Viviendo en la burbuja

Lanju Fotografie. Unsplash

Mi casa, mi biósfera. Alimento, sol, entretenimiento, agua corriente y megas que corren en el aire. Entre los tiliches de mi armario un baumanómetro, un glucómetro, la sombra de un plicómetro, una báscula, tazas medidoras, papel, plumones, y tableros de corcho. La energía que me había abandonado durante casi 5 meses está regresando. Las nuevas costumbres que he agarrado se limitan a lavar mi ropa con más frecuencia, rociar todo con desinfectante (y resignarme que mis bolsos, zapatos y otros objetos no me durarán mucho), mi vida más sedentaria, y los surcos en la parte superior de la oreja por los elásticos de las máscaras.

Unas cosas son molestas, otras parecen inevitables. El miedo empieza a desaparecer. Me dirían que “it’s a given” (se toma ya por sentado), que quienes están a mi alrededor ya están sucumbiendo a la enfermedad como dominós en fila. En mis audífonos suena “Omae wa mou shinderu”, que con una voz en extremo chillante anuncia “tú ya estás muerto”. Y sin embargo el camino a la muerte no nos puede agarrar con miedo. Definitivamente la sertralina ha hecho un maravilloso trabajo en mantenerme tranquila en todo este periodo.

Con la canción en loop, imagino que voy de nuevo a esas cafeterías Taiwanesas de mi ciudad natal (el ahora epicentro de la infección a nivel nacional) y me sirven una taza de matcha caliente, como un pastel “piel de tigre” (llamado así por su apariencia). Puedo casi percibir el aroma de esa fragancia que me regaló aquel horrible individuo, aquella loción que irónicamente me acompañó después en los mejores momentos. Recuerdo a una persona en particular quien viene a mis memorias, y con quien desearía no volverme a encontrar. Por lo pronto, siento la sombra de la depresión sobre mí cuando no duermo bien, intento suplir la serotonina con comedia incorrecta. Tantos son los afectos en redes sociales, mezclados, que me permito escuchar algo que no necesariamente pienso, todo por reír y evitar que la sombra me atrape.

Cuento los días en función de cubrebocas KN95, en mililitros de desinfectante. Intento mantenerme funcional, aunque he de admitir que la cantidad de cajas de Amazon y Mercado Libre que guardo cerca de la zapatera, excusándome en ser una barrera que impedirá que la fieresilla muela con sus dientes mis zapatos, me empieza a rebasar. 3 veces por semana llega la basura, y la desidia, el miedo y la vergüenza están propiciando que se apilen esa muralla de cartón. Por mientras, intento también ganarle la batalla a los pelos del perro y los de mi larga cabellera que se escabullen tras las puertas. Tuve que empezar a aspirar.

Entre tantas trivialidades, encuentro el confort de tener problemas más simples (fuera del temor a contagiarme), como comprar más verduras, leche, huevo y atún. Como convivir en esa esfera con otro ser vivo. Como mantenerme activa. Supongo que necesitaba esa pausa forzada para no sentirme culpable de tomarme un tiempo. Necesitaba tomar una pausa.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas

Deja un comentario

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s