Y, de repente, había leído 100 páginas

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

“–Aquí nadie es joven. Ben nunca fue joven. Yo nunca fui joven. Probablemente tú también fueras un niño viejo, y te caemos bien porque puedes hacer el papel que quieras. Actuar es un juego maravilloso, ¿verdad? Te gusta venir aquí porque el resto de tu vida se desvanece. Nunca mencionas a tu mujer, así que seguro que ahí hay problemas. En tu trabajo seguro que hay problemas. Jesse permite a todo el mundo ser como es y pensar en sí mismo. Que no pasa nada por ser egoísta.”

Habríamos de pensar cómo decir esa cuestión tan aparentemente superficial: la simpleza de estar con alguien porque nos cae bien y nos hace sentir bien con nosotros mismos, pero de forma más agradable, más asequible, un poco más sencillamente… me parece poco probable. Para alcanzar semejante nivel de contenido, de carga simbólica o de significado, usando palabras tan comunes me parece un manejo inigualable, de una maestría sobre la literatura que muy pocos logran obtener. Ahora, reduzcamos (en cantidad) incluso más: que no sea una novela, sino una narrativa corta… Toda una hazaña.

Vamos a poner en contexto la situación para darle incluso más crédito a lo que logran muy pocos en este complejísimo arte de la literatura. En primer lugar, desde cierta perspectiva, podríamos decir que de todas las artes, la literatura es la que más tiempo toma, no en su creación, no en su compleja idealización o comprensión, la múltiple significación que se le pueda dar. No. Más bien desde esta asimilación o contemplación inicial: la pintura está ahí, la música está ahí, el edificio… cuando buscamos la profundidad, ahí todas las artes empatan: el tiempo deja de existir al encontrar el significado, lo escondido, lo de valor. Ahora, la literatura toma tiempo, más, en esta contemplación inicial: el juego de belleza está conforme se lee, pero sólo hasta que se acaba una obra, uno puede decir si fue o no de su gusto, si fue o no un pedazo más de inmortalidad emanado del alma del ser humano.

Vayamos más a profundidad: uno como lector sigue ciertas páginas que considera serias en busca de recomendaciones, va con gente (si es que tienen la fortuna de conocer a otro lector), busca en los mismos libros. Imaginémonos que compramos un libro recomendado, lo compramos porque luego lo leeremos, pero pasa el tiempo y ahí se olvida (cosa que es muy común en realidad). Nos lo reencontramos. Tenemos un prejuicio: ya no nos parece llamativo como cuando vimos la recomendación, es más, no queremos leerlo. Pero dices: cuarentena, libros… qué más da. Démosle la oportunidad.

Si tiene la dicha de contar con Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin (así, sin acentos) y se encuentra en esa situación: este libro, lejos de decepcionar, va a sentir que lo ama.

Lo vi recomendado en una especie de sección de libros sobre feminismo. Me interesó y lo compré. Pensé que serían historias encaminadas a cuestionarte desde un punto de vista feminista y con un discurso literal, una historia con una finalidad intelectual, por así decir. Claro que, en esta encerrona, lo que menos queremos es pensar, pero la verdad es que se me estaban acabando los libros y dije “ni pedo”. Sorpresota: sí, claro que sí habla del día al día de las mujeres, de lo que enfrentan, de una lucha del día al día, de la normalización de la violencia de género, la soledad, el terror… el terror. Pero habla de forma divina: son historias que al leerlas te sientes tan inmerso en su forma de escribir que no te das cuenta que es un libro feminista, pero las cuestiones están ahí planteadas de forma terrible. Con este libro encontramos los dos extremos: puedes reír por la comicidad de la historia, pero también puedes llorar por la brutalidad de lo contado.

Es difícil lograr que un libro no solamente guste y que al mismo tiempo enseñe, pero Lucia Berlin logra mucho más que eso: no te das cuenta que ahí está implícita la teoría feminista, no te das cuenta que ahí está implícita la brutalidad de la vida contra la mujer. Bueno, la brutalidad del hombre, de la sociedad, contra la mujer. Uno simplemente caería en un llanto ahogado ante semejante barbarie, pero de alguna manera, la fuerza es mayor que el desequilibrio, ese que buscaba derrumbar se ve opacado, ofuscado, hasta ridiculizado. No es un libro que victimiza. Si quisiéramos compararlo con un estilo musical (y no porque la narrativa sea parecida, no, para nada, son dos formas de expresión totalmente diferentes) este libro sería rap. El rap es la música que canta el que quiere llorar pero no lo hace, es una queja que lejos de buscar compasión, busca impulso para dejar de hacerlo, es el de dolor también se canta (pues si de felicidad también se llora, no creo que no se pueda lo contrario).

Si tratamos de enseñar algo a través de las letras, nos enfrentamos a esta lucha eterna: la literatura debería enseñar algo sobre la vida: como ya se ha citado aquí, tomando en cuenta las neuronas espejo que explica Volpi, pues el “vivir” (que, en realidad, sería una proyección) todas esas experiencias, pues nos enseña a vivir, pero, en sí, la finalidad última de la literatura no es enseñar, sino la creación del arte por medio de las letras. Entonces una historia que está hecha para enseñar algo pues no podría ser literatura, pero si es bella en su narrativa pues sí, pero no porque enseñe; sin embargo, si hay algo hermoso en una narrativa nos hace vivir, proyectarnos, entonces nos enseña. Este libro lo logra: es hermoso y enseña pero sin que su finalidad, al menos en apariencia, sea esa. Observas, te indignas, aprendes y todo eso sin que resulte lo más mínimamente tedioso.

Decir que Lucia Berlin se lució, sería poco ante semejante obra magna que este libro. Cuando lo abrí por primera vez estuve a punto de dejarlo de lado por segunda vez porque la letra es muy pequeña y dije “me voy a tardar más de lo que creía”. No se siente cuando lo lees. Algo tiene, está escrito de alguna forma que, sí, el tiempo pasa, eso es imposible de detener, todo gira alrededor, todo sigue su cause normal, pero tú estás dentro del libro. No es complejo de entender, y tiene unas cosas maravillosas con esto de las palabras que usas en español o inglés. Por ejemplo, y es algo que he escuchado a mi hermano decir, pero ahora se me hace incluso más añorado: en inglés, hermana se dice sister. Ahora, este libro tiene palabras en español en cursiva, pues el idioma original no es ese, entonces la traductora (que en el caso de la edición que yo leí, es Eugenia Vázquez Nacarino) decidió dejar esas palabras en cursivas para indicar que en el escrito original, así se usaron. ¿A qué voy con todo esto? Que sister, suena a “cisterna” y es así como le dicen a Sally, y aquí viene lo curioso del lenguaje: mujeres gringas que se llaman cisterna porque en español, saben, suena parecido a sister. Una simpleza enriquecedora.

Además, vemos que el amor, del tipo que sea, es amor, pues las hermanas al reencontrarse, en palabras de la autora, fue como enamorarse: se reencontraron, se conocieron de nuevo, vivieron juntas de nuevo. Es un libro con tintes biográficos donde estas confesiones se bañan de ficción. Un libro que, cuando uno lo empieza, no se da cuenta, pero dice: y, de repente, había leído 100 páginas.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s