No cuentes tus sueños, mejor tus pesadillas

Foto: Kinga Chichewicz. Unsplash

Reflexiones Apátridas

Aunque me gusta contar mis sueños ya no lo hago. Más por apatía que por otra cosa, pues si hay algo que no me gusta escuchar son los sueños de los demás. A menos que me digan que aparecí en ellos, claro. Me gusta que me cuenten aventuras que de alguna forma hice: que volábamos juntos, que paseábamos en un bosque, que me comía todo un pastel. También que hice cosas siniestras: que los abandonaba, que les quitaba su comida, que dirigía un ejército destructor. Eso sí, no me gusta soñar o que me sueñen es maltratando animales. Como la vez que soñé que degollaba a mi perrito y me desperté llorando enloquecida gritando su nombre. Él corrió a lamerme las manos y yo me bajé de la cama a abrazarlo todavía entre sollozos. 

Los sinsentidos de los sueños son fascinantes y aterradores. Por eso a veces nos lamentamos de salir de aquel universo y en otras nos alegramos de despertar en la cochina realidad. Los sueños emulan la labor de los caleidoscopios: convierten las cosas más simples en laberintos hipnóticos, en figuras extravagantes. El mundo onírico siempre ha sido un tema intrigante, uno de esos enigmas que evidencian nuestra soledad absoluta y suprema de humanos. Una de esas incógnitas que de forma cándida tratamos de explicar. 

Alacranes = están hablando de ti.
Volar = significa libertad, deseo de cumplir aspiraciones.
Columpios = una periodo muy feliz de nuestra vida o uno muy triste.
Respirar bajo el agua = no hay meta lo suficientemente alta para ti.
Tren = seguridad y autoconfianza para todos los aspectos de tu vida.

Se dice que en los sueños ha habido revelaciones proféticas y demás epifanías. No es extraño que se usen los sueños para explicar a los demás que Dios habló con nosotros y nos eligió como el profeta de su próxima venida. Sería ridículo decir: “Se me ocurre que sigan estas reglas que escribí, que me den su dinero y que ejerceré la prima nocte entre nuestra comunidad”. En cambio si decimos que Dios nos lo dijo en un sueño, la cosa cambia. Así como no es lo mismo decir: “Me gustas tanto que te sueño en situaciones inconfesables”, que decir “Te soñé” y de ahí derivar a una explicación que (tal vez) nos lleve a esas situaciones inconfesables. 

Al terreno de los sueños enviamos nuestros deseos más anhelados, los dotamos de un aire de irrealidad y lejanía que nos permite decir algunos disparates. A veces tener esos sueños nos bastará; con solo acariciar su inalcanzabilidad nos exime de cualquier acción, pues hay sueños imposibles, todos lo sabemos, y no cumplirlos nos dará un aire de melancolía tan preciado entre los soñadores. “Siempre quise ser músico”, “Siempre quise tener un vocho rojo”, “Siempre quise conocer Cuba”. El archivo de los sueños incumplidos tiene un nombre alterno: Archivo de nuestra cobardía. Conocido también como el ADNC. 

Los sueños se cuentan en copretérito. Los anhelos en infinitivo. El menos glamoroso es el presente con su presente simple, aunque en realidad es lo único que tenemos de cierto… en este momento. Quizá por eso soñamos, para ver otras posibilidades, para salir de nuestras estrechas mentes. Quizá sean las pistas de que podemos ser y hacer mucho más de lo que imaginamos en la vigilia. 

Al contrario de los sueños extraños lo que sí me gusta escuchar son las pesadillas de los demás. Incluso si es de madrugada, como cuando alguna de mis hijas viene a decirme, a veces todavía llorando, que tuvo una pesadilla. Por supuesto que la acuesto a mi lado y le pregunto qué soñó. Ellas me cuentan, me abrazan, a veces vuelven a llorar, como si no lograran salir de ese ¿lugar?, ¿estado?, ¿sensación? Me gusta pensar que es una complicidad, algo que nos une. ¿Qué mayor muestra de amor existe que confesar nuestros mayores miedos, nuestras más terribles pesadillas (las de la vigilia y las de los sueños)?

Autor: Vonne Lara

Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Mamá cósmica.

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