Perdida en cronograma

La ansiedad se materializaba en la búsqueda de sentido, de la inercia que seguía al levantarme temprano, el usar cafeína como un impulso constante, caminar 3 kilómetros para llegar a un trabajo que no disfrutaba, llegar a la oficina y ser impulsada por una rutina, entregar palabras que se transformaban. El miedo a dar un mal resultado me mantenía estudiando 2 horas antes de empezar la rutina, y descansos de cuatro horas por noche. Lápices de colores, rotuladores, estilógrafos, pinceles, cintas de papel decorativas, que se colocaban en una cuadrícula de puntos, se alineaban y acomodaban materializando ideas de cosas que no entendía del todo. Los audífonos retumbaban con música. Los días en los que la ansiedad no me dejaba tranquila, caminaba un extra de vueltas alrededor de esa lúgubre nave industrial mientras leía artículos de The Atlantic o The New Yorker. Daba pasos, miles de ellos para quitar el miedo al fracaso, para alejarme del maltrato al que se me sometía. Para acallar las voces que me recriminaban. Y en un momento dado, se cambiaron los barbitúricos, cambié mi ambiente, me alejé de lo nocivo y sólo unos meses tuve para disfrutar viajar libremente.

Llegó la peste, y varias de mis metas quedaron en suspensión. Me quedé cómodamente dormida en ese lecho de sábanas descoloridas, arrullándome con la brisa de la mañana, abrazando una almohada. La fieresilla dormida de repente paseaba. Caminaba de una lado a otro, se dormía, mientras que yo recorría la laguna de la psique. Aquellos viajes en bote de los recuerdos. Onírica representación de aquel monstruo de estoico semblante, sus hombros y cabeza amarillenta daban a conocer a otros el estado mental que tanto se esforzaba en ocultar. Y yo, en un mono industrial amarillo también, revisaba con llaves inglesas el sistema neumático de ensamble de un chasis peludo. Allí mi amigo el lobo se entremezclaba entre las líneas de producción, me llevaba de un lado a otro. Y en una de esos absurdos, la hermana del monstruo me daba razón. No tuve la culpa. Entonces desperté.

El miedo al enemigo invisible de picuda estructura, deambulando sin un objetivo fijo, pasan las horas entre el sueño y los bocadillos. He de admitir que mi cuerpo agradecido y torpe no reconoce el caminar como en antaño. Difícilmente puedo agarrar la computadora, acercarme a escribir. Vivo de comedias en el fondo, risas embotelladas, y la vista de los sitios de venta en línea. Tal vez he perdido un tanto el rumbo. Mi cronograma antes atiborrado ahora completamente vacío, lleno del cansancio del encierro, anhelo volver a encontrarme con el mar.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas