La extranjera

Por Daleysi Moya

Tendría que empezar diciendo que Guadalajara fue mi manera de llegar a México, el origen de todo lo que he sido después de La Habana. Habría que decir también que uno siempre está llegando a las ciudades que le son ajenas —aunque permanezca en esas ciudades una vida entera—, hasta el día en que comienza a regresar a ellas. El tránsito entre un punto y otro sólo puede darse de forma inconsciente, es decir, si luego de no pensar en si se está llegando o volviendo, sabe uno, con absoluta certeza, en qué sitio está su casa.

Visto esto, empiezo de otro modo: Llevo dos meses estudiando la historia de México. Y con historia me refiero en realidad a cualquier tema aleatorio relacionado con el país, desde quiénes fueron López Mateos o Cuitláhuac, la fecha del apagón analógico, hasta lo que enuncia el artículo 33 de la Constitución. Es absurdo, lo sé, pero los chicos de la Secretaría de Relaciones Exteriores tienen bien claro que los extranjeros que procuren fingir su mexicanidad deben pasar primero la prueba de fuego. Acotar lo inconmensurable a diez preguntas de selección múltiple.

Superado el desasosiego inicial he decidido participar de la farsa que son todos los exámenes para otorgar nacionalidad. También esto de las pertenencias identitarias tiene sus trampas y gradaciones. Mi hijo, por ejemplo, es más mexicano que yo, aun cuando su única conexión con México sea la accidentalidad del nacimiento. Hay una manera de ser mexicano; y luego está la otra, que es la de los extranjeros, la de los que llegan. Ellos, que cargan con el ridículo infinito de sus ocho o diez respuestas correctas, no pueden pretender una mexicanidad en serio. Ni la presidencia del país, por cierto.

Pero yo, realmente, no quiero hablar de la prueba, ya con estudiarme cuatro mil años en dos meses tengo suficiente. Yo quiero hablar de una perplejidad diferente. Del desconcierto que nace de la extrañísima condición de estar, a una vez, dentro y fuera de las cosas. Pertenecer sin hacerlo del todo, a trompicones, a retazos. Estoy llenando la planilla para ingresar el trámite de naturalización, la información solicitada es la habitual, el nombre de mis padres, el nombre de mi hijo, el nombre de cuanto me acompaña en la vida. Voy bien en este recorrido por el esqueleto de mi genealogía hasta que tropiezo, ya al final, con un cuestionamiento sorprendente: piden que les explique por qué quiero dejar de ser cubana (al menos de modo simbólico, que es el único que al parecer cuenta) y simular ser algo más. La pregunta, cínicamente correcta, me paraliza un instante. ¿Por qué querría yo, que no he logrado ser alguien completo en mi propia circunstancia, inventar una nueva ficción de mí misma? ¿Qué significa, en un sentido real, volverme mexicana? Desde que me fui de Cuba he intentado aplazar el ejercicio de las definiciones. Me resisto a pronunciar lo impronunciable, a pararme frente al espejo sólo para sentenciar: eres esto. Y ahora ellos me piden que les diga en tres líneas lo que no cabe en seis años.

No sé si alguien en este país, o en cualquiera, sabe por qué quiere ser lo que es. Desde luego yo no. México para mí sigue siendo una ciudad, lo demás queda demasiado lejos. Cuando me he creído habanera todos insisten en llamarme cubana. Cada paso que doy me coloca más lejos del norte magnético de mis certezas. Dicen que el movimiento se define con relación a un punto de referencia: te alejas o te aproximas, te desplazas o te detienes; cualquier acción está mediada por ese punto. El gesto mismo no cuenta, lo que cuenta es el pedazo de tierra o de cielo del que dependes para saber que hay algo real y que no andas en el vacío divagando como loca. Mi roca debería ser Cuba, naturalmente. Pero yo voy y vengo de ella como voy y vengo de Guadalajara. Sin irme por completo, segura de no poder regresar del todo.

Después de mi Ítaca municipal han emergido otras islas. Y eso, que parecería algo bueno, me impide reconocer la foto de la permanencia. Vivo mirando a la derecha y a la izquierda, extraviada siempre, extranjera siempre. En La Habana mi padre, en Guadalajara Mateo mi hijo. En La Habana los amigos que se han ido, en Guadalajara los amigos que no llegaron. Quiero responder a la pregunta de la planilla explicando, primero, que no puedo dejar de ser lo que hace mucho tiempo no soy en un sentido cabal; luego, que no conozco otra mexicanidad que la tapatía. Mis islas no son países. Igual, termino recurriendo a aquello de que México es un sitio fantástico, lleno de gente cálida y con una comida riquísima. Los lugares comunes sirven para esto, para decir la verdad sin tener que ser sinceros. Porque México es eso apenas, de allí hacia adentro empieza la auténtica complejidad, el vértigo, la grandeza.

He aprobado el examen. Cual colegiala de provincia evaluada en la capital, respondo con extremo cuidado que sí, que el río más grande es el Bravo, que Hernán Cortez fundó la Villa de Veracruz, que el mural del Palacio Nacional lo pintó Diego Rivera. Respondo como si supiera. Marco con el bolígrafo los nombres correctos de mis nuevos héroes y dioses y no me salgo de la casilla. Ahora tengo este pasado que no sé donde poner una vez que el proceso de naturalización haya concluido. También he escrito mis tres líneas dando razones. En busca del uber que me viene a recoger recuerdo que en Cuba, cuando era niña, lo primero que hacía al salir de un examen era llamar a mi papá al trabajo y contarle.

Ya en el taxi Darién me llama al móvil. Pregunta por la prueba, por los detalles; se pone feliz por mí. Hablamos un rato de asuntos intrascendentes, que son los que apetecen tras muchos días de estudio fatigoso. El taxista me mira alguna que otra vez por el espejo retrovisor mientras converso, y yo le veo las cejas negrísimas de muchacho joven y hermoso. Hemos ingresado a Tepeyac, los dos callados, cuando me suelta inesperadamente: tú no eres de aquí, ¿verdad? Afuera está Guadalajara ocurriendo como una película de Wong Kar-Wai, yo acabo de aprobar un examen sobre mexicanidad y este chico me dice que estoy equivocada.

La pregunta es corta, precisa, sin dobleces, y a mí me alcanza lo suficiente para percibir, por encima de las palabras, ese acento musical que cae con insistencia y tersura sobre las sílabas finales. ¡Es de la Ciudad de México, chilango, chilanguísimo! De repente Guadalajara se me antoja demasiado mía, más mía que suya, más cerca de La Habana que de cualquier otro estado del país, incluso si ese estado es la capital. No aparto la vista de la ventanilla al decirle, con la organicidad que asiste a los que no mienten, que yo nací en Guadalajara. Y tú, pregunto después, ¿cuándo llegaste tú?


Daleysi Moya, La Habana, Cuba, 1985. Licenciada y Máster en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Curadora y crítica de arte. Ha colaborado con revistas de artes visuales como La Gaceta, Arte Cubano, Art OnCuba, C de Cuba, Arte al Límite, así también con publicaciones digitales: El Estornudo, Artistshock, El Señor Corchea, entre otras. Varios de sus ensayos han sido incluidos en catálogos y libros de artistas, así como en compilaciones sobre arte cubano. En el año 2015 obtuvo mención en la categoría Reseña del Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros, en La Habana, Cuba.