Sí existe la perfección… literaria

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo / Fotografía de Inés Arredondo. INBA.

Entre las variadas formas de crear en la literatura, hay dos que son, por sus características, ciertamente contrarias pero al mismo tiempo, en sí, lo mismo: se encargan de contar una historia, de crear un mundo ficticio a través de las letras. ¿Por qué contrarias? Por su longitud, mientras una debe ser breve, la otra se puede extender y extender hasta donde lo decida el autor. Unos nacimos, entre los que me incluyo, para la escritura de novela: no nos cuesta tanto extendernos en las tramas y narrativas; los otros nacieron para la escritura de cuentos. Yo, muy personalmente hablando, respeto mucho a los escritores de cuentos pues básicamente se encargan de construir todo el mundo de una novela en unas pocas cuartillas sin que esto demerite su complejidad, su narrativa, su sustancialidad. Un buen cuento es tan completo como una novela. Yo nunca podría escribir un cuento porque no puedo ser breve, hay quienes no pueden escribir novelas porque no pueden extenderse, y entre estos segundos estaba la sinaloense Inés Arredondo.

A Inés Arredondo ya la había leído en la universidad en clase de literatura, y a pesar de que me quedó un buen gusto de ella, apenas ahora que conseguí un libro con sus cuentos completos me he dado cuenta de la magnitud de su obra: perfecta.

Para su tiempo, Inés Arredondo se atrevió a tocar temas considerados tabú: el erotismo, perversiones, el rol de la mujer en la sociedad. Ella resultó ser feminista a través de sus letras, a través de liberar justamente un perfil que no podría haber sido considerado como correcto tanto al leerse como al hacerse. ¿Qué fue, sin embargo, lo que le dio a Inés Arredondo ser catalogada como una de las cuentistas más grandes de las letras latinas? Su narrativa.

Leer a esta cuentista mexicana es toparse con una precisa selección de palabras. Es, tal vez, y esto lo digo como opinión personal, otra de las diferencias entre un escritor de novelas y uno de cuentos: por la longitud, un novelista se podría separar un poco momentáneamente de una rigurosa selección de palabras que bien podría ser trabajo del corrector de estilo (insisto, esta es mi opinión personal que bien podría ser errónea); un cuentista, en cambio, como su trabajo es más breve, puede darse el lujo de esta selección de palabras con mucho más rigurosidad. Inés demuestra esto a capa y espada: todas sus oraciones están perfectamente construidas, todas las palabras que usa están perfectamente posicionadas, no hay hebras ni cuestiones por limar, a veces pareciera ser un canto, contienen sus cuentos una lírica única que es lo que le da su toque, su matiz, a esta escritora.

Hay que tomarse su tiempo al leerla justamente para poder asimilar y contemplar la belleza narrativa superior que sus cuentos contienen. Cuando leí por primera vez a Umberto Eco, El péndulo de Foucault, tuve que hacerlo lentamente porque el lenguaje me era complejo: no sabía que significaban las palabras, así que tenía que tomarme mi tiempo; cuando leí a Svetlana Alexiévich, el saber que detrás de esas palabras no está la imaginación de una escritora sino una persona de carne y hueso es lo que le da una carga emotiva muy fuerte y es lo que te obliga a ralentizar tu lectura. Inés Arredondo causa el mismo efecto de lentitud: hay que tomarse el tiempo para poder paladear cada palabra, cada adjetivo, sus silencios, sus entramados; ella te está dando una historia perfecta per se, por lo que lo mínimo que debes hacer es leerla sin prisas. Ella es como un buen vino o como algo agridulce que esperamos con ansias, la construcción de sus historias desde que empiezas hasta que acabas es como un delicioso bocadillo que, para extender el éxtasis en nuestro paladar, lo comemos lentamente, lo disfrutamos, lo gozamos.

Sus cuentos tienen, desde la primera oración, una fuerza y una carga narrativa fascinantes. Logra envolverte en un mundo totalmente construido y ajeno de forma que no hay pierde. Es como el complemento perfecto este de la brevedad y nuestra necesidad, como lector, de saber qué pasará, con una novela no sucede así: la construcción del mundo se puede alargar y alargar, lo que sucede puede tener mil consecuencias. En un cuento no: todo se reduce a un particular, un acto, una consecuencia, un evento; y no por eso menos eficaz que una novela, al contrario: leerla es ver un mundo tan amplio como los que construyeron Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Elena Garro, esos mundos pero en muchas menos páginas. Claro que Rulfo también era breve, Arredondo incluso más, y con una fuerza como la de los escritores mencionados, claro es, cada uno con su estilo, su forma, su narrativa.

Su manera de tocar temas complejos tiene una fineza insuperable. No se debe confundir para nada, pues sería un gran error, con el Marqués de Sade. Bien es cierto que Arredondo llega a tocar temas eróticos relacionados al incesto como en “Estío” o perversiones sexuales fuertes como en “Los espejos”; eso no quiere decir que ella sea la versión mexicana del escritor francés. La escritura de Sade radicaba en una filosofía de la maldad para justificar los actos barbáricos y así mostrar la perversión del hombre. Inés Arredondo tiene una forma de empoderamiento femenino particular así como una explosión de la psicología del personaje que no deja nada al azar. Todos sus personajes están justificados plenamente ya sea por su mentalidad, sus necesidades, sus obsesiones. Todos resultan entrañables, bellos, humanos. No es que a uno como lector al leerla le parezca ya que el incesto está bien, no, para nada: su forma de escribirlo, su forma de denotar esas pasiones humanas, esos poderosos sentimientos y confusiones de la mente es lo que justamente la hace insuperable.

Si uno lee a Svetlana Alexiévich, al saber que sus testimonios son de gente real, se da cuenta que las letras no son suficientes para comprender y calcar el dolor humano; pero al leer a Inés Arredondo uno se da cuenta que sí es posible describir las emociones, por más nefandas que sean, de forma tan maravillosa que a uno sólo le faltaría llorar, pero a diferencia de la bielorrusa, con la mexicana lloraríamos pasmados por la belleza escrita. Inés Arredondo escribe exactamente lo que son las pasiones humanas, exactamente lo que son las emociones y sentimientos que nos confunden y atacan con  remordimientos, rencores y dolor; pero es bello, es hermoso de leer, no hay más ni menos, no hace falta nada ni le sobra nada: es, simplemente, perfecta.

Si de escribir cuentos se trata, hay quienes nos alejamos porque no estamos a la altura de cumplir con las expectativas de construir un mundo en pocas palabras, unas minuciosamente elegidas tanto en su lugar en la oración como por su significado. Inés Arredondo no es difícil de leer, y es de reconocer que a pesar de su lírica e impresionante narrativa, insisto, no exige en ese sentido a su lector. Cada uno de sus cuentos (y de su novela corta, obvio es) es sumergirse en un mundo, es nadar, es encontrar los detalles más particulares sin que pierda fuerza el hecho de ser en pocas páginas. La relatividad queda comprobada con ella: años y años de acontecimientos en tan solo unas líneas así como otros autores logran segundos de acontecimientos en páginas y páginas. Los cuentos de esta escritora sinaloense dejan satisfechos porque no hay de otra, son simple y sencillamente perfectos sin importar si el protagonista es hombre o mujer. Leerla es reflejarse constantemente, sufrir, perder el aliento con sus giros dramáticos, con sus finales atronadores, cada una de sus palabras cuidadosamente seleccionadas, escritas, creadas. Leerla es reconocer que sí existe la perfección… literaria. En sus propias palabras, podríamos describirla así…

“Sí, dicho simplemente, el hecho era brutal, canallesco, vituperable en todos los sentidos, pero en el fondo, muy en el fondo era un acto de amor que reproducía, intactos, otros actos de amor, seguramente muy deseados, soñados… “una vez más”, “Sólo una vez más” habrá deseado muchas veces, y un milagro, este deseo ferviente, se había cumplido. El pecado venía después, cuando el milagro había dejado de serlo y se había abusado de él forzándolo a que se repitiera. El exceso, siempre el exceso.”

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