“A mis hijos los educo yo”, la reaparición ultraconservadora

Agência Brasília

En septiembre de 2014, el entonces presidente Enrique Peña Nieto envió una “iniciativa preferente”. Según él, había “terminado el ciclo reformador” como dio en llamar a la aprobación de normas de contenido económico surgidas del Pacto por México, aquel acuerdo de las tres fuerzas políticas con mayor representación en el Congreso que impusieron un proyecto de nación en el ámbito laboral, educativo, de las telecomunicaciones, financiero y energético.

Aquella iniciativa era para crear la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, un instrumento jurídico que homologaría criterios de naturaleza derechohumanista más o menos acorde con los compromisos internacionales de México después de firmar y ratificar diferentes convenios en materia de atención a la infancia.

Hubo poco tiempo pero la iniciativa se fundaba en un trabajo previo de expertos y organizaciones especializadas. En dos meses, como se prevé para las iniciativas preferentes, diputados y senadores avanzaron el proyecto que quedó aprobado y fue promulgado en diciembre siguiente, un período en el que algunas legisladoras se vieron sometidas a fuertes presiones, incluidas las amenazas de muerte, la intimidación de sus hijos en sus propios colegios, mensajes a sus teléfonos domiciliarios y celulares, entre otras acciones más propias de las mafias delincuenciales que de los muy piadosos grupos católicos bajo el auspicio de algunos obispos y el apoyo declarado del cardenal Francisco Robles Ortega.

Lo peor vendría después, especialmente en 2017. Los plazos constitucionales para que los estados homologaron sus leyes sobre infancia a la General, implicó una serie de episodios próximos a la violencia en diferentes entidades. El caso más notorio fue el de la senadora priísta Diva Hadamira Gastélum y de la entonces dirigente de la organización ciudadana Ririki Intervención Social, Nashieli Ramírez, ambas receptoras en sus domicilios de amenazas.

Pero en los estados de la República, hubo episodios auténticamente tenebrosos. Uno de los más críticos fue el de la entonces diputada local de Morena en Sinaloa (hoy senadora) Imelda Castro Castro, contra quien las amenazas subieron de tono. Con el abierto activismo del obispo de Culiacán Jonás Guerrero Corona, que inclusive visitaba el congreso para amagar diputados y especialmente diputadas, el movimiento religioso se activaba tratando de impedir que las leyes sobre la infancia incluyeran, entre otras cosas, la prohibición de golpes, tratos crueles, inhumanos y degradantes; los conceptos sobre educación sexual y, señaladamente, la garantía de libre desarrollo de la personalidad.

Siendo el de Imelda Castro el caso más preocupante, episodios similares ocurrían en Guanajuato, Jalisco, Morelos, Nuevo León, Puebla, San Luis Potosí y Veracruz (muy activa fue también la Arquidiócesis de Jalapa), donde eran principalmente mujeres legisladoras de todos los partidos, las impulsoras de la homologación y, por lo tanto, víctimas de hostigamiento que incluía el envío de mensajes a través de los hijos en los colegios, para que sus madres dejaran de por la paz el asunto.

En no pocos estados debieron ceder (un ejemplo fue Coahuila, donde la aparente laicidad que había generado una de las primeras legislaciones para el matrimonio entre personas de un mismo sexo, cedió al alto clero en lo que a derechos de la infancia concierne). En general, se trataba de que la homologación quedara descafeínada.

La versión pública (no la de las amenazas y hostigamientos) fue asumida por Juan Dabdoub, el dirigente del Frente Nacional por la Familia que por entonces recorría el país con dos consignas rotuladas en el polémico vehículo conocido como Bus Naranja y al que contradictoriamente insistían en llamar “Bus por la libertad”. Las consignas eran:

“Dejen a los niños en paz” y “#conmishijosnosemetan”.

Aquello no era solo la oposición a una ley sino un movimiento ideológico y doctrinal que agrupaba falangistas, ultranacionalistas, fascistas y abiertamente neonazis, es decir una ultraderecha con orientación religiosa que, teniendo como articulador a Juan Dabdoub, se expresaba en una suerte de colectivo denominado Fuerza Nacional México.

Fue en Sinaloa donde se usó más la consigna “A mis hijos los educo yo” que por estos días ha vuelto a las redes sociales por el posicionamiento de la directora del Instituto Nacional de las Mujeres, Nadine Gasman, sobre el llamado Pin Parental, propuesta que viene avanzando en los estados para que los padres de familia puedan prohibir contenidos de educación sexual en el programa educativo.

El movimiento de Fuerza Nacional México perdió notoriedad, luego de irrumpir con violencia en la Marcha del Orgullo de 2017. Fue el 26 de junio, cuando un grupo de anarquistas los confrontó para evitar la agresión a los colectivos LGBT+.  (Los apuntes al respecto pueden consultarse en Notas Sin Pauta: https://notassinpauta.com/2017/07/12/dabdoub-peon-de-robles-ortega-ii/ y https://notassinpauta.com/2017/06/28/catolicos-vs-lgbtttiqa-comunistas-vs-fascistas-como-renacio-la-intolerancia/ )

Pero su desaparición pública no significó su desintegración. Esos grupos siguen trabajando en las sombras y hoy han convertido a Nadine Gasman en una de sus enemigas, objetivo de ataques que iniciaron el 15 de julio en las redes sociales pero que dados los antecedentes evolucionará para peor.

El argumento es singular: se trata de proclamas por Dios y por la familia (sí, el viejo conocido “Dios, Patria y Familia”), que sin duda hacen eco en millones de personas y es respaldado por autoridades religiosas que en su conservadurismo asumen peligroso que se perturbe la moralidad que han impuesto por siglos. 

Su expresión sobre Gasman, parece inaugurar su regreso a la arena pública tras su ocultamiento desde 2017 y, naturalmente, su implicación en el extremo de oposición polarizado que históricamente se identifica en su proximidad al empresariado.

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).

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