Uno como quiera, pero a ellos ¿quién los ampara?

Por Sergio Morales / Imagen: Marianela @nanaelse Unsplash

Hablar de la pandemia a estas alturas, cuando ya se ha dicho todo, resulta monótono y cansado, y con justa razón. Todos los días en Estados Unidos y en México, los noticieros y las redes sociales, muestran ejemplos de gente haciendo lo que se les antoja, salen de fiesta, a correr, a andar en bicicleta, a las playas, con máscara o sin ella, con gel sanitizante o no, eso es lo de menos, esa gente está viviendo una realidad distinta a los que tratamos de seguir los protocolos de salubridad porque, según ellos, “la vida tiene que seguir“. 

Y es que, ¿cómo no hacerlo cuando los gobiernos de ambos países constantemente caen en contradicciones o incluso defienden sus argumentos de manera tan paupérrima? Con declaraciones tan tristemente recordadas como la que el presidente Andrés Manuel López Obrador, dijo esta semana sobre cuándo usaría cubre bocas nuevamente y él respondiera: “Cuando se acabe la corrupción“, en un país con más de 400,000 casos según cifras oficiales y más de 750,000 según las No oficiales, hasta lo que Donald Trump declarara en Twitter acerca del subsidio económico de la pandemia que “ya están listos los cheques para que solamente los firme pero que, gracias a los demócratas no han llegado a la oficina Oval.“ Sólo él se imagina firmando 30 millones de cheques uno a uno de su puño y letra. Puros cuentos chinos.

Y mientras estos dos, les dan “atole con el dedo“ (o malteada, según sea el caso) a sus gobernados, la industria restaurantera colapsa a pasos agigantados, y aún cuando en ciudades como Nueva York donde la fase 4 y el semáforo en amarillo ya entraron en vigor, estas medidas no permiten la reapertura total de los establecimientos. No como los conocíamos.  Les explico:

A mediados del pasado marzo, cuando el Departamento de Salud de Estados Unidos expuso los protocolos de salubridad para combatir la pandemia, las asociaciones de  restaurantes y bares de todo el país, comenzaron a presionar al congreso para la liberación de un fondo de ayuda a la misma industria que les sirvió prácticamente para cubrir los altos costos de una renta y en el mejor de los casos, pensando que es un establecimiento que pertenece a un grupo restaurantero importante o una cadena, para mantener a la compañía a flote desde casa con el personal de dirección. En cambio, para los pequeños negocios que no corren con la misma suerte, ese fondo les serviría para únicamente mantener la renta cubierta un par de meses y nada más. La gran pregunta surge: ¿Y dónde está todo el personal operativo?, ¿Cómo van a generar dinero los cocineros, lava trastes, meseros, garroteros, runners y bartenders? Lamentablemente, estos están “ a la suerte de Dios “.

En el ramo restaurantero, hay dos maneras de generar dinero ocupando puestos operativos: con propina o con sueldo base por arriba del salario mínimo por hora. Normalmente, el personal que opera en la cocina, en estados como Nueva York, donde el salario mínimo es por encima de la media del resto del país, comienza por 15 dólares (USD) por hora, a partir de aquí puede llegar hasta los 22 o 24 dólares dependiendo del puesto, las habilidades y la antigüedad que se tenga en el lugar. En cambio, el personal “de piso“, regularmente, gana el sueldo mínimo por hora, pero las propinas hacen que existan casos en donde un garrotero o busser digamos de Eleven Madison Park, en un restaurante de tres  estrellas Michelin, pueda llegar a ganar lo que un jefe de cocina de un restaurante de cadena como Red Lobster. Nada de eso existe ya.

Dicen que, en este país, los inmigrantes hacemos el trabajo que los blancos (y a veces ni los negros) están dispuestos a hacer, pero hoy en día la diferencia radica en que los antes mencionados, tienen la oportunidad de aplicar a un seguro de desempleo, a la asistencia de desempleo por la pandemia (PUA), a vales de comida, y todo, gracias al hecho de ser ciudadanos o residentes de este país. Y es que, bien lo de decía Anthony Bourdain “Sin trabajadores mexicanos o hispanos en los restaurantes, estos colapsarían de la noche a la mañana.“ Y así ha sido, desafortunadamente, también han colapsado ellos. Hoy en día, ninguno de estos trabajadores tiene acceso a un seguro de desempleo, ni mucho menos a un seguro médico donde sin este, las cuentas de un hospital les llevaría una vida, pagarlas. En el barrio de Helmurst en Queens, un área de la ciudad donde la cantidad de hispanos vs. gente de otras etnias y/o religiones es de 100 a 5, los casos de COVID-19 son de 1600 por ciento más que en burós como el de Manhattan donde la población hispana es casi nula por los costos de vivienda del mismo.

Es inconcebible que muchos de los casos de Coronavirus (por no decir que casi todos) que se dieron en Queens, hayan sido tratados en el encierro, sin ningún tipo de seguridad sanitaria, con contagios muy expuestos y en edificios donde rentan habitaciones para dos personas pero que, para ahorrar algo de dinero, duermen 6 o 7 y aún así, muchos se recuperaron a base de compresas en la frente y paracetamol.  Para ellos, el regreso a la normalidad ha sido lento ya que, la fase en la que se encuentra la ciudad, y gracias a la segunda ola de contagios en otros estados, la reapertura de los establecimientos es paulatina y solamente del 30% de capacidad, por lo tanto, del 30% del personal y del 30% de los ingresos. Y todo esto, sin haber visto un solo reportaje de la situación que viven quienes trabajan en estos lugares.

Los comentarios de los medios siempre son los mismos: “A nuestros hermanos mexicanos que viven en Estados Unidos, les mandamos un abrazo“, pero nunca responden a replicar una voz que permita retumbar en los oídos de ambos gobiernos y brindar una ayuda real, porque los inmigrantes eventualmente, se vuelven fantasmas que como dice la canción, “no son de aquí ni son de allá“, y añejos a la vieja costumbre de “el que se fue a la villa, perdió su silla“, muchos terminan olvidados en el recuerdo de un México que dejaron y no les queda más remedio que envolverse en la cobija de la nostalgia añorando regresar un día que se harten de ganar dólares. ¿Y mientras tanto?