Érase una vez una niña que quería volar, llamada Ada Lovelace

“La facultad de combinación de cosas, hechos, ideas en combinaciones nuevas originales, infinitas, en constante variación”. Así definió a Ada Lovelace un ensayo escrito en 1941 que recoge Walter Isaacson en el capítulo que dedica a la matemática en Los Innovadores. Los Genios que inventaron el futuro (Debate, 2014). Una mujer capaz de crear a través de la imaginación un mundo por completo novedoso y, sobre todo, de construir una nueva identidad para la mujer de su tiempo. Poeta, escritora, científica, pero, sobre todo, una ferviente admiradora de la libertad de las ideas, Ada Lovelace es quizás la más poderosa alegoría sobre la independencia de espíritu en una época que desconoció la individualidad y más allá de eso, despreció la inteligencia femenina como un atributo innoble e incluso falaz.

Pero por supuesto, Ada Lovelace fue mucho más que su mito. Hay innumerables anécdotas sobre su vida que describen su temperamento indómito y su búsqueda incesante del conocimiento, pero quizás la más intrigante de todas, sea la que asegura que, a los doce años, construyó un cubo con pequeños trozos de madera y anunció “que el Universo entero podría entenderse a través de las formas geométricas”. Lo hizo durante una lujosa cena familiar en la que no debía participar y, además, en la que nadie parecía muy feliz por los alardes de conocimiento de la pequeña. Pero Ada, sonrió frente a las miradas de incredulidad y mostró el objeto que había construido con pulso firme. “Los números dicen la verdad” insistió. “Y por eso, creo en ellos”.

Lo más probable es que la anécdota anterior sea falsa, fruto de las incesantes habladurías, medias verdades e incluso, pequeñas mentiras que rodean a esta singular figura histórica. Pero lo que sí es muy evidente es que Lovelace, con su peculiar historia familiar a cuestas, brillante inteligencia y con un extraordinario temperamento fue un símbolo de un tipo de mujer que tardaría siglos en llegar y celebrar todo lo que Ada simbolizó. Una perspectiva acerca de lo femenino que no sólo destruyó el insistente anonimato sobre la labor de la mujer en las artes y sobre todo las ciencias, sino que también, le otorgó un rostro renovado a esa búsqueda existencial del conocimiento. Porque Ada no sólo fue científica, sino también poeta: una combinación que le dotó de un temperamento libre sin ataduras y convencida del valor de la capacidad creativa.

“Es demasiado matemática”, se llegó a decir de Ada, para describirla. Una frase con la que sus contemporáneos intentaron definir toda su rareza y lo que insistían en llamar “excentricidad”. Ada, era una mujer que sorprendía por su complejidad: poeta, escritora y apasionada por las ciencias, la hija única de Lord Byron no sólo heredó de su padre una prodigiosa habilidad mental — se decía que era capaz de sostener a la vez profundas conversaciones de filosofía, arte y ciencia — sino también, la alegría de vivir y una insólita vena de pura curiosidad intelectual que la acompañaría durante toda su vida.

Gracias a su inteligencia privilegiada, Lovelace recibió una educación peculiar y desde pequeña tuvo a su disposición no sólo los mejores libros de su época y una educación clásica, sino que también disfruto de la posibilidad de aprender acerca de rudimentos científicos, un rarísimo privilegio para una mujer de su época y de su rango social. Su madre —que tuvo el raro honor de ser la única mujer que abandonó a Lord Byron debido a sus infidelidades— se empeñó en que su hija tuviera a su disposición toda la influencia de las nuevas corrientes de pensamientos, que abarcaban desde la filosofía hasta una primitiva mirada al mundo médico. El resultado fue que Ada Lovelace se educó en medio de una singular mezcla de conocimientos poéticos y científicos, lo que le permitió desarrollar bien pronto una percepción sobre lo científico más cercano a lo artístico que a lo mecanicista. Para ella, la ciencia era una forma de expresión de la belleza, tan válida como la palabra y la métrica.

De hecho, Ada insistía en que “imaginación” era un “atributo matemático”, una forma de comprender al mundo desde el misterio y un tipo de belleza escondida entre los números, con tanta delicadeza y poder como entre las obras de arte más depuradas y extraordinarias. Y fue esa combinación insólita, quizás su mayor legado en una época en la que la identidad de la mujer era aplastada e invisibilizada por el peso de la tradición y el conservadurismo.
De los números al verso: Un puente entre las ideas.

El adinerado Charles Babbage organizaba tertulias temáticas para la alta sociedad británica en el Londres del siglo XIX. Se trataba de extraordinarios acontecimientos que reunían a los personajes más encumbrados de la ciudad, pero también, a quienes el excéntrico anfitrión consideraba interesantes y parte de la élite intelectual del Imperio. En sus salones extraordinarios, se reunieron para debatir sobre ciencia, arte y literatura desde Darwin hasta Dickens e incluso, hombres de dudosa fama, pero enorme encanto personal como el Duque de Wellington. Paa Babbage, lo realmente importante era la posibilidad de conjugar en un único lugar a las mentes más brillantes de la época. “Aprender sobre ellas como si se tratara de la vitrina de una iluminada estantería” llegó a escribir en sus extrañas memorias. “Una mirada a la rareza de la inteligencia ajena”.

Pero además de Bon Vivant y maravilloso anfitrión, Babbage era el titular de la cátedra de matemáticas en Cambridge y además de departir con la buena sociedad de la ciudad, utilizaba las fiestas para compartir teorías, conocimientos e inventos universitarios. Por supuesto, buena parte de sus invitados jamás comprendieron demasiado sus extensas explicaciones sobre modelos probabilísticos y teoremas matemáticos, hasta que invitó a Ada Lovelace, entonces de 17 años y ya por entonces con una curiosa reputación a cuestas. Durante la velada, Baggage le mostró a Lovelace su “maquina de las diferencias” con la que llevaba extensos y complicados cálculos matemáticos. Y a diferencia del resto de la concurrencia, Ada no sólo supo que era, sino que pudo detallar cómo funcionaba. Bodagge quedó deslumbrado. Mucho después, Bodagge diría que nunca se repondría de la sorpresa de la voz de aquella mujer de aspecto delicadisimo y ojos atentos, que no sólo “teorizó sobre la irracionalidad numérica sino que allí mismo, en medio de copas de Champagne y sedas, me habló sobre el encanto de los números”.

Sería el principio de una larga historia maravillosa, sobre Ada Lovelace y su singular relación con Cambrige, el conocimiento científico y sobre todo, las teorías sobre los métodos matemáticos que llevaron a la creación el primer programa para computación (antes de que siquiera existieran los computadores).

Para entender la magnitud del descubrimiento de Ada, hay que analizar el hecho básico que no sólo le brindó un salto cuántico a la propuesta de Babbage sobre una máquina que analizaba el método matemático, sino que era capaz de manipular símbolos sin intervención humana. Ada no sólo creó una idea nueva a partir de la de su maestro, sino que la llevó más allá: concibió la posibilidad de una máquina capaz de operar y modular información por si misma. En otras palabras, un prototipo primitivo de ordenador.

Charles Babbage y Ada mantuvieron una amistad que se prolongó por décadas. Obsesionados por la “máquina analítica”, ambos compartieron una amplia correspondencia donde queda patente el poder de la inteligencia de Ada, pero también su enorme curiosidad en la búsqueda de una visión en la que confluyeran el arte y la ciencia. Y aunque “La máquina analítica” nunca se fabricó, la capacidad de Ada para crear y construir una percepción nueva sobre la matemática y el arte como parte de la Ciencia, continúa siendo quizás su logro más duradero y poderoso.

Porque la historia de Ada Lovelace, es la de un intelecto inquieto que encontró una forma de expresar su brillante visión del mundo a pesar de las limitaciones de género a las que la sometía el conservadurismo con que le tocó vivir y lidiar. Pero para Lovelace no existían de límites: en su abultada correspondencia con Babbage — y decenas de otros científicos de la época — la inteligencia de Lovelace plantea la percepción de la ciencia como una expresión artística a toda regla que explotó en todas sus consecuencias. Porque Ada no solamente estudió matemáticas, sino que además, comprendió su poder de profundo valor a través de una convicción devota y perpetúa sobre el saber académico.

Para Ada no había límites reales para el conocimiento: obsesionada con volar, a los doce escribió un tratado sobre sus investigaciones, que incluyó disecciones de pájaros, estudios anatómicos, cálculos matemáticos sobre la posibilidad de volar a pesar de las restricciones de la gravedad. Pero Ada, convencida de los imposibles, construyó alas y por meses, insistió en abrirlas para volar. “Soy tan fuerte como mis obsesiones” escribió años después, sin haber logrado su sueño más disparatado pero sin atreverse a renunciar a él del todo. “Pero descubrí que volar es más de una cosa y seguiré intentándolo en cada momento de mi vida”.

Ada era el epítome de la mujer genio de su época. Pensaba como “hombre” y era además, más fuerte que todos los librepensadores de su época. Los periódicos de su época no dejaban de criticar su carácter excéntrico, extravagante, todo brillo, su célebre belleza pero además, de insistir que era “demasiado matemática”. El New York Mirror de 1833 incluso llegó a decir que Ada “era un ejemplo temible de todo lo que no debe ser una mujer” y sugirió que la “locura” de su padre se manifestaba de maneras poco benignas en una dama de extraordinaria belleza pero poca delicadeza. “Ada Byron, la única hija del ‘noble bardo’ ¡es la mujer más vulgar y basta de Inglaterra!” añadió.

Ada nunca llegó a volar, aunque insistió en hacerlo cada día de su vida “Sueño con grandes cosas” escribió a Babbage unos años antes de morir “Pero sobre todo, con seguir siendo libre, veraz y despiadada gracias a mi mente. ¿Hay algo mejor que pueda esperar para mi misma?” se preguntó. Uno de las típicos cuestionamientos que Ada se formuló durante toda su vida y a las que nunca encontró respuesta, pero le permitieron remontar el vuelo raudo y veloz de la imaginación por encima de cualquier convención impuesta.

Autor: Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.