimentos suficientes y saludables, realizar actividad física y mantenerse en contacto con familiares y amigos. 

Evite utilizar estrategias de afrontamiento poco útiles, como el uso de tabaco, alcohol u otras drogas, dado que, a largo plazo, esto puede empeorar su bienestar mental y físico.

Reduzca la cantidad de noticias e información que ve, lee o escucha sobre el COVID-19, que le provoquen ansiedad o angustia; busque información únicamente de fuentes fiables, principalmente, para que pueda tomar medidas prácticas para preparar sus planes y protegerse a usted y a sus seres queridos. El flujo repentino y casi constante de noticias sobre un brote, puede hacer que cualquier persona se sienta preocupada. Es fundamental conocer los hechos, no los rumores y la desinformación.. Los hechos pueden ayudar a minimizar los miedos.

Protéjase y apoye a los demás. Ayudar a otros en su momento de necesidad puede beneficiar tanto a la persona que recibe apoyo como a quien la ayuda. Por ejemplo, verifique por teléfono a los vecinos o personas de su comunidad que puedan necesitar asistencia adicional. Trabajar juntos como una sola comunidad puede ayudar a crear solidaridad para abordar el COVID-19 juntos.

Elogie a los/as cuidadores/as y trabajadores/as de la salud que apoyan a las personas afectadas con COVID-19 en su comunidad. Reconozca el papel clave que están desempeñando a la hora de salvar vidas y mantener seguros a sus seres queridos.

Si bien es cierto que la pandemia ha provocado una crisis de salud pública y que los desaciertos gubernamentales nos aproximan al borde del abismo en materia política y económica, tenemos la oportunidad y la obligación de cuidarnos a nosotros mismos y a nuestras familias, fortaleciendo nuestra salud mental y física. Nada puede afectar nuestra integridad como individuos. Aún podemos elegir cómo sentirnos y cómo pensar. En esos espacios podemos y debemos ejercer nuestro derecho a la libertad. Optemos por la esperanza y el optimismo, porque sin ellos la humanidad no habría sobrevivido a todas las desgracias y desastres que ha registrado la historia universal. 


[1] El flautista de Hamelín es una fábula o leyenda alemana, documentada por los Hermanos Grimm, que cuenta la historia de una misteriosa desgracia acaecida en la ciudad de Hamelín, Alemania, el 26 de junio de 1284.

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