Errante: el enemigo del imaginarium perfectus

Foto: Levi Clancy. Unsplash

Cada vez que se toca el tema de la libertad, existe un tópico que en pocas ocasiones se trae a la mesa de discusión y, sin embargo, todo el tiempo censura la libertad humana, me refiero específicamente al error. Lo más común es que a muy temprana edad se le atribuya un cariz maligno, violento y ciertamente pecaminoso, razón por la cual nuestros padres tratan de librarnos de él. No nos permiten jugar con cerillos o agujas cuando somo niños y al llegar a la adolescencia, esta inclinación se vuelve aún más tajante y enfática; el papel del padre es evitar que el hijo(a) se equivoque. Finalmente, al convertirnos en adultos pensamos que errar es incorrecto y que debemos evitarlo.

Claro que un padre está consciente del dolor y sufrimiento que conlleva el error, pero esta práctica inconsciente de satanizar el error nos lleva a perpetuar el imaginario colectivo que existe con respecto a la perfección y la idea de que el ser humano debe ser perfecto. Esta imagen ya se esbozaba en los griegos quienes a través de la belleza buscaban llegar a ese estatus de perfección y verdad. Es a esta percepción a la que ellos le dedicaban las bellas esculturas, monumentos y obras arquitectónicas características de su época. Pareciera que, para los griegos, el error no debía existir.

Durante la edad media, esta búsqueda de la perfección se centra en el espíritu, el alma y claro los valores y preceptos morales que la religión instauró. El cristianismo basó su dogma en la creación de seres humanos perfectos, Jesús fue el hombre que se convirtió en Dios; a través de esta figura la religión diviniza el alma humana. Por otra parte, están los santos, estos hombres que han aspirado y conseguido esa perfección y esa divinización que incluso ha sido reconocida por la iglesia con la marca del beato. En este punto el error humano se convierte en aquello que aleja al ser del ideal religioso.

Años después, con la llegada de la ilustración, la búsqueda de la perfección encuentra un nuevo protagonista, la ciencia. Es la razón a través de la ciencia la que trata de perfeccionar al ser humano y lo vuelve un “objeto de estudio” algo que puede ser analizado y comprendido a través de un método infalible. Es en este punto donde el error se convierte en la némesis de la ciencia, pues esta tratará de evitar estrictamente el error. Es en este cruce donde la perfección encuentra su contra punto, pues para la ciencia, la muerte hace cognoscible la vida y aquí es donde se evidencia a la perfección como una pulsión de muerte y es donde nuevamente surge el error como el campo de batalla de lo humano, como aquello que afirma la humanidad del ser.

La perfección no es propia del errante, lo propio del errante es el cambio, el movimiento, el devenir; equivocarse, errar es el derecho natural de todo humano. El error es un privilegio reservado para el ser humano, el resto de los seres vivos no se equivocan, no se equivoca un perro al hurgar en la basura, no se equivoca un león al matar a otro león, no se equivoca el maíz al brotar en la banqueta. Pero el ser humano no es perro, ni león, ni maíz, el ser humano es tiempo, percepción, experiencia, pero sobre todo es error.

En el ser humano, en su obra, hechos y constructos no hay perfección, todo es perfectible y en esta palabra indolora yace su naturaleza errática y caótica. ¡Vive! Fue el grito del Doctor Frankenstein cuando dio vida a su monstruo. ¡Vive! Es el grito del médico que trae al mundo a cada ser humano y ¡vivo! debería ser el grito de lucha contra el tirano deseo de imponer un perfeccionismo que la propia naturaleza humana impide. Es también el grito de lucha que arranca de las manos opresoras el legítimo derecho de errar porque si no hay tiempo para el error no hay tiempo para la vida.

Autor: Paola Licea

Soy amante de las letras y de los pensamientos. Licenciada en APOU Candidata a Mtra. En Humanidades

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