Todo tiene un principio

Christian Bowen. Unsplash

HOSPITAL INCURABLE

Por Adrián Lobo

Seguramente no estará usted para saberlo, aunque por suerte para mí, yo sí para contarlo, pero resulta que por azares del destino (o quizá ya estaba la suerte cargada hacia ese rumbo) trabajo en un hospital público. Digo que la suerte se inclinaba en ese sentido porque podría decirse que es un asunto de familia ya que mi bisabuelita trabajó en este lugar, desde antes que fuera nombrado como tal, incluso desde antes que el espacio físico que ocupa actualmente fuera construido. Después su hija, mi abuelita y mi abuelito también lo hicieron. Le siguieron mi padre, un tío, una tía, mi madre, y ahora también dos primos, una prima y un hermano.

Además en la misma secretaría de salud aunque no en el hospital civil trabajan otros tres primos y un hermano de mi abuelito trabajó en el hospital psiquiátrico. Hemos incursionado en casi todas las áreas ya que la familia ha estado o está presente con médicos, enfermeras, administrativos, personal del “área parámedica”, en lavandería, en mantenimiento y el extinto departamento de intendencia. Sólo nos falta incursionar en la cocina. Y no, no he heredado la plaza de ninguno de mis familiares, hasta ahora. Me costó no menos de quince años lograr la oportunidad. Por motivos que quizá después exponga.

Mi familia del lado materno está distribuida en las dos mayores áreas del principal empleador en este estado, que es el gobierno, ya que industria prácticamente no hay, y esas áreas son la salud y la educación. Una tía trabajó en el ISSSTE, otra más en el IMSS, la esposa de un primo, que es médica, trabaja ahí actualmente también, además otras dos primas son enfermeras, el esposo de una de ellas también y otros dos primos en segundo o tercer grado son médicos. De hecho mis abuelitos vivieron el surgimiento de una organización cuya influencia y actividades a menudo son polémicas y que es el sindicato. Antes de eso la autoridad absoluta la tenía el director del hospital. Casi la otra mitad de la familia está involucrada con el magisterio. En distintos niveles desde preescolar hasta secundaria. Esto es, que la mitad de nosotros iremos al cielo y la otra parte no tiene muy claro el destino de sus almas, quizá se adhieran a algo así como una Coordinadora Universal de Almas, no lo sé, harán quizá un bloqueo a las puertas del cielo o un plantón. No quiero ni mencionar la posibilidad de que tengan que tocar las puertas de otro lugar.

El asunto es que he estado ligado de muchas formas a este hospital desde siempre, ya que aquí nací. Lo odio y lo quiero, ha sido el sostén de mi familia, lo conozco por dentro y por fuera, desde hace muchos años. Hay personas que trabajan ahí a las que conozco desde que era niño y amigos que he venido a conocer hace poco así como algunos que he reencontrado no sólo en este espacio sino en otros centros de trabajo de la misma secretaría.

Seguramente hay familias que tienen una historia similar por la situación que mencioné anteriormente, sé del caso de personas que trabajaron en la construcción de éste hospital que posteriormente fueron empleados del mismo y después sus familiares también. En este estado casi la única opción de un empleo estable es el gobierno. La actividad económica predominante no sólo en esta capital sino en el estado es el comercio y por ser un importante destino turístico otra fuente de empleo es el sector servicios. Pero es insuficiente. Siempre lo ha sido. Faltan industrias, falta producir, faltan muchas cosas y se necesitan mejores salarios. Así es como se han mantenido los niveles de pobreza más altos en el país.

Pero el tema central es otro, uno en el que me autorizo para proponer, opinar y para criticar dadas las circunstancias que mencioné anteriormente. Y es de lo que tratará esta humilde colaboración.

Pues bien, trabajar en un hospital de cerca con pacientes es una actividad que puede ser apasionante, satisfactoria y estresante. Aún y cuando uno no sea ni médico ni enfermera. Hay momentos de tensión, divertidos, de tristeza, de enojo, frustración, de asombro o indignación. Momentos en que te sube la adrenalina; también algunos de relajación, de confrontación y solidaridad. A veces todo eso y un poco más en un solo turno de 8 horas. En el argot hospitalario a este turno se le suele llamar “guardia”, mayormente tratándose de médicos y enfermeras.

Lo comparo a veces con la práctica de un deporte, como el baloncesto; cada uno de los miembros del equipo tiene una función, cada puesto tiene una razón de ser. Uno tiene no sólo que conocer el lugar que debe ocupar sino que incluso muchas veces tiene que ganarlo, pelear por él y colocarse donde pueda realizar mejor su función sin entorpecer las labores de los demás miembros. He visto a médicos y enfermeras literalmente empujar a otras personas con tal de lograr ubicarse en la posición más ventajosa para poder hacer mejor su trabajo. Igual que en el deporte hay ocasiones en que la jugada ocurre a una velocidad de un vértigo tal que resulta muy fácil siendo novato quedar completamente fuera de ella. Un espacio que queda descubierto será rápidamente ocupado por alguien más y los ánimos pueden caldearse, no faltan entonces las llamadas de atención, las reprimendas e incluso pequeños enfrentamientos.

Con un poco de tiempo este grupo se hace más compacto, se desarrolla un entendimiento entre los miembros, como una complicidad que les permite trabajar en armonía para lograr los objetivos que persiguen. Como en todo equipo alguien se tiene que encargar de dirigir, de guiar a los demás, encabezar la actividad. Cuando se trata de la primera atención a un paciente, como cuando llega alguien por una urgencia, generalmente alguien se posiciona del lado de la cabeza del mismo, esta persona suele ser la que lleva la voz cantante y quien tiene que coordinar al menos los movimientos que se tengan que hacer, como cambiarlo a una camilla. Se escuchan entonces expresiones como: “a mi cuenta”, “a su cuenta” o bien, “cabeza cuenta” para establecer que se tiene que esperar una indicación para iniciar la maniobra en forma sincronizada.

Un hospital es un sitio de privilegio, en primera fila para asistir a contemplar la condición humana, con toda su grandeza y toda su miseria, lo han dicho otras personas antes, no son mis palabras, todos los días puedes pasar de contemplar la más grande alegría a la devastación total con sólo caminar por las diferentes áreas. Todos los días ves gente que sufre, que llora, que se queja, que padece dolor, que tiene miedo. Pero también te puedes encontrar con muestras de fortaleza, valentía, entereza, determinación, fe y esperanza. He visto tipos jóvenes, de apariencia ruda quejarse amargamente porque les tienen que dar unos cuantos piquetes y también a chiquillos de menos de diez años entrar al quirófano para ser operados únicamente preocupados por saber si al día siguiente tendrán que asistir a la escuela.

Muchas veces uno se va a casa preguntándose qué sucederá con un paciente, si logrará superar pronto el trance, a veces incluso, si al día siguiente lo volverá a ver. La más sencilla actividad, aunque pueda parecer intrascendente o insignificante comparado con lo que hacen médicos y enfermeras, puede dar una gran satisfacción y hacernos sentir orgullosos de lo que hacemos, de trabajar aquí, sobre todo cuando te das cuenta del impacto que puede tener en las personas, por lo que significa para el paciente y su familia, quienes muchas veces se encuentran en una situación difícil y te agradecen incluso por hacer tu trabajo. Si no estuviera tan acostumbrado a comer tres veces al día, con esa gratitud tendría un pago más que suficiente por lo que hago.


Hospital incurable
En un rincón de este planeta, llamado Oaxaca, existe un sitio llamado «Hospital General Dr. Aurelio Valdivieso». Toda mi vida ha estado ligada a este lugar porque resulta que fue ahí donde vine al mundo. Resulta además que casi la mitad de mi familia del lado materno trabaja o ha trabajado ahí y ahora yo mismo. El ilustre juchiteco Dr. Aurelio Valdivieso es para mí entonces como un remoto pero omnipresente ancestro y el hospital que lleva su nombre como un segundo hogar, con todas las contradicciones, orgullos, vergüenzas, satisfacciones, gratitudes y rencores que eso implica. Representan para mí, el sitio mismo tanto como el nombre, una especie de legado o destino que me ha enorgullecido y del que he renegado por igual y del que en ocasiones he deseado distanciarme sin haber podido nunca lograrlo.