AMLO, el avión presidencial y los costos del simbolismo

El Hangar Presidencial era aséptico y muy iluminado, enorme junto al despacho  blanco hasta en sus remates de cantera, que facilitaba la espera del Boeing  Dreamliner 787-8, la aeronave plena de amenidades, puro lujo llevado a marmóreas superficies, donde no había juegos de sala sino juegos de tronos acojinados, oficina y una cómoda alcoba presidencial.

Proclive a la exhibición de los excesos del pasado, anclado en la rudeza de su discurso opositor estando ya en el poder, Andrés Manuel López Obrador, en su segundo día de gestión, convocó a reporteros a ese hangar con el propósito de mostrar la extravagancia que, uso y costumbre del presidencialismo exacerbado en México, hasta poco tiempo antes estaba normalizado pero que, para ese momento, era uno de los motivos de malestar ciudadano.

La aeronave fue negociada en 2012 en las postrimerías del gobierno de Felipe Calderón; la compra se concretó en octubre de 2015, ya en el período de Enrique Peña Nieto quien, para mediados de 2016, realizó su vuelo inaugural. Los dos presidentes implicados en la adquisición del avión por 127 millones de dólares. Para recibirlo, se debió reconstruir el hangar presidencial, por la friolera de mil millones de pesos pagado en un encargo por demás paradigmático, pues por adjudicación directa asignaron la obra a Juan Armando Hinojosa Cantú, constructor y financiero de la llamada “Casa Blanca de Peña Nieto”, entroncando así el transporte presidencial con el escándalo más sonoro de corrupción de los numerosos que pulverizaron al PRI y a los partidos que fueron mayoritarios hasta 2018.

En campaña, López Obrador, repetía a diario que no se subiría al avión presidencial en congruencia con el slogan publicitario de 2015, cuando el veterano político  hacía gala de su habilidad en la comunicación política con la pegajosa frase “ese avión no lo tiene ni Obama” que, luego cambiaría a “ni Donald Trump”.

Aquel recorrido a medios era espectáculo para la diferenciación respecto a sus antecesores. Un acto simbólico que se perfeccionaba al día siguiente, el 3 de diciembre de 2018, con el despegue del avión, cuando ya los portales noticiosos y las redes sociales saturaban a la población de imágenes de los espacios del poder que fueron siempre inescrutables, cobijados los presidentes por la confidencialidad que impone la causa de la seguridad nacional. 

Mostrar el avión fue uno de los actos relacionados al presidencialismo histórico que, desde el primer día de gobierno, se pretendía superar en gestos simbólicos: la Residencia Oficial de Los Pinos, un bosque de 60 hectáreas donde 14 presidentes derrocharon a capricho hasta construir 79 edificaciones y espacios para la recreación personal y familiar, cada una con ornamentos cuyo destino es incierto. 

Ese perímetro estaba a cargo del Estado Mayor Presidencial, un órgano militar responsable de todo tipo de atención al presidente en funciones, con agentes asignados a su familia, a los expresidentes, a secretarios de Estado y con una sección, la Segunda, dedicada a tareas de espionaje político.

En el ámbito civil, esa última función estaba a cargo del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), un órgano que reemplazó a la antigua Dirección Federal de Seguridad y que, junto con el Estado Mayor y el Ejército, tuvo un papel protagónico en los procesos represivos iniciados en 1968 y prolongados hasta bien entrados los años noventa. También en su primer día de gobierno, los extinguió.

El hoy presidente de México ha reivindicado a través de su historia un reproche al autoritarismo, así como a la ostentación y el lujo adquiridos con dinero público, por eso, en su llegada a la Presidencia luego de dos postulaciones fallidas, se deshizo también de vehículos de lujo y blindados, de aviones y helicópteros que formaban parte del inventario presidencial, el primero y más representativo fue el Dreamliner 787-8 que ese 3 de diciembre de 2018, volaba, según se dijo, para no volver.

A casi 20 meses de distancia, el avión está de regreso y, por la información oficial se sabe que el gesto tuvo un costo cercano a los 30 millones de pesos (1.5 millones de dólares) hasta enero, por haberlo mantenido en un hangar de San Bernardino, California. Se suponía que ahí sería vendido, pero no hubo comprador.

El regreso del avión a México representa la forma en que se están revirtiendo los diferentes actos simbólicos del arranque: 

La ausencia del Estado Mayor Presidencial mantiene expuesto al presidente y, el 6 de enero pasado, quedó clara su vulnerabilidad cuando una protesta lo cercó, aunque sin ánimos violentos, en Anenecuilco, Morelos. Episodios similares se han repetido en sus recientes giras por Veracruz, Guanajuato y Jalisco.

El Cisen se extinguió pero sus funciones fueron asumidas por el Centro Nacional de Inteligencia, que entre otros momentos, dio muestra de su disfuncionalidad el 17 de octubre, cuando el Gabinete de Seguridad fue incapaz de explicar lo que ocurría en Culiacán durante una jornada violenta, operativo fallido que, hasta semanas después se aclaró, fue un repliegue con saldo de 8 muertos, 16 heridos y 51 reos evadidos de un penal, así como la detención y liberación de Ovidio Guzmán por orden presidencial.

El salón Tesorería, ricamente recargado de maderas y tintes broncíneos, esplendor art decó de vitrales, mosaico en mármol y donde la iluminación dispuesta para la calidad de la transmisión de su conferencia de prensa diaria enceguece, es el referente de la gestión presidencial. 

Ahí, dentro de Palacio Nacional habita el presidente que no quiso vivir en Los Pinos, y que como en el pasado, lo hace en total opacidad (sólo ha tenido acceso Epigmenio Ibarra) aunque en eso, como en lo demás, logra salir avante a cada consecuencia de sus actos simbólicos en fórmulas discursivas sin que haya impacto mayor en su popularidad: 

“Los protestas las convierto en becas”, dijo al atribuir exigencia de dinero indebido al contingente que lo increpó en Anenecuilco; “se evitó una masacre”, repitió sobre los hechos en Culiacán; “la peste es la corrupción, no un adulto mayor”, dijo sobre saludar a la madre de El Chapo.

Y, sobre el Dreamliner, la conversación se desvió a una risible polémica sobre una rifa de la aeronave a través de la Lotería Nacional que no ha vendido ni la cuarta parte del boletaje, y que en realidad sólo es alusiva pues la venta del avión llevado y traído, va por un monto en dinero y otro en especie según el más reciente informe de Banobras y ya admitieron que no habrá ganancias, para confirmar uno más de los costos de la precipitación y el desaseo en la necesidad de diferenciar el presente del pasado reciente, en vez de tomarse su tiempo y hacer las cosas bien.

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).

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