Mi habitación, un microcosmos

Fallon Michael. Unsplash

En una habitación tan pequeña como un armario, se alcanza a apreciar un raquítico baño, un catre y una diminuta ventana. Aquellos cinco mil pesos mexicanos que se pedía para habitarla parecían una mofa ante los ojos de aquellos espectadores y curiosos. Pareciese que aquel espacio era producto inevitable de la gentrificación y el hacinamiento de la capital. Sin embargo, el hecho de que incluso yo me haya planteado vivir en un lugar tan apretado, me hace pensar que es resultado de un sistema que me domina sin saberlo, y de la desaparición fortuita que ha sido el no enfrentarme a la ansiedad. Plancidad emocional que no puede medirse como las cotas de un plano, aquella que sólo se vive pues trasciende el plano superficial del sentir. Y aún así, aunque incuantificable y en ocasiones inconmensurable, no es excusa para considerarle inexistente. Aquella no-ansiedad que vivo ante esta no-normalidad, la cual incluso se ve amenazada en este pedazo de tierra que habito por un botón rojo que pudiere ser accionado por un reyezuelo de ralos cabellos.

En esta cuenta regresiva que se mide en función de la ocupación hospitalaria, me tiene haciendo los preparativos para no salir en varios días, tal vez semanas y probablemente meses. Por lo que al estar en mi casa, me toca resignificar mi cama, mi silla, mi escritorio, el tapete y la presencia de aquella veloz fieresilla de ojos verdosos, que me increpa con sus cejas blancas cuando me alejo de ella. Monstruillo agradable que mece sus patitas blancas a la presencia de una pelota, ajena a los cánones de comportamientos occidentales, mientras muerde ruidosamente una carnaza. El sonido de aquel hocico pequeño, del movimiento de dicha mandíbula, se entremezcla entre el jazz de fondo, el golpeteo de mis dedos contra el teclado, y los cuetes que truenan a la distancia por las fiestas patronales, aquellas que terminarán siendo la condena de muerte de quienes se tomen a la ligera el encierro.

No obstante, hay días que inequívocamente me veo forzada a salir. A mi paso a la farmacia encuentro algunos locales abiertos. Ropa y demás vanidades que se encuentran en descuento. Una blusa que tenía que reemplazar ha salido mucho más económica de lo que imaginaba. Mis lentes de prescripción podrán ser renovados antes de que la sombra de aquella inminente alarma se ciña sobre nosotros. Y la comida, empieza a fluctuar en precios de maneras un tanto sorprendentes. Realmente estamos en crisis.

Mi familia está un poco lejos, y seguimos conversando contando el tiempo transcurrido en el encierro usando como unidades la cantidad de conociendo y seres queridos que ya han enfermado, y otros tantos que lamentablemente han fallecido. Las cifras nacionales que se dan ese ritual de las siete, empiezan a carecer de significado, sin embargo, lo que a mí me hace sentido es la voz de mi abuela. Esta situación tan grave ya no la tengo en perspectiva, me ha rebasado y sin embargo tal vez haya elegido olvidarle tan inconscientemente. Aunque una pregunta parece ser incapaz de abandonar mi consciencia por lo que me pregunto ¿qué será de esta mente que navega e imagina estar en mil partes sin siquiera transportar su receptáculo a ninguna parte? He convertido mi habitación en un microcosmos, autosustentable, seguro y feliz. Aunque, el día en que tenga que salir de aquí, me daré cuenta qué tal vez me habré convertido en otra persona.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas