Como el aroma de las flores

Dlanor S. Unsplash

Entre la estática de la media decena de pantallas que me acompaña en el día, se ve del otro lado la presencia de ese sabio inmaculado que en otro tiempos podría ser llamado un shaman. La peste les tiene agotados, a él se le ve un tanto cansado de la situación. Sin embargo, un leve rubor se asoma en su semblante digitalizado, una sonrisa tímida, un cambio en su semblante. Fugaz, efímero, se disuelve entre los píxeles de la pantalla, se borran del rastro digital. Sin embargo, leo la expresión y en el ambiente se impregna. Ese aroma familiar, me parece tan ajeno, y un tanto desconocido. Intento no cambiar mi expresión. No hacerle notar que he percibido el olor que despide, que puedo leer su sentir como un aroma que despidiese. Estoica, deflecto la situación como un caudal de río redirigido, con una broma que aliviana el ambiente. Me siento de nuevo como la rana que brinca de nenúfares en nenúfares. Evitando caer al agua.

La sesión termina. No tendría que ser para más. Aún en el profesionalismo se deja caer la guardia, mas no quiero incomodar. Prefiero callar hasta resolver eventualmente la situación. Eventualmente será.

Se escucha el sonido de la lluvia golpetear la ventana de la habitación, el aire de la sierra bajar, entrar y enfriar aquella morada que en verano es fresca y en invierno es terriblemente fría. Partículas de polvo que entran y se posan sobre la tela del piano que ha quedado un tanto inmóvil. Silencio. Más polvo que entra por la obra que se hace a un lado. Los obreros que normalmente se tuestan al sol, siguen mecánicamente trabajando bajo la embestida de la lluvia, sin tener reparo en la sanidad, sin importarles el veneno del aire, trabajando lado a lado uno de otro. La fieresilla los mira desde la ventana, como si fuese momentáneamente persona, los mira inquisitivamente, con ese rostro tan humano, posándose sobre dos patas, su silueta ahora parece la de una personita. Yo sólo la observo observar. Y cuando se quita de la ventana, vuelve a cuatro patas, y se olvida del asunto sumiéndose en el sueño.

A dejado la ventana para que yo vea. Me asomo, y siento momentáneamente ese olor que es más resultado de un anhelo, un recuerdo, que de algo presencial. Siento el aire sobre mi rostro y me quedo pensando que el aislamiento también me hace despedir ese aroma. Ese aroma que me hace anhelar dejar ir todo. Sentir un poco de aquellas emociones que tanto recorrían mi cuerpo, sentir el ritmo acelerado. Sin embargo, en ocasiones la luz blanquecina de los días lluviosos me atrapa en sueños interminables, donde la anestesia termina por consumirme.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas