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HOSPITAL INCURABLE / Por Adrián Lobo

Como quizá pueda usted imaginar, un hospital es un sitio muy especial. Una enfermera española, exitoso personaje de las redes sociales y los medios de información además de autora de libros de gran venta (la Enfermera Saturada) relata que la directora de una escuela de enfermería le daba todos los años, al iniciar los cursos, un pequeño discurso a las alumnas de nuevo ingreso y finalizaba diciendo algo como: “…les doy la bienvenida a un asiento en primera fila para contemplar la condición humana”.

Eso es, ni más ni menos, lo que tenemos aquí. Un lugar donde, como dice un anestesiólogo en redes sociales: “No todo lo positivo es necesariamente bueno, ni todo lo negativo es necesariamente malo”. Un lugar que para funcionar requiere del trabajo de muchas personas realizando las actividades más diversas. Hay, por supuesto, médicos de las diversas ramas de la medicina, enfermeras que practican su profesión desde las formas más elementales hasta las más especializadas y psicólogos. Hay también desde luego personal que realiza tareas administrativas, de lavandería, de cocina, de nutrición, limpieza, vigilancia, trabajo social y de diagnóstico; técnicos de rayos x, tomografía, mastografía, colposcopia, ecografía y análisis de laboratorio. Camilleros, de lavandería, de transportes, de mantenimiento, ingeniería biomédica y tal vez algunos más que al momento escapan de mi memoria. Incluso actualmente un hospital necesita contar con asesores en materia legal. 

Creo que pocos organismos sociales tienen organigramas tan complejos como una institución de salud de este nivel, aunque por supuesto, como suele suceder, hay situaciones que no recoge ningún manual ni esquema pero como ocurren en el trabajo diario pues hay que actuar de alguna manera, aunque pueda parecer un poco extraña, así es como en nuestro H.G.D.A.V. los tanques de oxígeno los gestiona el personal de transportes. ¿Y por qué? ¿Suena lógico? Yo creo que no. Pero como son ellos quienes los llevan a rellenar con el proveedor pues se les adjudicó ya de una vez todo su manejo, de modo que si en algún servicio se requiere cambiar un tanque vacío por uno lleno hay que ir a la oficina de transportes. En fin. Y hablando de niveles, este hospital al que me refiero está clasificado como de segundo nivel, lo cual quiere decir que cuenta con las especialidades médicas básicas o más comunes y servicios de diagnóstico auxiliares como los de imagen y laboratorio clínico. 

Si a la natural complejidad en su organización le agregamos que hay de por medio un sindicato, la situación se complica un poco más. Verdaderamente estar al frente de un nosocomio como éste donde trabajo suele ser una labor titánica. Y eso que en realidad no es tan grande, calculo su capacidad en alrededor de doscientas camas. Detallar o analizar la forma en que se coordinan las diversas áreas para lograr su correcto funcionamiento es algo que escapa a mi entendimiento sin mencionar que muchas veces para mí esto se logra por algo que me ha dado por creer que es poco menos que un milagro.

Sólo mencionaré un aspecto que me resulta curioso pero que refleja el espíritu mayormente altruista y humanitario que motiva a los profesionales de la salud, sobre todo en los hospitales públicos y de asistencia social. Como es lógico pensar y como casi todos los organismos sociales, un nosocomio internamente se divide en diferentes áreas o departamentos a las cuales, en donde se atiende pacientes, se les llama “servicios”. Tenemos por ejemplo el servicio de urgencias, el servicio de medicina interna, servicio de traumatología, etc. Desconozco si es algo formal o es una denominación coloquial pero para mí  es justa y precisa, es un recordatorio permanente de lo que aquí hacemos; no vendemos salud, no vendemos medicamentos ni terapias;  brindamos atención y cuidados, damos un servicio a quien lo necesita. Para mí eso es fuente de inspiración. Otro tanto sucede con el término “guardia”, para referirse a la jornada laboral. Nos da a entender cómo el personal está atento, vigilante, listo para entrar en acción a la primera señal de alarma y salir a defender la salud y en última instancia la vida de las personas que llegan en busca de ayuda.

Si éste fuera un mundo ideal, los hospitales no serían públicos ni privados, precisamente por las situaciones indeseables que cada escenario implica. Perteneciendo al ámbito gubernamental se involucra inevitablemente la política, actividad que de por sí suele ser nefasta. Siendo de carácter privado se privilegia la situación económica, lo cual dificulta el acceso a estos servicios por la mayoría de la población. Y debo mencionar que cuando en un hospital o clínica privada de Oaxaca se llegan a complicar los procedimientos que realizan, los pacientes suelen terminar… ¿adivina usted dónde? Pues en este humilde hospital público que en primer lugar trataron de evitar. Por increíble que parezca así es.

Recuerdo ahora el caso de un paciente que necesitaba una cirugía y en el hospital privado al que acudieron buscando la atención, la cuenta, nada más por la operación, estaba presupuestada en varios cientos de miles de pesos, a lo que seguramente habría que sumar el costo del tiempo de hospitalización requerido, medicamentos y alguno que otro concepto. La familia entonces, si bien al parecer tenía ciertos alcances en lo económico, buscó alternativas. La mejor que encontraron fue recurrir a nuestro humilde Hospital Civil, aunque con la salvedad de llevar a su propio neurocirujano. Es relativamente común esta práctica de facilitar el uso de instalaciones, material y personal a médicos externos (“Abierto al H. Cuerpo Médico”, como solían decir en algunas clínicas), seguramente a cambio de un pago o como una cortesía profesional, aunque eso es menos probable. Pues bien, resulta que de esta manera el costo del procedimiento, los honorarios del médico, fue sólo el 10% de lo presupuestado en el hospital privado, es decir, que solamente fueron algunas decenas de miles de pesos. He oído de inflación e hiperinflación, pero eso me pareció ridículo.   

Hay una estadística (me disculpo por no poder citar la fuente, pero juro que la vi publicada en algún sitio) muy interesante que en resumen muestra que la mayoría de las quejas de personas que se atienden en la práctica privada son relativas a tratamientos deficientes y diagnósticos errados. Mientras que dentro de la salud pública el grueso de los reclamos se refieren a las malas maneras en el trato con los pacientes y sus familiares. Es decir que por un lado a uno lo miman pero no lo curan y en la otra lo curan pero no lo miman. Estoy indeciso, no puedo inclinarme por una opción entre decir que es curioso o decir que es lo más natural. Esto debido a que no es  infrecuente que ocurra que un paciente que se atiende en la práctica privada sea sometido a procedimientos innecesarios, o al menos no estrictamente necesarios, meramente por una cuestión económica.

Pero es preciso poner mucha atención en este punto, en ambas modalidades pueden encontrarse médicos excelentes en todos los sentidos, y otros más que lo son un poco menos en todos los aspectos también. Y debo decir que casi todos, o bien muchos, de los médicos que trabajan en el sector público, no únicamente en los S.S.O. sino en el ISSSTE o en el I.M.S.S. también, trabajan a la vez en la práctica privada (en “la priva”, como dicen ellos). En una ocasión acudí a la consulta privada de un médico y al final, cuando ya nos despedíamos, fue él mismo quien sugirió que en adelante podría atenderme en su consulta en el H.G.D.A.V. Creo que son pocos los que exclusivamente están ya sea en lo público o en lo privado. 

Los hospitales deberían ser instituciones sin fines de lucro que se mantuvieran mediante la gestión de un patronato encargado de conseguir el financiamiento requerido. Por cierto que nuestro viejo y querido Hospital General “Dr. Aurelio Valdivieso” tiene uno, del cual nos encargaremos después.

Confieso sin ninguna vergüenza que un sueño que tengo es hacer realidad un hospital como el que mencioné líneas atrás. Me gustaría convocar, y sobre todo convencer, a grandes potentados de este país y de otras partes del mundo también, para aportar capital. Captar donaciones de insumos, de materiales, convocar a voluntarios y ofrecer un servicio de calidad por un pago simbólico e incluso discrecional. Me imagino exponiendo la idea a algún millonario presentándola como un negocio único en el mundo, donde a cambio de su dinero obtendrían la incomparable sensación de tener la gratitud de muchas personas que en sus oraciones invariablemente pedirían las más grandes bendiciones para ellos.

Incluso ofrecería para quienes mostraran mayor generosidad poner su nombre al lugar o a algunas de sus áreas. Imagine usted un día decir: “Fui al Hospital General Ing. Carlos Slim Helú”. O que alguien le platique un día, “Me operaron en los quirófanos Lic. María Aramburuzábala Larregui”, o tal vez pueda un día leer: ”… el curso se llevó a cabo en el auditorio de usos múltiples Lic. Alfredo Harp Helú”. O por ahí se podría escuchar: ”… el lactario William Gates III”. No sé. Quizá si no yo, alguien tenga la capacidad de materializar la idea algún día, en algún lugar.

El asunto es que siendo un lugar así todo un microcosmos ocurren situaciones que pueden sorprender grandemente a propios y extraños, muchas de las cuales he atestiguado, conozco de primera mano o me han sido referidas por fuentes por demás confiables.


Adrián Lobo |adrian.lobo.om@gmail.com| hospital-incurable.blogspot.com | facebook.com/adrian.lobo.378199

Hospital incurable
En un rincón de este planeta, llamado Oaxaca, existe un sitio llamado «Hospital General Dr. Aurelio Valdivieso». Toda mi vida ha estado ligada a este lugar porque resulta que fue ahí donde vine al mundo. Resulta además que casi la mitad de mi familia del lado materno trabaja o ha trabajado ahí y ahora yo mismo. El ilustre juchiteco Dr. Aurelio Valdivieso es para mí entonces como un remoto pero omnipresente ancestro y el hospital que lleva su nombre como un segundo hogar, con todas las contradicciones, orgullos, vergüenzas, satisfacciones, gratitudes y rencores que eso implica. Representan para mí, el sitio mismo tanto como el nombre, una especie de legado o destino que me ha enorgullecido y del que he renegado por igual y del que en ocasiones he deseado distanciarme sin haber podido nunca lograrlo.