Estas ruinas que nos heredaron

LA COSA PÚBLICA

Por Rodrigo Díaz M.

Una de las primeras lecciones de historia que recuerdo haber tenido se remonta al año 2006. Apenas tenía 10 años y veía por toda la ciudad las estampas pegadas con la caricatura de Andrés Manuel López Obrador. Sonríe, vamos a ganar. AMLO presidente. 

Sin entender exactamente qué se estaba disputando, mi papá me dijo “Ojalá no nos roben la elección otra vez”. No entendía cómo robarse una elección, en dónde estaba y porqué no la cuidaba nadie, máxime si ya nos la habían robado antes, como si fuera una cosa. 

Le hice estas preguntas con desesperación y me contó del fraude electoral de 1988, y terminó con unas palabras que en su momento me calmaron mucho. Ahora tenemos al IFE, que es un árbitro imparcial que cuida y defiende el voto de nosotros. Y ya todos sabemos que pasó en ese convulso 2006, en donde a todos los mexicanos se nos robó una elección presidencial, como nuestros gobernantes juraron que no iba a volver a pasar. 

Años después, en medio de estos tiempos extraños y de cara a un momento verdaderamente histórico como lo será la elección de 2021, vale la pena regresar en el tiempo a ese 2006; para entender un poco mejor cómo llegamos a donde estamos. 

¿Qué nos dejaron?

Es innegable que en 2006 hubo un fraude electoral, y las consecuencias de ese fraude las vivimos todos los mexicanos en 2021 y también las viviremos en 2024. También es un hecho que ese fraude nos afecta a todos los mexicanos, simpatizantes, detractores y a “los de enmedio” de la 4t. 

Nos afecta de diversas maneras y por frentes bastante diferentes, pero nos está pegando por todos lados. En primer lugar, la confianza en nuestras instituciones electorales, se ha visto naturalmente dañada; una reforma mayor que le cambió las siglas al instituto y lo “reformó” para quedar muy similar a como estaba. 

Sin embargo, la gran afectación derivada del fraude de 2006 se resiente en (o tal vez es) el ambiente político actual. Partidos secuestrados por camarillas internas, como el PAN, en donde la oposición interna, frustrada, ha optado por abandonar sus filas para formar nuevos frentes políticos. 

Partidos rémora como el PVEM o el PT que no han hecho más que sobrevivir en el ecosistema político. Un partido fortísimo que de partido tiene poco, en realidad es una especie de gran tribu conformada por clanes. Y los nuevos partidos, que si bien son pequeños, son un síntoma de una democracia que está enferma. 

Los partidos chicos, en principio, son un reflejo de pluralidad democrática, hay muchas voces que encuentran espacio para ser escuchadas y que son representativas de un sector importante de la sociedad. Sin embargo, en nuestro México, no sucede así, sino que son muertos revividos. Y todo esto es una herencia del fraude de 2006. 

En ese año, la elección se arregló en una camarilla reducida en donde, todos siendo cómplices decidieron, de menos, no activar el recuento de votos (voto por voto, casilla por casilla). Los actores políticos de ese momento, recurrieron a las viejas prácticas priistas y decidieron entre no más de 50, el destino de 107 millones de mexicanos. Y ahí nuestro futuro democrático dió un retroceso, tan repentino y sustancial, que se tardó en frenar y echar para atrás. Pero no paró y ahora sentimos el frenón.   

Pero el muerto no murió

La idea de fondo se expresa de la siguiente manera: en la política, el daño que se causa a los enemigos, en realidad es daño infringido al pueblo, a nosotros. Y este pensamiento, se acompaña de singular manera con el refrán popular “El que a hierro mata, a hierro muere”. 

Hoy, Felipe Calderón es víctima del secuestro del PAN y ha hecho su propia comuna política, y no llegará muy lejos si las cosas siguen como están. Andrés Manuel, ha logrado capitalizar ese fraude de manera verdaderamente admirable, hasta peligrosa, y hoy en día cuestiona y descalifica instituciones con una facilidad envidiable para cualquier político. Y en medio del tablero del juego político estamos los mexicanos, más que como trofeo, como peones. 

Desde la perspectiva ciudadana las opciones reales, útiles, son muy pocas. Los partidos de oposición están débiles y sin credibilidad (Desde esa desastrosa alianza con la víctima de Alejandra Barrales). El partido en el poder está más fragmentado que el hoy herido de muerte PRD en sus tiempos de gloria. Los partidos chicos tienen muy pocas posibilidades de actuar de manera relevante en el panorama electoral. Y el único líder fuerte de este país está a medio camino del retiro; morir a tiempo como héroe o vivir lo suficiente para dejar de serlo. 

La cosa pública se antoja complicada, hay quienes dicen que cuando las instituciones están débiles, surgen hombres fuertes, pero los grandes hombres, dejan grandes instituciones como herencia. ¿Nuestro presidente será un gran hombre? 

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Autor: Rodrigo Díaz M.

Estudiante de Derecho, filósofo de banqueta, beisbolista amateur y ciudadano crítico.

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