El país de Bradbury

Foto: Lina White. Unsplash

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

Así como dicen que hay que saber elegir las batallas para lucharlas, porque sólo sabiendo que tenemos aunque sea la más mínima posibilidad de vencer y librarla con vida, deberíamos tomarlas; respecto a los libros, también se aplica el mismo principio: hay que saber elegir qué libros leer pero, sobre todo, hay que saber qué libros releer. Si nos embarcamos en una lucha que sabemos de antemano, nos dejará sobre la lona, al menos un aprendizaje de vida hay que sacar de la misma. Hay luchas, sin embargo, que no nos pertenecen, y es por eso que no debemos de siquiera pensar en ellas. Cuando uno ha leído y decide releer, teniendo tantísimos títulos a la mano y disponibles, nuevos, que no hemos explorado; entonces no se está cometiendo una pérdida de tiempo, más bien estaríamos hablando de la forma más lúcida de invertirlo: releer un libro siempre nos lleva al lujo de detalle que no logramos ver en esa primera lectura, y un digno siempre eterno de relectura será “El país de octubre”, de Ray Bradbury.

¿En qué radica la superioridad de este libro de cuentos? El país radica en todos lados y en ninguno, en especial está en otoño. Es un lugar imaginario y, justo por eso, capaz de estar en cualquier lado del globo terráqueo, además de que es la metáfora de aquello que más amamos pero tememos, y no es la muerte, sino su antesala. El hombre al crecer, aumenta de tamaño, de actividades, energía; pero llega un punto en el que vamos en retroceso: al alcanzar el punto máximo, así como el sol vuelve a bajar, nosotros enfrentamos el ocaso: comenzamos a reducirnos, a volvernos más pequeños, menos activos. Es ese momento, esa inflexión, en donde radica este país, eso es otoño, y eso es octubre: cuando lo que es, comienza a volverse un recuerdo. Otoño es el recuerdo de lo que todavía es, de lo que sabemos que vamos a perder.

Los cuentos que Bradbury desarrolla en esta compilación salen de aquello por lo que es más reconocido en general. En la ciencia ficción, desarrolló una de las distopías más populares, con un final bastante optimista a diferencia de sus hermanas congéneres; y cómo olvidar las “Crónicas marcianas” que no sólo hablan de la tecnología y la toma de un planeta, sino de la colonización que sólo el hombre sabe llevar de forma asesina. De todos esos relatos, “El marciano”, tiene la batuta pues en ese mismo logra resumir todas las crónicas: un ser que se vuelve aquello que los conquistadores quieren ver, y que no puede ser él, porque sería estar en soledad; pero al mismo tiempo, al tratar de satisfacer lo que los demás ven en él, termina muerto también, sin ser lo que en realidad es. “El marciano” es el ocaso de la civilización, de la cultura, del ser per se.

“El país de octubre” radica en esa temática: el ocaso, el final, sin embargo, no son de ciencia ficción. Bradbury desarrolla en estos cuentos un tipo de imaginación distinta a la que podríamos estar acostumbrados… desarrolla la fantasía. De hecho, estos cuentos tienen parecido a los de Neil Gaiman en el sentido en que son para niños pero parecieran no serlo. Toca las fibras más humanas de quien lo lee para volverlo todo el preámbulo de una pesadilla. Son narraciones breves para adultos, pero disfrazadas con temas para niños. No hay una sola historia que no te haga fruncir el ceño ante lo inexplicable, no hay un solo cuento que no te haga replantearte lo que hay en tu alrededor y, sobre todo: no hay un solo texto que no te haga sentir un escalofrío que recorre toda tu columna vertebral para prepararte para el horror ahí que se aproxima.

Ahora, no nos dejemos engañar, no es horror, no vas a ver al monstruo como tal ni te lo va a mostrar evidentemente, no es un libro que describa minuciosamente cada uno de los tentáculos de un dios primigenio cuyo nombre es imposible de decir; tampoco te va a mostrar el terror de luchar por tu vida o contigo mismo con el delatar de tu corazón latente. Bradbury, y es justamente lo que este libro maneja a la maravilla, va a construir todo el contexto en donde se desarrolla el horror pero sin mostrártelo, te deja en la respiración previa al grito, en la mueca a medio deformarse por la conmoción, en el los ojos llorosos pero sin lágrima que recorra la mejilla. Por eso es otoño, por eso es octubre: porque no es el fin, no es el invierno: es el paso previo que todos debemos dar para llegar ahí, porque el final siempre estará ahí, queramos o no.

Pensar, empero, que la forma de narrar el miedo latente sin mostrarlo tal cual, llevaría a encontrarse con historias truncas, es un pésimo error que debemos evitar. Es el camino, es la forma de desarrollarlo. No olvidemos que, al leer, activamos reflejos imaginativos, entonces, cuando leemos, vivimos, y cuando vivimos, no hace falta ver el desenlace, porque nosotros mismos lo hacemos. Es justamente esta característica lo que causa escalofrío en el lector (¿el personaje que lee?) porque nos da la libertad de poner ese último bloque, de acabar la construcción de la forma que más nos aterre; no de la forma que más oportuna nos parezca, no, eso también sería un error: estamos ya predispuestos a gritar, pero a fin de cuentas, el grito no lo pone Bradbury, lo ponemos nosotros.

Tenemos a los grandes del terror: Edgar Allan Poe y sus gatos macabros, el terror cósmico de lo indescriptible de H. P. Lovecraft, al espeluznante dios Pan de Machen, las historias que no parecen para niños pero que sí son para niños de Neil Gaiman y, obvio, no podemos olvidar los animales y los niños idiotas de Quiroga; sin embargo, es de suma importancia darle su lugar, entre los grandes de los escalofríos, a Ray Bradbury por “El país de octubre”, ya que demuestra que su imaginación literaria tenía todas las ramificaciones que él quiso. No podemos delimitarlo a un solo género porque, entonces, eso nos volvería parte de esa tenebrosa multitud que aparece y desaparece de la nada (terriblemente Poe-tico), no tendríamos a nuestro emisario capaz de desenterrar lo impensable (un amigo inigualable muy Gaiman-toso), ignoraríamos lo que podría haber en el frasco (un Aleph muy borgiano). No ignoremos las voces del viento (una inteligencia cósmica lovecraftniana) y seamos, mejor, como Douglas, un pequeño (nada idiota pero muy capaz y Quirog-ico) que se atreve a ver, a través de cristales, que hay tantos universos como colores por descubrir.