Ceguera selectiva

Mi energía en otras épocas parecía inagotable. En años humanos pareciera fuesen hace unos pocas años, y ahora lo pienso una eternidad atrás. Con mis pies rápidos e incandescencia emocional, me enfrentaba a los desafíos con una mezcla de inocencia y ambición alimentada por los jugos de la juventud. Fueron tantos los tropiezos, y tanto me acerqué al sol, que como Ícaro, mis alas se quemaron y descendí estrepitosamente, estrellándome contra el piso. Los días de tiniebla llegaron, y decidí selectivamente ignorar aquello que rebasase mi capacidad, aquello que me era ajeno. En las sombras recorro un camino, con una lámpara en mano, sólo alumbrando unos cuantos metros de mis pies. Aunque pareciese que no voy con el mismo ímpetu de siempre, recorro los páramos disfrutando el paisaje, esperando el alba para que los rayos del astro rey iluminen mi sendero.

En el trayecto que empiezo a recorrer con una perspectiva diferente, comprendo los objetivos que me he trazado, mis energías las mido, raciono y aplico con prudencia. Por lo tanto, incluso en esta semana que se nota una pequeña lucha en mi trabajo, se ven las turbias corrientes de rumores esparciéndose mientras envenenan el ambiente. Lenguas víperas que se agitan detrás de cubrebocas. Muecas encubiertas que aun no siendo vistas, no son inexistentes. En mi ceguera selectiva, prefiero enfocarme en aquello que es mi objetivo. He decidido que renunciaré a aquello que me aleje de mi objetivo, que tomaré decisiones diferentes, que me enfocaré en aquello esencial y trascendente. Sin embargo, al recorrer esa senda tan limitada, aún en alguna intersección, vislumbro de reojo alguien que ambiciona ser el Ícaro que también fui. Observo desde lejos las risas despreocupadas de quien ha encarnado aquello que abandoné. Sin embargo, no envidio en absoluto.

Ante tal situación, me llegan recuerdos de aquella tristeza que en estaciones pasadas me embargaba, aquella oscuridad que cubría mi rostro, que me aislaba del mundo externo. Demandante era la rutina laboral que decidí ausentarme mentalmente como un ente sin alma. Hoy, esta ausencia espiritual apenas se nota. Trazaré unas líneas a mi plan, y dejaré ir aquello que no le encuentro un propósito claro. El minimalismo de mis relaciones personales, la depuración de nexos dudosos. Dejó ir aquello que ya no es, que nunca fue, que nunca será. Amistades que no lo fueron, que simplemente no tengo los recursos para cultivar, que simplemente no me atrapan de un pie tal maligna hiedra. Sin embargo, tal vez es la primera vez que en vez de culpa siento un alivio, como aquellas olas de mar que acariciaban mis pies, antes de que esta situación desesperada no embargara, antes de que quedase recluida en cuatro paredes en compañía sincera.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas

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