Discrimina y vencerás

DE UN MUNDO RARO

Por Miguel Ángel Isidro / Fotografía: Markus Spiske. Unsplash

Dice la sabiduría popular, con mucha razón, que la historia, al igual que el periodismo, no son ciencias exactas. 

Y es por ello que muchas veces, la identidad de los pueblos se construye, generalmente, atendiendo más a las relaciones de poder político que a la realidad sociológica o cultural de las comunidades.

Un ejemplo claro de ello se muestra en nuestros sistemas educativos: aprendemos historia, filosofía y artes tomando como referentes clásicos las herencias de culturas antiguas de la Europa Occidental como Grecia y Roma, cuyas doctrinas de pensamiento representan sin duda un patrimonio universal de la humanidad, pero que en el contexto doméstico, poco o nada tienen que ver con nuestra realidad.

La historia mexicana está llena de historias de pugnas, desencuentros e incluso odio entre distintos segmentos sociales, ya sea por motivos de raza, religión o preferencia política.

Sin el separatismo, el entronizamiento de grandes imperios como los mayas y los aztecas habría sido imposible. Ambos grupos sojuzgaron militarmente a distintas tribus y etnias, que incluso les superaban numéricamente. 

Dicha premisa también fue clave en la Conquista. ¿De qué otra manera entender el que un grupo de 700 hombres de los más bajos estratos de la corona española hayan sometido a pueblos de gran tradición guerrera? ¿Acaso Hernán Cortés tenía algún tipo de talento fuera de lo común? La realidad es que el deseo de revancha de las tribus que se aliaron a los españoles, junto con el fanatismo religioso de los aztecas y las enfermedades traídas por la poco salubre tropa española – como fue el caso de la viruela- fueron clave en la caída de México-Tenochtitlán.

México es un estado multinacional y multicultural. Está integrado por regiones con claras diferencias étnicas, socio-demográficas y una gran diversidad bio-ecológica. Lo que ha dado cohesión a nuestra integración nacional han sido, históricamente las relaciones políticas y de poder con la Europa colonizadora, primero, y con el imperio yanqui después. 

Los dos movimientos político-sociales más importantes de nuestra historia (la Independencia y la Revolución), a pesar de que en nuestro sistema educativo son referidos como alzamientos populares, con notorios fines de propaganda de Estado, han sido en realidad iniciados desde la pequeña burguesía. Descendientes de españoles reclamando los privilegios de los españoles peninsulares en el primer caso, y una nueva clase capitalista en ascenso buscando desterrar el modelo de economía cuasi medieval del porfiriato en el segundo.

Las grandes masas han servido, históricamente, como carne de cañón para que un pequeño segmento social acceda al poder, para ejercerlo en función de sus propios términos e intereses de clase o corriente política.

Para entender un fenómeno tan complejo como el de la discriminación tendríamos que asomarnos al caleidoscopio de conflictos,  prejuicios y deformaciones culturales que arrastramos desde los orígenes mismos de nuestra historia nacional.

Porque la triste realidad es que en México no sólo se discrimina por cuestiones raciales o étnicas. Somos una sociedad donde el individualismo nos ha impedido asumirnos como iguales.

Discriminamos a los indígenas, pero también a los pobres.

Discriminamos a los afrodescendientes, pero también escamoteamos oportunidades y derechos a las mujeres, de todas las edades, razas y condición social.

Discriminamos a las personas con preferencias distintas a la heterosexualidad, pero México también es un país donde se ha desplazado de su territorio e incluso asesinado a comunidades enteras por sus creencias religiosas.

Y en pleno siglo XXI, estamos llegando a otros estratos de segregacionismo: la discriminación por preferencias políticas.  La pugna entre “chairos” y “fifís”, “liberales” y “conservadores” o entre “AMLOvers” y “prianistas” se está convirtiendo en una jerga peligrosamente cotidiana. Nos esforzamos cotidianamente en acentuar las diferencias.

Y en efecto, la clase gobernante es la que históricamente ha marcado la pauta y se beneficia en mayor o menor medida de las distintas formas de discriminación, pero tampoco se trata de un asunto que vaya a ser resuelto en base a presupuestos oficiales o políticas de Estado. La raíz del daño es aún más profunda.

En el momento en que entendamos en que, para bien o para mal, todos vamos en el mismo barco, nuestra realidad cotidiana podría comenzar a cambiar en términos positivos.

Sin embargo, padecemos los efectos de un sistema político- partidista que por años se ha empeñado en profundizar y enfatizar las diferencias, más que en la construcción de un verdadero consenso nacional.

¿Quién se beneficia del divisionismo entre los mexicanos?

Y dicho sea de paso: de nada servirá darle más o menos presupuesto al hoy tristemente célebre Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) o que su titular sea hombre, mujer o transgénero; si su origen es maya, kikapú o rarámuri… el punto es que la lucha contra el segregacionismo debe entenderse como una filosofía de vida, no como una bandera de política electorera.

Paradójico: la CONAPRED representó un triunfo legítimo para la izquierda mexicana de la vieja guardia, encabezada por personalidades de la talla moral de Gilberto Rincón Gallardo; y ahora está en manos del primer gobierno de izquierda de nuestra historia moderna demostrar que vale la pena mantener operando dicho organismo autónomo.

Definitivamente, en México estamos haciendo algo terriblemente mal en materia de discriminación, pero no es para nada un asunto nuevo ni una discusión improvisada. Comenzamos a torcer el camino hace más de 500 años.

¿En qué espejo aspiramos a reflejarnos en el futuro?

Twitter: @miguelisidro

 SOUNDTRACK PARA LA LECTURA:

-Café Tacvba (México)

“Labios Jaguar”

Jaime López y José Manuel Aguilera ( México)

“Odio fonky”

Ska-P (España)

“Violencia Machista”

El Gran Silencio (México)

“Decadencia”

Autor: miguelaisidro

Periodista independiente radicado en EEUU. Más de 25 años de trayectoria en medios escritos, electrónicos; actividades académicas y servicio público. Busco transformar la Era de la Información en la Era de los Ciudadanos; toda ayuda para éste propósito siempre será bienvenida....

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