Lady Lazarus: la inmortalidad en una pluma rota

Para la mayoría de los escritores, la palabra es un un lugar seguro al que acuden en los momentos más desesperados, dolorosos y sobre todo, lo más oscuros. Entre el 18 de febrero de 1960 y el 4 de febrero de 1963, Sylvia Plath escribió de manera incansable una serie de cartas que, a la distancia, no reflejan su estado de ánimo ni el hecho de que después de enviar la última, se suicidaría. La poeta era una gran corresponsal: escribía con auténtica sinceridad, emoción y cuidado a sus amigos más cercanos. Lo hacía, en un intento de crear y construir un mundo que sólo tenía sentido a través de sus fantasías levemente edulcoradas sobre la vida domésticas. 

En las misivas que envió a un buen número de sus amigas y a su ex psiquiatra Ruth Beuscher, Sylvia parece feliz, exultante. Una madre joven y una escritora enamorada de su oficio, que dedicaba buena parte de su tiempo a construir una versión de la realidad basada en la poesía. “Soy poeta antes que cualquier otra cosa” insiste en una carta a Beuscher. “Antes que la esposa modélica, la madre amante. Soy poeta y eso me enfurece, me salva la vida” agrega, en lo que sin duda es una descripción durísima pero franca sobre su manera de ver el mundo. “La poesía es una voz dentro de otra más profunda” añadió en una de las últimas cartas a su ex psiquiatra “No hay amor ni odio tan profundo, como la libertad que te brinda un verso”.

Con todo, Plath también describió de manera muy clara y directa sus años de sufrimiento. Lo hizo, quizás sin saberlo, en medio de la maraña de medias verdades que describía su vida de mujer casada como una gran celebración a su naturaleza “que comprendía el amor como una parte misteriosa del mundo”. Para la poeta, atrapada en una relación plagada de infidelidades y desengaños, la verdad y la apariencia de una vida feliz se mezclaban en la necesidad de construir una ficción en la que pudiera habitar con absoluta comodidad. Años después, esas crudísimas y apasionadas cartas serían leídas — y parcialmente censuradas — por el poeta inglés Ted Hughes, marido de Plath y que se dedicaría a la cuidadosa tarea de recopilar su identidad literaria en algo semejante a una gran memoria póstuma. 

Pero a Hughes no lo animaba el amor por su mujer fallecida o incluso, la necesidad de dar a conocer su trabajo incompleto e inacabado, luego de su fallecimiento. Buena parte de las cartas que Beuscher y otros tantos recibieron, eran además descripciones muy duras sobre la vida en pareja del matrimonio, el alejamiento entre ambos y por último, el desamor. Una mirada a una herida abierta de puro sufrimiento emocional y moral en el que Hughes tenía una considerable responsabilidad. “A veces, creo que su frialdad es una forma de señalar mis defectos”, escribe Plath. Y es esa noción sobre la otra vida de la escritora, la que nacía de sus confesiones involuntarias a medio camino entre poemas incompletos y algo más duro, es lo que le sobrevive. El testigo de excepción de su vida, pero también, su obra hilvanada entre cientos de percepciones sobre el sufrimiento secreto que llevaba a cuestas.

Pero, además, Sylvia Plath escribía siempre y de la misma manera. A veces con más sinceridad, otras veces para complacerse a sí misma. Llevó un ininterrumpido y detallado diario desde la adolescencia hasta casi los treinta años, unos pocos meses antes de su muerte. Una apasionada y furiosa narración de su propia vida que abarcó desde sus dolores emocionales hasta sus esperanzas hacia el futuro. Desmenuzó la realidad a través de la palabra, en una obsesiva búsqueda de significado que le llevó años completar. Quizás por ese motivo, el diario abarca buena parte de lo que llamó “su vida a través de la página” y casi nada de la antesala al silencio de la muerte. Para la poeta, la escritura era una forma de sobrevivir, de enfrentarse a la oscuridad y huir de esa nada corrosiva que le persiguió desde muy joven y de la que al final, no pudo escapar.

Plath usó las palabras, a menudo de manera brillante y con un ingenio sensible que aún sorprende, para construir una fachada elaborada y creíble sobre su vida. “Soy la chica a la que le pasan las cosas”, escribió en su diario y después a su madre, con veinte años cumplidos. Era una mañana cualquiera y la poeta, estaba llena de un entusiasmo profundo que impregnaba sus palabras con cierta extraña inocencia “Me he pasado la mañana escribiendo una ráfaga de cartas: de todo tipo, de todos los tamaños: contrito, alegre, amoroso, consolador”. Para Plath, escribir era una manera de controlar la nada, ese espacio sin nombre que la atormentaba constantemente. Sylvia era incapaz de estar sola, de permanecer en silencio y ella misma lo admite “Me aturde la posibilidad de no decir una sola cosa por demasiado tiempo. El mundo deja de existir sino no lo describo, desmenuzo, elaboro a través de todo lo que las palabras pueden brindarme” le insistió a su madre dos días después. Por entonces, la poeta estaba llena de entusiasmo por las buenas críticas que había recibido por algunos textos universitarios y el entusiasmo por la escritura — el oficio de narrar su vida y el mundo — lo era todo.

Como más tarde revelarían el análisis de sus cartas, cuadernos, diarios y poemas, Plath creó una vida a partir de anécdotas inexistentes, otras retocadas para encajar en un paisaje primaveral y por último, algo más parecido a un relato amable sobre su propia vida. ¿Mentía Silvya Plath? En realidad, sería más adecuado preguntarse si esa otra dimensión de su vida — las que palabras sostenían, creaban y elaboraban con cuidadosa belleza — era la idealización de la realidad, un poema dentro de un poema, como solía definir esa compulsión suya por contar a través del verso lo que no podía hacer de otra forma. La mujer deprimida, abrumada y agobiada por todo tipo de situaciones inquietantes, decidió construir un espacio en que la palabra fuera la medida de todas las cosas. Convertir su voz poética en una forma de supervivencia.

Fue la poesía y no otra cosa, la que brindó consuelo a Plath, aquejada de una profunda depresión durante décadas y tuvo que lidiar con heridas emocionales que nunca llegaron a sanar del todo. Sylvia luchó contra la oscuridad y el horror en su mente desde la adolescencia pero también, con una radiante ambición que le permitió construir un universo literario de enorme valor conceptual. Para la poeta — empecinada en continuar creando a pesar de los bajísimos momentos emocionales que padecía, un matrimonio infeliz y sus peores demonios privados — escribir se convirtió en una puerta abierta hacia una noción de sí misma tan poderosa como inevitable. De la misma manera que en sus diarios, Sylvia Plath habló en sus poemas acerca de su empecinada necesidad de vencer el miedo, de continuar a pesar de él, de transgredir la sutil línea de angustia que cercenaba su individualidad y le produjo cicatrices emocionales incurables. 

Como poeta, Plath tuvo la capacidad de asimilar las grietas y abismos de su mente en una elegía personal de extraordinario valor literario. Como mujer, la poeta comprendió el inestimable valor del registro personal, de la mirada fecunda pero sobre todo, la perspectiva del dolor como una forma de arte. Una expiación tardía e incompleta que Sylvia Plath no llegó a comprender en toda su plenitud pero que saboreó durante los momentos más importantes de su vida.

Del brillo de la creación al silencio de la muerte: Las manos abiertas al vacío.

Unos meses después de cumplir la tercera década de vida, Sylvia Plath enfundó a sus dos hijos pequeños en sus pijamas, les llevó a dormir en sus respectivas habitaciones y después metió la cabeza en el horno para suicidarse. Lo metódico, espontáneo, tristemente cotidiano de cada gesto que antecedió a su muerte, fue quizás la mejor manera de comprender el dolor persistente que le acompañó a todas partes. La poeta no dejó cartas de despedida ni tampoco, una sola explicación de por qué tomó semejante decisión. 

Se trató de un acto privado, una ceremonia oculta que Sylvia llevó a cabo con una tristísima delicadeza. Llevaba uno de sus vestidos favoritos, el cabello peinado. También un par de zapatos que había comprado unas semanas antes. Estaba sola, había desayunado. Uno de sus vecinos diría después que un día antes la había visto caminar por la calle, sin que nada pudiera anunciar lo que ocurriría poco después. Una calma plomiza y lenta que intentaba disimular con toda seguridad, la fisura interna, ese encuentro inevitable con el vacío que la llevaría a morir unas horas después.

“Morir es un arte”, escribió en uno de sus diarios, “y yo lo hago excepcionalmente bien”. Nunca mencionó en ninguno de ellos, un deseo expreso de morir o de enfrentarse al terror de la tristeza y la melancolía inevitable a través de la muerte. No obstante, en el lúcido e intenso itinerario de sus diarios, hay menciones esporádicas a un tipo de desesperación aciaga, ambivalente y siempre tenebrosa que le acompaña a todas partes. Plath estaba convencida de que una oscuridad inexpugnable habitaba en alguna región de su mente y trató de imaginarla —poseerla, dominarla— de la misma manera en que intentaba comprender su vida: escribiendo. Por años, Sylvia argumentó contra sus sombras y lo hizo con una precisa convicción del alcance de su paisaje interior, complejo y por momentos inexpugnables. Escribió sobre la vida soñando con la muerte. Asumió la necesidad de describir los dolores y terrores del tiempo y la belleza a través de la poesía.

Y quizás, también escribió sobre la muerte. La propia, la que se anunciaba en el miedo, la que le despertaba cada noche, la que le hizo tomar una decisión limpia y definitiva que la distancia, parece carecer de explicación. Pero nunca lo sabremos: Su ex marido, el también poeta Ted Hughes, confesó que había destruido los diarios de Plath que abarcaban los últimos meses de su vida. Los que, con toda seguridad, contaban el horror de lo cotidiano, la penumbra del día a día. La definitiva grieta entre la realidad y el sufrimiento que empujó a la poeta al desastre. “No quería que sus hijos tuvieran que leerlo (por aquel entonces yo consideraba el olvido como parte de la supervivencia). “El otro desapareció”, admitió en el prólogo de una de las primeras ediciones de los diarios de Sylvia Plath, publicada en 1996. Para Hughes el dolor de su ex mujer —su detallada cronología del desastre— fue tan devastador como el hecho mismo de su muerte o eso insistió, en cada oportunidad que se le cuestionó sobre su decisión de silenciar el último testimonio de Plath sobre sí misma.

No obstante, la voz de Sylvia Plath continuó escuchandose: no sólo en sus poemas —que luego de su muerte fueron encumbrados como un mito poético— sino también en los cuadernos y hojas que sueltas que conservaba el Smith College y que la institución conservó con celo hasta su publicación en el año 2000, de la mano de la profesora Karen V. Kukil, encargada de la sección de libros raros del centro educativo. La edición incluye un recorrido por buena parte de la vida personal de Plath y además, una esmerada revisión a su trayecto como poeta: Desde los dieciocho hasta los veintinueve años, se trató de una travesía a través del alma, el espíritu y el poder creativo de Plath. Una apasionada mirada sobre su vida pero también, una percepción muy clara sobre la singular concepción acerca la muerte de la poeta, que llegó a considerar su depresión como una ceremonia hacia el caos y la pérdida de la conciencia. Una forma de matarse lentamente.

La identidad escindida de Sylvia Plath

La tesis de graduación de Sylvia Plath se basó en el uso del doble (o la duplicidad de la conciencia) en la obra de Fiodor Dostoievski. Toda una declaración de intenciones sobre su percepción dual, ambigua y compleja sobre el mundo. Plath siempre describió su mente como un juego de espejos (y parte de esa percepción puede advertirse en su obra) pero además, una extrañísima conjunción entre los extremos tangenciales de su personalidad. Y es esa fractura, esa comprensión sobre el abismo que comienza en las grietas de la memoria, lo que brinda a su obra una profunda dureza. Una vívida comprensión de los espacios, temores y esperanzas que le animaban a intentar comprenderse a través de la poesía. Para Plath, esa doble visión era más que un recurso creativo. Era una forma de conceptualizar su vida.

La duplicidad la acompañó durante buena parte de su vida. En más de una ocasión, confesó que una parte suya era definitivamente masculina y no dudó en describirla en cada ocasión que pudo. “Soy en parte hombre, y me fijo en los pechos y las caderas de una mujer con el cálculo de un hombre escogiendo a una amante”, confiesa en sus diarios y lo hace con un pulso implacable que sostiene su percepción sobre la ambigüedad. Como mujer, su mirada era aún menos complaciente y podía tornarse definitivamente malévola: “Entro en el juego de la dulce virgen americana, vestida para seducir”, escribe burlándose de la figura tradicional femenina. Lo hace con un desparpajo reñido con cierto resentimiento secreto que de inmediato dirige hacia su propia identidad. “No soy nadie más que esta virgen rota y abandonada”.

Durante dos meses recibe tratamiento y logra recuperarse del impulso suicida. Es entonces cuando la apasionada defensa de su duplicidad se hace más enconada y directa: “Tengo celos de los hombres. Una envidia profunda y peligrosa que puede corroer, imagino, cualquier tipo de relación. Una envidia nacida del deseo de ser activa y hacer cosas, no ser pasiva y sólo escucharlas”. Hay cientos de cuestionamientos en la mirada crítica de Plath sobre su vida, su obra y su futuro. La autocrítica alcanza la dimensión de la agresión, de otra forma de causarse daño y dolor: “¿Puede una mujer autosuficiente, excéntrica, celosa y con poca imaginación escribir algo que valga realmente la pena?, y ¿puede formar una pareja?”, se pregunta abrumada por la necesidad de comprender su talento, el alcance de su capacidad creativa, el silencio posterior.

El largo y angustioso trecho hacia reconciliar los trozos perdidos de su personalidad, continuaron en Cambridge, a donde llegó en 1955 con una beca. “ Busco también un gran amor, peligroso y explosivo”, escribió mientras contaba en apresurados párrafos el mundo universitario, su renovada vocación por la escritura. Poco después, el deseo se haría realidad: en 1956 conoció Ted Hughes un poeta tan talentoso “que le deslumbró y despertó la antigua concepción de los celos” y de quién se enamoró casi de inmediato. En junio de ese mismo año, se casaban y Sylvia Plath encontraba por fin la felicidad con la que soñaba o eso pareció. “Atrás quedan esos días en busca de la satisfacción egocéntrica de conquistar hombres que se iban derrumbando uno a uno”, anotó en sus diarios, asombrada por la radiante sensación de plenitud que el amor le brindó y que años más tarde llamaría “quizás el peor engaño de todos”.

El dolor y la penitencia: La muerte y la pequeña caída en el desastre

Como la misma Plath lo predijo, la felicidad de la pareja no duró demasiado. La rivalidad y competencia entre ambos, la infidelidad de Hughes y la persistente depresión de la poeta, destruyeron de inmediato la convivencia entre ambos. De nuevo, Plath se volcó en sus cuadernos y en su obra, olvidada luego del matrimonio y convirtió el dolor insoportable de la pérdida y el desarraigo en una violenta elegía poética. El sufrimiento le brindó un nuevo impulso, construyó una nueva visión de la poesía y su obra. Publicó sus dos primeros libros, trabajaba en sus segunda novela y de pronto, la oscuridad se tornó en una radiante búsqueda de respuestas a través de la palabra. El 16 de octubre de 1962 escribió una carta a su madre, asombrada por la profunda capacidad de la escritura para el consuelo, para colmar sus ambiciones: “Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa”. Cinco meses después, moriría.

Sylvia Plath vivió y murió obsesionada con sus propios cuestionamientos ¿Para qué es mi vida? ¿Qué voy a hacer con ella? Sus diarios están repletos de análisis durísimos y muy críticos sobre su talento, su forma de comprender la poesía y sobre todo, su trabajo. Había un desasosiego insoportable en su necesidad de construir una hipótesis sobre sus espacios mentales y espirituales que jamás pudo abarcar lo suficiente. Existo y muero a diario, una eterna erosión, insistió varias veces, atormentada por los trozos irreconciliables de su ambición, su trayectoria hacia la muerte, su persistente angustia existencial. 

De las esperanzas de convertirse en escritora se convirtieron en una forma de asumir su peso en el mundo, a la vez que batallaba en la ciénaga de sus dolores privados e inconsolables. Para Plath, la creación era una forma de expresar el miedo y la oscuridad en su interior, pero también un arma que abría heridas mal curadas. Un consuelo que terminó por devastar cada espacio de cordura, cada elemento de su personalidad. Y allí estaba la obsesión con la muerte, la búsqueda insistente de una comprensión de la incertidumbre desde una raíz poética. Siguió escribiendo —al final, era lo único que hacía— y avanzó hacia el miedo hasta quedar reducida a una frágil percepción sobre la realidad. 

La escritura se volvió un arma punzante, necesaria y demoledora. Nunca fue más productiva, nunca tuvo mayor empeño en crear. La oscuridad pareció impregnarse de esa decisión suya de avanzar por espacios destrozados, cada vez más sensibles. Y en medio de los extraordinarios poemas —nunca escribió mejor Sylvia Plath que en medio de la soledad— llegó a convencerse de que la vida sólo podía ser perfecta en la muerte. Únicamente podía ser comprensible en el límite del dolor y del miedo, en la penumbra absoluta.

El 11 de febrero de 1963, Sylvia despertó al amanecer. Despertó quizás pensando en sus poemas, en la necesidad de perfección, en la búsqueda de la belleza inevitable. Continuó pensándolo mientras preparaba el desayuno para sus hijos, mientras ordenaba los pocos enseres de la cocina. Finalmente, la decisión llega. O el valor de llevarla a cabo. Y en la puerta cerrada —los resquicios ocultos— no hay nada más que una sutil redención imposible de explicar. El último verso marchito. La perfección de la muerte en un silencio maldito que se elevó como el último gran poema de Plath.

Autor: Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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