Ysi-LAAC, o sobre el potencial creativo de los chingadazos

Nadya Spetnitskaya. Unsplash

*Noel Rivas

Las invenciones tienen un eslabón inicial. Un momento en el que alguien (no necesariamente humano) pensó que sería buena idea ejecutar una combinación de acciones que no había probado antes, para lograr algún fin. No siempre sabe el inventor lo que está haciendo y quizá lo único que lo motive sea la curiosidad.

Constantin Fahlberg, por ejemplo. Era un químico de origen ruso de seriedad y bigote tales que pareciera alguno de los líderes de la URSS, pero con una labor más sencilla: ahí por 1870 trabajaba para el laboratorio químico de Ira Remsen en la Universidad Johns Hopkins. Entre sus misiones estaba hallar derivados del alquitrán.

Un día, Fahlberg estaba ido en sus tareas cuando se dio cuenta de que era tarde para la cena, así que fue a toda prisa a su casa. Se sentó a la mesa y partió un pedazo de pan. Al morderlo le pareció que era espantosamente dulce. Pensó simplemente que en su confusión habría comido un pan dulce que no esperaba; se enjuagó la boca con agua y secó su bigote con una servilleta. Para su sorpresa, la servilleta sabía aún más dulce que el pan. Siguió probando el vino y otras cosas, hasta que llegó a lamer su pulgar: ¡dulce! 

Se le ocurrió que la dulzura se debía a que, en la prisa por ir a cenar, olvidó lavarse las manos al salir del laboratorio. La sustancia dulce que acababa de ingerir debería ser, entonces, alguna de las docenas de porquerías derivadas del alquitrán con las que estuvo trabajando durante el día.

Constantin se apresuró a hacer lo que seguramente no figura en ningún manual de seguridad pero parece popular entre los químicos (¡hola, Hoffman!): corrió de vuelta a su laboratorio y se puso a probar las antes mencionadas cochinadas, una por una, hasta que dio con un matraz que contenía una sustancia dulcísima; era una solución impura de lo que después nombraría sacarina.

Su endulzante era una mezcla de cloruro de potasio, ácido sulfobenzóico y amoníaco que había estado hirviendo en un matraz durante el día. Y ahí llegamos a la clave de todo esto: al centro del montón de coincidencias e ingenio necesarios para inventar —o descubrir— la sacarina está una versión medio sofisticada de una iniciativa de lo más primitiva: — ¿y si lo echamos al fuego y vemos qué pasa?

La historia de las invenciones es un hilo de ysis: ¿Y si mezclamos esto? ¿y si lo quemamos? ¿y si lo congelas dos inviernos? ¿y si nos lo comemos?

El mechero que usaba Fahlberg en su laboratorio es una sofisticación; una versión controlada y en pequeño de ¿y si lo echamos a la fogata? pero el principio es el mismo. La refinación de metales, el vidrio, las cerámicas y una buena porción de las cosas que comemos son productos de la curiosidad de echar cosas al fuego.

La creación de cada objeto o sustancia se puede explicar como un hilo, o un entramado de ysis. ¿Y si echamos esta tierra al fuego, mucho mucho fuego? ¿Y si le ponemos carbón? ¿Y si lo golpeamos muchísimo? ¿Y si lo echamos al fuego y luego al agua? Y ahí tiene usted una espada. La lista de ysis de un procesador de computadora moderno quizá no cabría en un libro.

Echar cosas al fuego es uno de los ysis más primitivos, detrás de muchos inventos. Se ven sus efectos por todas partes, pero quizá no sea la familia mayor de ysis. Yo creo que el ysi jefe, el que agrupa a más procesos, es uno que lo mismo sirve para arreglar la tele Hitachi de tus papás, hacer una espada, hornear unas trenzas dulces para Navidad o preparar materiales para hacer edificios: El YSI-LAAC (¿y si lo agarramos a chingadazos?).

Hacer leña, por ejemplo, requiere golpes. Con golpes se pueden hacer las chispas para prender la fogata. Hay un demonial de herramientas que, básicamente, son propina-tundas de características especiales: suaves, fuertes, agudos, burdos o de precisión. Martillos, marros y hachas vienen primero a la mente pero, ¿qué es una sierra sino una herramienta en la que una miríada de hachitas están dispuestas de forma tal que pueda armarse con ellas una golpiza como pocas? Otras herramientas incorporan YSI-LAAC como opción: un taladro percutor es una herramienta giratoria que propina madracitos a gran velocidad si se activa el botón correspondiente.

Tan común es la percusión como proceso que podríamos medir la complejidad de los objetos en chingadazos por centímetro cúbico (Ch/c3). Una mano de metate, por ejemplo, tendrá algunos 2.5 Ch/c3. Un teléfono celular, en cambio, puede llegar a tener millones de Ch/c3 a través de sus procesos de minería, refinación de materiales, formado de piezas de aluminio y plástico, formado de componentes electrónicos y muchos otros procesos. El acero de damasco es famoso, básicamente, por tener un valor alto de Ch/c3.

Ah, ¿ya vio? Sin YSI-LAAC la civilización, simplemente, no existiría. No se trata de un invento o una moda; el chingadazo está al centro de todo: antes de la vida, en el reino mineral, las piedras caen dando tumbos, unas sobre otras, bajo el peso de los glaciares, para así convertirse en arcillas que irán a alimentar la vida en los océanos. ¿No son también nuestro planeta, y el satélite que lo ronda, productos de colisiones?

Sospecho que casi todo es producto de fuego y unos cuantos chingadazos.


*Noel Rivas. En mi trabajo solo escribo garabatos pero de vez en cuando, en casa, me pongo a hacer odas a los taquitos al vapor. Cuando a la directora de una revista de ensayos se le ocurre pedirme escribir estas líneas sobre mi, me trae terribles dificultades (no soy un taco y tampoco me voy a hacer odas). Sería yo muy feliz si me dispensara para así poder ir a hornear pan, alimentar a la masa madre o, qué mejor, intentar ir al fondo de un cenote.