Metáforas de la migración (El dolor de los otros)

Pido la palabra
Involucramientos y diversidades
Por Vica Rule

Como en ningún momento de la historia de la fotografía, hoy las imágenes registradas por ella son solo la captura de un fragmento congelado de la realidad. La realidad vertiginosa y desbocada de nuestros tiempos. El tránsito del dispositivo analógico por el digital es representativo del cambio acelerado de época, la fotografía entonces debería, entre otras cosas, transmitirnos las ausencias y los vacíos evocados por ese fragmento recogido por la lente del artista. 

La saturación de fragmentos o de imágenes capturados por nuestros dispositivos y ordenados en nuestros archivos no completan el paisaje o cuadro total del fragmento. El lector o espectador de la fotografía contemporánea tiene que hacer un ejercicio de memoria e imaginación porque sólo desde la propia memoria individual y colectiva, en maridaje y convergencia con la imaginación de los sentidos, es posible completar esas partes ausentes.

El testigo de la imagen es, en cierto modo, un lector que interpreta las metáforas del fragmento. En el caso particular de las colecciones fotográficas de Olivia Vivanco quien estudió Licenciatura en Comunicación Gráfica y Maestría en Artes Visuales  en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM y actualmente es docente en varias Universidades, tenemos que interpretar las mudanzas y las migraciones de la población haitiana por diversos lugares de nuestro continente; en las ciudades de México, Tijuana y, más recientemente, en la de Santiago de Chile.  

El lector de sus imágenes, a través de todos los sentidos y no solo de la capacidad visual sino de las posibilidades olfativas, auditivas y táctiles, puede completar lo que la imagen evoca; llenar ese vacío y hacer tangible esa ausencia. Reflexionar sobre el significado y funcionamiento de sus metáforas. Sólo así podemos escuchar los gritos y las consignas de la multitud indignada; las voces y la rabia que reclaman justicia; podemos entender y simpatizar con la convocatoria a la rebeldía y la desobediencia civil contra los poderes autoritarios. 

El infinito y la mirada del otro

La fotografía sobre Joanne Florvil tomada de un cartel propagandístico en las calles de Santiago de Chile por Olivia Vivanco, nos permite conocer el caso lamentable de esta ciudadana haitiana residente en esa ciudad. Su tragedia es el registro de otro tipo de metáforas. En lo particular de Joanne lo es de la incomunicación, los silencios y la insensibilidad frente a la tragedia de los otros, de la normalización de la tragedia visibilizada en el fenómeno migratorio en Haití y Centro América.

La condición de la mujer haitiana en migración a ciudades como Santiago de Chile o Tijuana en el norte de México se enfrenta a varios niveles de marginación y desigualdad social. Marginación multiplicada por el hecho de ser mujeres migrantes en un país del que desconocen su idioma y tienen que enfrentarse a la brecha tecnológica y educativa, a la precariedad laboral, a la inseguridad pública y, muchas de las veces a la falta de una política de atención del fenómeno migratorio por parte de las autoridades chilenas.  

Los acontecimientos de aquel 30 de septiembre del 2017 en Santiago de Chile que ocasionaron la muerte de Joanne Florvil mostraron la falta de protección de los derechos humanos de las mujeres migrantes haitianas y, lamentablemente, de la población infantil que las acompaña. ¿Quiénes son los responsables de su muerte? ¿Cómo entender la existencia actual de ese tipo de racismo? ¿cómo podemos aceptar un racismo institucional que condena a prisión y ocasiona la muerte de una mujer por el simple hecho de serlo, por ser mujer negra y migrante? 

Desde luego, la fotografía no proporciona una respuesta sobre los acontecimientos de la realidad es cierto, pero, de algún modo, abre una interrogación, una especie de paréntesis para ser llenado por quien la mira y por quien abre sus sentidos a la tragedia de los otros; mirar en el otro, a través de la fotografía, el infinito de cada ser humano.

El infinito de imaginar al Otro, y a partir del caso de Joanne, es entender que ella representa las vidas de muchas mujeres migrantes que cuidan y se preocupan de sus hijas en un medio poco hospitalario; en viviendas improvisadas y compartidas con otros migrantes. A pesar de esas condiciones adversas, las mujeres haitianas en migración cuidan y protegen a sus hijos, les proporcionan juguetes, alimentos y ropa. La transparencia de la mirada y la sonrisa de Joanne Florvil registrada por Olivia Vivanco es un fragmento de la luz que se apagó en la oscuridad de ese encierro. 

Archipiélagos o soledad común

Entender la actividad de la fotografía como una metáfora ausente que invita a quien la aprecie a imaginar ese significado no dicho o registrado es una de las paradojas existentes en este arte. Lo que implica que el lector o espectador de la fotografía es, irremediablemente, cómplice del acto voyerista. Al verla toma conocimiento de las alegrías y del dolor de los otros; nos hace contemporáneos de los horrores del pasado y del presente. Sobre todo, con aquellas fotografías que registran las violencias estructurales de cada época. Ante el registro fotográfico nadie es inocente ni neutral. De alguna manera, la fotografía hace que todos seamos coautores de las guerras llevadas a cabo por nuestra civilización. 

Si la fotografía contemporánea es el museo colectivo de los horrores cometidos, también lo es de los demonios interiores como el solipsismo y el narcisismo colectivo actual que significa una renuncia y huida de la realidad. Nuestra tecnófila global simbolizada en la utopía o la contra utopía de Silicon Valley nos arroja por voluntad propia a la soledad común y a un autoexilio voluntario. Lo más lamentable: al olvido de los Otros y de los seres más próximos y queridos. ¿Es, entonces, la fotografía el ejercicio testimonial de nuestro desbocamiento civilizatorio o del colapso sistémico?   

El escenario de una época dominada por el ejercicio de las selfis, la sobresaturación de la imagen virtual sobre la dimensión fáctica de la existencia parece condenarnos a ser prisioneros de nuestros propios deseos. La incapacidad actual de reconocernos más allá de la particularidad e individualidad, de pensar el mundo actual desde lo colectivo y de lo comunitario nos arroja a la renuncia del núcleo ético que nos constituye como especie humana. 

Esa incapacidad de abstraernos fuera del espacio dominado por la lógica de la técnica, del Mercado y los capitales transnacionales nos condena a ser prisioneros de un Súper Yo, en menoscabo de un Yosotros. Los habitantes actuales de la aldea global tenemos algo de la enfermedad de Funes, el memorioso: el aislamiento y la incomunicación en un mundo híper comunicado, el silencio expansivo en un mundo estruendoso, la sobresaturación de la memoria a partir de la sobreinformación y de la desnaturalización de la verdadera memoria. Prisioneros en ese laberinto, el ejercicio de un arte fotográfico que tiene como referente al Otro y a sus realidades contribuye a pensar lo imposible: encontrar un espacio habitable en un mundo que, cada día, parece más inhabitable.