Crónicas de frutería. Hay que toparle

James Fitzgerald. Unsplash

No Hilda

Ellas traían un bate, yo traía una pluma. Tengo varios tipos de plumas preferidas, pero para las notas que hago en la frutería uso el grosor medio: resbala bonito y es legible para los clientes. Para que no se me pierdan — porque luego todos las agarran termino sin tener ni una a la mano — , até, una tras otra, un total de 30 ligas de color azul y naranja intercaladamente. Ya saben, alguien debe tener un orden en algo. En ese atado, tengo una de mis plumas para notas, las demás suelen estar en el lapicero, entre mi cabello o las más irreverentes esperan en el piso.

Los días en la frutería podrían ser exactamente iguales a no ser por la gente que llega. Es gracioso imaginar la vida de quien siempre lleva limones y un día lleva manzanas, o como los días nublados todas las señoras hacen caldos o cuando a un niño lo mandan hasta cinco veces al día por jitomate que le hicieron falta o por papas que se le olvidaron. Cada persona cambia la rutina del lugar maneras graciosas.

La frutería está ubicada en una zona que apenas se está poblando, los caminos de tierra, los cerros a la vista y los impresionantes amaneceres, calan con su sencillez excesiva. La pandemia ha traído inseguridad en todos lados y acá no es la excepción, los “raterillos” de la zona están acechando a quien se descuide.

Ellas llegaron y yo no las vi. Sé que debería estar alerta pero mis pensamientos volátiles siempre están más presentes que la misma realidad. Cuando volteé ellas ya estaban adentro. Mis hijos, mi gato y mi perico estaban conmigo. Yo estaba haciendo la cuenta para un pedido y de vez en cuando, entre cada sorbo de café cambiaba la canción en turno: de la maldita vecindad a Amy Winehouse.

Ellas estaban viendo los jitomates y decían cosas en voz baja. No puedo decir que las ignoré porque realmente solo las había notado mi vista periférica. En ese momento el sonido de una moto las asustó. Ahí levanté la vista. Ese sonido es conocido por mi: el repartidor estaba llegando para llevarse el otro pedido. Ellas cambiaron su postura. Sus hombros se elevaron, su espalda se tensó y sus piernas se movieron, quizá sin que ellas se dieran cuenta.

— ¡Ay! ¡Me asustó! — dijo la señora de unos sesenta años llevándose la mano derecha al pecho y la otra empuñada sosteniendo algo.

— Trabaja con nosotros. No se preocupe. — Mientras le decía eso, la más joven, retrocedió hasta la pared. — ¿Las han asaltado? — dije tratando de amenizar y siendo consciente de que los “motorratones” arrancan bolsas y se llevan celulares es un evento constante.

— Sí, apenas ayer.  Y la otra semana. Nos han quitado lo mucho y lo poco que traemos, por eso venimos así — se quitó la mano que tenía en el pecho e hizo un movimiento de presentación astística: su hija, una adolescente delgada con pantalón de mezclilla roto y un top negro arriba del ombligo portaba orgullosa una mirada desafiante y un bate. Y como truco de magia, mis ojos, maravillados, advirtieron por primera vez el instrumento de defensa y el miedo que la muchacha cargaba.

— ¿De veras?

— Sí, aquí a la vuelta se nos puso enfrente un marihuano y nos quitó los ochenta pesos que traíamos.

— No, si nomás’ andan viendo a quien roban. —dije viendo disimuladamente a la muchacha.

— Y mi esposo me dijo que ya no saliéramos, que mejor en la noche que él llegara ibámos a comprar lo que ocupáramos… ¿Cuánto le debo? —La mano empuñada se abrió como una flor dejando al descubierto un puño de monedas de a dos pesos. 

—Son sesenta y dos pesos. 

—Pero ¿usté’ cree? ¿Los que nos encerramos vamos a tener que ser nosotros? No, le dije, no nos vamos a dejar, y no le hace que nos roben, pero un batazo en la maceta si les damos, ya estuvo bueno, oiga. Una es la que se tiene que esconder siempre… Pero ya se acabaron esos tiempos. Ya estuvo bueno. Hay que toparle.

Yo solo pude asentir ante semejante lección de valentía o ante aquella increíble visión distópica que, como cachetada, llegó tras la pandemia. Un feminismo tal vez no consciente pero encarnado, procesado e integrado. estaba ante dos generaciones con miedo y a pesar de él. Un sentimiento de orgullo empoderamiento y por supuesto alegría, se quedó conmigo todo el día. Y me imaginé encontrándomelas en la calle y sentirme un poquito más segura con ellas rondando. Pero mientras consigo uno de esos instrumentos distópicos uso el único que tengo a la mano, atado a las 30 ligas azules y naranjas. Ellas traen un bate, yo traigo una pluma. 

No más sumisión. No más opresión. Hay que toparle.

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