Supermercado: ring del capital

Por Marijose McCallister / Imagen: Nathália Rosa

El supermercado es un campo de guerra, aunque se le camuflaje con la música de fondo y las frías luces blancas que lo iluminan. Parece un sitio inofensivo, casi inocuo, pero es un escenario violento, el ring de la lucha de clases por excelencia y un teatro preciso para el despliegue de pequeñas venganzas y mezquindades

Detrás de la amabilidad automática de la entrada, un secreto fluir de rencores y renuncias envuelven en el acto a los habitantes de ese reino traicionero. En ese territorio de disputa, la mecánica de la batalla genera sus propias criaturas. En Dar las gracias no es suficiente (Nitro/Press 2019), de Carlos Bortoni, las sutiles tácticas de esa guerra incesante son descritas a través de la mirada de un hijo pródigo de la pasivo-agresividad: el Sr. González.

Antes que una novela, el libro de Bortoni es un ensayo de las pequeñas venganzas, las que operan desde la secrecía del inconsciente y manipulan el actuar de sus receptores. El Sr. González, el protagonista, ha dominado un potente recurso: la lástima; ésta no es más que otra forma de expresión de una peculiar filantropía y la consecuencia de un odio íntimo, el que el Sr. González destila contra sí mismo. 

El Sr. González es un empacador viejo y desengañado. Sus manos se hallan deformadas por las décadas de trabajo, aplastadas por una realidad jodida que las ha llevado al aparador de un cajero en algún supermercado anónimo, porque, finalmente, todos son el mismo. Nudosas, torpes, doloridas, hasta ahí son arrastradas por el propio González, que ha entendido su papel en la cadena alimenticia mercantil, a la que cede su único bien intercambiable. “A cierta edad ─reflexiona ─ sólo se puede dar lástima”. 

Al discursillo odioso de la superación personal y la meritocracia, el Sr. González le escupe su cinismo. Lo ha entendido todo. Sabe bien su papel en esa grotesca puesta en escena, en la que una evidente injusticia se reviste con los ropajes del desinterés y la bondad corporativa. Sin paga estable ni prestaciones sociales, un montón de ancianos pasa de pie horas y horas: ¿qué clase de acto podría ser sino una rotunda chingadera? 

La diana de Bortoni es la hipocresía, el doble discurso. Ese mustio recurso retórico de cualquier corporación, que entinta con algo de bondadoso desinterés un acto de dudosa solvencia moral. Como la minera que envenena un río para luego depurarlo y señalarse un acierto; o la refresquera que inunda de diabetes un pueblo entero, y que muestra un mundo feliz de hombres y mujeres esbeltos y sin enfermedades crónicas. 

Que no se piense que el Sr. González es un agachón; nada más inexacto. El Sr. González es un kamikaze de la dignidad, que cada que la hace volar por los aires, al auditorio que lo atestigua les refleja las grietas de sus propia miseria, de su complicidad. El Sr. González es un vendedor aventajado de la culpa. 

Tampoco se piense que el Sr. González es un héroe. Se trata, más bien, de un hombre oprimido por su circunstancia, atenazado por las decisiones que alguien, en algún lugar y momento, tomó sin imaginar siquiera su rostro o las consecuencias, casi siempre miserables, que éstas tendrían en un hombre que, al final de su vida, debió enrolarse como empacador para no morir de hombre. Exactamente como ocurre en las guerras, cuando los generales disponen de las vidas de otros hombres y mujeres, sin imaginar su nombre o los nudos en sus manos.