Ser ruinas

¿Por qué nos gusta ver las ruinas? Quizás existe en ellas una suerte de premonición, tal vez ese aire de familia que simplemente nos atrae cual imán. Hay en ellas la nostalgia de lo propiamente humano: la memoria, la añoranza, el olvido, el derrumbe, los restos, la inevitable extinción. Paredes a medias, techos derrumbados, maleza crecida, las que se encuentran en mejor estado son aquellas cuya construcción se encuentra ya a la mitad, roída por las tempestades y, sin embargo, han sabido hacerse uno con el medio, son su entorno, han sabido formar una simbiosis perfecta con aquello que ha tratado de derrumbarlas, destruirlas y desparecerlas. Sin importar cual sea su estado, siempre son imponentes porque también se vislumbra redención, resistencia, fortaleza indómita, inteligencia estética, solución poética.

Tal vez nos gusta admirarlas porque nos vemos en ellas; cuando las veo, me veo. En el mejor de sus momentos fueron hermosas edificaciones, majestuosos monumentos, dignos de admiración y respeto; símbolos del poder. Entre sus paredes albergaron amor, ternura, paz y caos. Fueron testigos silenciosos de mil escenas eróticas, felices, amorosas, sociales. Sus pisos guardan los rastros de las lágrimas derramadas; lágrimas de felicidad, lágrimas de tristeza.

Así nuestros corazones, válvulas que regulan nuestros sentimientos, guardan ínfimos secretos, nuestra memoria atesora imágenes de vivencias en las que apenas alcanzamos a reconocernos. Las admiramos porque tienen un efecto proléptico en nosotros, vemos en ellas nuestro principio y nuestro fin. Así como en ellas, las tormentas dejarán estragos en nosotros, veremos nuestras almas mutiladas, a medias, derrumbadas y roídas, pero siempre erguidas. Las almas viejas son la solución poética que el ser humano ha encontrado contra su peor miedo, el tiempo.

El paso del tiempo, cada tormenta, cada enredadera, cada piedra e incluso ese olor a humedad deja una huella imborrable en las ruinas, pero ellas han sabido usarlo a su favor. Tomaron al tiempo y lo convirtieron en belleza, cada gota de agua que bajó por sus piedras se ha convertido en un hermoso camino marrón que engalana sus canteras, han vuelto el olor a humedad una delicia olfativa para los turistas despistados, otorgaron a las enredaderas que trepan por sus medios muros una suerte decorativa; la naturaleza, en sí, es la mejor decoradora de interiores.

Así los espíritus humanos, con cada vivencia se vuelven más hermosos, las experiencias son las enredaderas que embellecen nuestras almas y cada lágrima vertida ha trazado esos caminos marrones y sinuosos en nuestro ser. Cada turista despistado que pasa por un alma vieja queda simplemente estupefacto de tanta creación, Wabi-sabi. No solo las vemos, las admiramos, las contemplamos y en un giro copernicano, las entendemos.

Autor: Paola Licea

Soy amante de las letras y de los pensamientos. Licenciada en APOU Candidata a Mtra. En Humanidades

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