Militarización en México (IV)

Jim Greenhill

(Una Nueva Guerra vieja)
Fernando Montiel T. /@FMontielT

Más allá del etnocentrismo nacional, esa idea —correcta y equivocada al mismo tiempo— que lleva a juzgar todo lo que ocurre en México como único, inédito, diferente y especial, el fenómeno de la militarización en nuestro país se inscribe en una tendencia global que lejos de ser la excepción, ha sido la norma en al menos las últimas tres décadas: Las Nuevas Guerras.

1. Antecedentes: Guerras hay de varios tipos

Pero para hablar de guerras nuevas es menester agotar las guerras viejas, en sus límites e incapacidades en una síntesis un poco apretada.

El concepto de Guerras Totales —esto es comprometer la totalidad de los recursos disponibles (económicos, políticos, diplomáticos, industriales, humanos, militares, etc.) al esfuerzo bélico— comenzó a resquebrajarse con la Primera Guerra Mundial. ¿Y qué fue la Primera Guerra Mundial? El inicio del fin de las tradicionales guerras aristocráticas europeas. La invención de las armas químicas, de la ametralladora y el uso de las trincheras hizo imposible seguir practicando la matanza como el deporte de nobles que siempre fue: las pérdidas sencillamente eran demasiado elevadas.

Las cosas y el mundo, evidentemente, estaban cambiando.

Y entonces lo que comenzó a fracturarse a principios de siglo XX finalmente se partió por la mitad —en el doble sentido del término— en 1945: agosto 6 y 9, Hiroshima y Nagasaki, y con las tragedias, el inicio de la Guerra Nuclear como una posibilidad. Un concepto diferente con el mismo destino que el de Guerra Total: el basurero de la historia.

Las Guerras Totales, que fueron posibles durante la Edad Media y el Renacimiento europeos, en tiempos de la Guerra Nuclear se convirtieron en sinónimo de suicidio. La Doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD por sus siglas en inglés: MAD = Locura) trajo consigo una garantía: la derrota nuclear de los unos, sería la derrota nuclear de todos. Y entonces fue así como, más allá de la guerra psicológica, militarmente, las armas nucleares estratégicas (no así las tácticas) se convirtieron en obsoletas como herramientas de uso militar más allá de la disuasión.

Y entonces cobró relevancia un ramillete de conceptos paralelos: Guerra Limitadas sería lo que tendrían ahora las potencias entre sí, Guerras Locales sería lo que habrían de desarrollar entre sí los pueblos en los territorios colonizados y Guerras Irregulares es el término con el que se comenzó a definir los choques armados cuando los combatientes eran civiles contra ejércitos formales (choques que en el periodo 1945-1975, con frecuencia, eran resultado del anhelo de independencia ante la caída lenta, gradual y sangrienta de las antiguas potencias coloniales: Francia, Inglaterra, Alemania…)

Pero este concepto de Guerras Irregulares fue un término paraguas que incluía, entre otros, a las Guerras de Contrainsurgencia —para debilitar a los demócratas contra la tiranía o a los independentistas en los dominios coloniales propios—, a las Guerras de Proinsurgencia —para debilitar a las potencias enemigas haciendo fuerte a los independentistas en sus colonias— y las Guerras anti-terroristas —para cazar a los osados que se atrevían a llevar el horror de la violencia al territorio, al centro y al corazón de la potencia en cuestión.

En conjunto, el horror: Eritrea, Mozambique, Argelia, Angola, Grecia…

Mucho de todo esto ocurrió y se mantuvo debidamente afectado y maquillado bajo la lógica bipolar del Capitalismo contra el Comunismo hasta el fin de los años ochenta. Pero entonces cambió el mundo otra vez: fin de la Guerra Fría, desaparece el maquillaje y los conflictos surgen como lo que siempre fueron: algo diferente a lo que el fanatismo simplista, maniqueo e ideológico del Comunismo vs. Capitalismo los hizo parecer.

Estalla la guerra entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorno-Karabaj.

Estalla la guerra en la ex Yugoslavia en los Balcanes.

Estalla la guerra en Daguestán, la crisis en las Osetias y en todo el Cáucaso en general

Estalla pues, la guerra en mil lugares más.

Algo ha cambiado.

2. Las nuevas guerras: ¿Y ahora?

De acuerdo con fuentes en el terreno la guerra que inició en Afganistán en 2001 como respuesta al atentado del 11 de septiembre rompió un record: 90% de las víctimas de la violencia fueron civiles Y con ello, un hecho inédito en la historia: en los nuevos tiempos, en áreas de conflicto armado resulta más seguro ser militar que civil. Y poco antes, en la guerra de Chechenia de 1999 se documentó el uso y el abuso de los comandantes militares rusos, quienes montados sobre los galones de su jerarquía disponían de su tropa rentándola al mejor postor para hacer negocios. ¿Con quién? Con amigos militares, amigos civiles, a enemigos oficiales, a delincuentes, en realidad, a quien fuera que tuviera lo suficiente para pagar. Y todavía antes de eso, el uso tan masivo y sistemático de la violación como instrumento de guerra en Bosnia-Herzegovina, en Croacia y en Serbia por prácticamente todas las facciones consiguió horrorizar a un mundo que pensaba que lo había visto y vivido todo en las guerras coloniales, las guerras mundiales, las guerras de independencia, la guerra fría, las guerras locales y las mil y un variantes de guerras irregulares.

Sí, algo había cambiado.

Mary Kaldor, profesora de la London School of Economics supo qué es lo que había cambiado: las “nuevas guerras” —como les llamó en su libro Las nuevas guerras: violencia organizada en la era global (Tusquets, 1999)— se caracterizan por una combinación de guerra —entendida en el sentido tradicional—, crimen organizado y violaciones masivas a los derechos humanos. Es decir: en los tiempos de la violencia globalizada, a diferencia de lo que ocurría históricamente, estos tres factores no son resultados secundarios del conflicto armado, sino que son su esencia misma. Y esta dinámica destructiva —dice Kaldor— se construye al mismo tiempo en el espacio local que en el global, desdibujando en el proceso la frontera entre lo público y lo privado, entre lo militar y lo civil y entre lo legal y lo ilegal.

La gestación del modelo de las Nuevas Guerras permitió, de súbito, entender mucho mejor el fracaso en los procedimientos de prevención de la violencia, de manejo de conflictos y de construcción de paz. Expresado de un modo sencillo: la realidad del conflicto violento cambió tanto y tan rápido que las estructuras estatales encargadas de su atención de pronto fueron obsoletas al estar articuladas en lógicas propias de la gestación de los estados nacionales del siglo XVII —con la paz de Westfalia— y aderezadas con disposiciones del siglo XVIII producto de la Ilustración —la Declaración de los Derechos del Hombre, etc.— y sus correlatos globales: las guerras de independencia en Estados Unidos y América Latina, y todo lo anterior influido por ecos de los pensadores clásicos de la teoría política: de Maquiavelo a John Stuart Mill, pasando por Hobbes, Locke, Montesquieu y todos los demás.

En breve: gobiernos construidos con ideas y estructuras del siglo XV hasta el XIX para atender conflictos violentos armados y globalizados en el siglo XXI. En otras palabras: la violencia como un vino nuevo a ser contenido por estados como odres viejos.

Y México no fue la excepción.

3. México: Una Nueva Guerra vieja

30 años ha de todo esto, y en México apenas se empieza a entender. La militarización en nuestro país debe ser estudiada en este contexto y no como un proceso estrictamente sui generis: puede ser nuevo —y ya ni siquiera lo es tanto— para nosotros, pero no lo es para el mundo. Salvo en algunos nichos académicos y un par de organizaciones de la sociedad civil, el grueso de la población y del gobierno sigue obsesionado con un nacionalismo no cosmopolita —que se antoja anacrónico— y con la historia oficial: para ellos, México es un referente de sí mismo, tiene que aprender de su propia historia y nada más. No hay —y si los hay, parecen marginales— esfuerzos por aprender de otras latitudes y de otras historias; no hay —y si los hay, parecen curiosidades— esfuerzos por tratar de entender nuestra realidad con la del mundo; y no hay —y si los hay, con frecuencia se le ven como excéntricos-— intentos por destacar qué exactamente y cómo exactamente se pudo prevenir la violencia ahí donde efectivamente se logró: ahí está el caso de la Misión de Paz de las Naciones Unidas en Macedonia 1995-1999 (UNPREDEP por sus siglas en inglés); ahí está el caso de la Operación Alba en Albania en 1997; y todavía más pertinente para el caso de México ahí está el Grupo de Apoyo Civil Policial de las Naciones Unidas (UNPSG) en Croacia en 1998.

Las fuerzas armadas militares sin duda tienen un papel que desempeñar para la pacificación en México, pero deben cambiar: sus lógicas, sus mandos, sus usos y costumbres, sus estructuras, su organización, su educación, su entrenamiento, su interacción con la sociedad y su concepción de sí mismos en el mundo globalizado. No pueden —si quieren ser parte de la solución y no del problema— seguir con filosofías de hace dos siglos, con estructuras de hace cien años, y con ópticas de su deber más propias del siglo XX que del siglo XXI. De lo contrario están condenadas a rendir a la sociedad los mismos saldos que rendían las cruzadas en la Edad Media a quienes las padecían, pero con una diferencia: tasas incrementadas de brutalidad.

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