Tres veces Isabell

Sigmund. Unsplash

La razón por la que me contrataron en este bar, como podrán darse cuenta, no es porque tenga una belleza impresionante, ni tampoco porque toque excepcionalmente bien la guitarra. Me contrataron porque tengo una historia increíble qué contarles y también porque puedo acompañarla con un par de canciones, medianamente bien ejecutadas. Voy a empezar con la increíble historia que me dio este trabajo. Pueden creer en ella o hacerme pasar por loca, de cualquier forma, a mí me pagan.

Tres vidas he vivido desde que tengo uso de razón. Ustedes se preguntarán ¿qué tiene eso de increíble? Si desde la religión hasta la ciencia se han conformado teorías en las que el ser humano deja de ser mortal. Los budistas proponen la reencarnación, la física los universos paralelos y la religión católica la vida después de la muerte. A la luz de estas teorías mi historia parecería haber perdido todo su interés, pero lo sorprendente de mi historia es que recuerdo con lujo de detalles cada una de mis vidas.

No sé que tienen las flores, Llorona
Las flores del camposanto.
No sé que tienen las flores, Llorona,
Las flores del camposanto

I

Qué cuando las mueve el viento, Llorona
Parece que está llorando
Que cuando las mueve el viento, Llorona
Parece que está llorando

En mi primera vida yo fui menos que pueblerina. Me nombraron Pacayeliztli Caualtzin y fui una niña que jugó a las escondidas, a las atrapadas, a los encantados. Crecí entre los maizales y aprendí que, si sabemos escuchar, la naturaleza nos habla, nos advierte; ella conoce nuestro futuro, nuestro destino, nuestra suerte y nuestro infortunio. Recuerdo perfectamente bien cuándo y cómo asimilé esta lección.

En aquella época, época de grandes feudales, había más campos de siembra que casas, las únicas construcciones hechas de piedra eran las de los señores, dueños de las tierras que todas las familias sembraban. Mi familia se encargaba de algunos maizales que le pertenecían a los Condes de Calli Máitl. Esas tierras colindaban con la casa grande, así que, por alguna razón mi nantli me hacía jugar, todo el día, con la hija de los condes y aquel día, no fue la excepción.

 La niña y yo jugábamos en un terreno recién preparado para la siembra, era un día lleno de sol, parecía que a Tònatihu le complacía vernos jugar con la tierra, saltaba y, al igual que nosotras, se escondía, él tras las nubes, para que nosotras lo encontráramos. De escondite en escondite llegamos a las tierras que lindaban con el altísimo maíz, la niña corrió para adentrarse en el maizal y esconderse de Tònatiuh, yo corría tras ella muy de cerca y cuando estuvo a unos metros del maíz, un fuerte viento vino a nosotras y fue entonces cuando lo escuche, por primera vez lo escuche, murmuró a mis oídos que no debíamos entrar. El maíz nos gritaba “vete”, “aléjate”, lo escuchaba una y otra vez, el viento esparcía la voz del maíz, la traía del interior de la milpa y la dejaba descansar en mis oídos, por alguna razón la niña no escuchó.

La vi perderse entre el maíz y tuve el impulso de seguirla, pero mi tajtli siempre me ha dicho que no debo desobedecer a Cintéotl quien nos habla al hacer pasar el viento entre sus hojas. Me detuve al borde, justo donde comienzan los maíces altos, sus hojas no dejaban de gritar “vete”, tan claro y fuerte que me ensordecía. Tònatihu ya había bajado, buscando a la niña, podía ver sus rayos entre los surcos, buscando, tratando de encontrarla, pero nada.

Niña, vuelve-le gritaba- Cintéotl está enojado, no entres más.

Todo intento fue fallido. El viento se detuvo de tajo, cayó un relámpago en seco, me quedé petrificada y escuché sus risas que pronto se convirtieron en carcajadas, era él. Mi tajtli me había advertido de su presencia, pero no le hice caso, ese día, escuché su fiera voz diciéndome:

-Tus días felices terminaron, ahora solo viene miseria.

Sin poder moverme aún, las lágrimas comenzaron a recorrer mi rostro, al fin salí de ese trance, llorando corrí a mi casa y avisé lo sucedido.

Cinco lunas y cinco soles buscaron en todas las tierras de los condes a la niña, pero nunca volvimos a verla. Después de eso los señores nos echaron de sus tierras, pensando que yo había perdido a su hija. Cuánta razón tuvo Tezcatlipoca. Al dejar nuestro hogar, esas tierras que le habían pertenecido a los nuestros desde hace añales, lo único que nos siguió fue la miseria.

Nos fuimos a vivir a las orillas del pueblo, en una casa que un buen señor le prestó a mi tajtli, a cambio de que le cuidara a los caballos, los alimentara y mantuviera limpias las caballerizas. No más aire, no más maíz, no más tierra, con el tiempo me olvidé de escuchar la voz de la naturaleza. Los años se me fueron en limpiar caballerizas, tender camas, hacer comida, atender caballos.

A la edad de quince años fue cuando lo conocí, venía en una caravana que cada determinado tiempo se establecía por unas semanas en las tierras del prestamista del pueblo, al parecer les cobraba por día su estancia, nada barato, como todos en el pueblo sabíamos. Estas personas hablaban español y otra cosa que yo no entendía y que no le había escuchado a nadie más. Sacaban lo de su estancia ofreciendo espectáculos al pueblo, hacían malabares y magia. Reconozco que el simple hecho de verlos ya entretenía. Trajeaban ropas y hupiles confeccionados de telas brillantes y los adornaban con pequeños círculos de metal que colgaban por todo el filo de sus ropas. Su español era confuso con un tono que a veces no te dejaba entender qué querían decir, en el pueblo todos les temían, los tachaban de chamanes oscuros y su lengua no ayudaba a desmentir el chimizcolli. En fin, así eran ellos, misteriosos como todo lo que viene de más allá del ancho mar.

Lo conocí un día en el tianguis, mientras compraba flores de calabaza y huitlacoche para hacer tlaxcallis rellenas. Se acercó a mí y pregunto con voz gruesa: ¿qué llevas ahí? Me tomó por sorpresa su acercamiento y como mi tajtli ya me había advertido que no me acercara a ellos, salí con toda prisa del tianguis sin dirigirle siquiera la mirada. Para mi sorpresa él fue tras de mí y decía palabras que no podía comprender, de pronto me detuvo, obstaculizándome el paso y me enseño un payatl pequeñito y muy bonito. Supuse que quería dármelo, me negué, no podía llegar con el regalo de un chamán a mi casa. Insistió tanto que lo tomé, lo puse en el tenate y me fui.

Así terminó el primero de muchos encuentros que tuvimos después de aquel bello obsequio. Salía a escondidas y con cualquier pretexto para verlo, comenzamos a entendernos y me contó sobre los lugares increíbles que había visto y que quería llevarme a conocer. Yo jamás había salido de mi pueblo soñaba con aquellos lejanos parajes. Por supuesto no tenía muchas esperanzas, mi tajtli jamás daría su bendición para una unión así. Pero con el paso de los días me convencía más y más. Tomé mi decisión cuando me dijo que su gente tenía que partir y él con ellos.

Un día alguien le fue con el chimizcolli a mi tajtli y cuando llegué a casa esa noche, me dio tantos tzotzona que no pude levantarme al otro día. Me advirtió que si seguía viéndolo ya no sería más su hija y que me mataría si perdía mi chipauayotl. Así fue como aquella mañana el viento se detuvo de tajo, cayó un relámpago en seco que iluminó todo el cielo y yo me uní a ese tetlapaloani en santo matrimonio en una especie de rito-conjuro que tenía mucho de chamanería y del cual no entendí nada.

Al atardecer, el pueblo de mi nuevo esposo recogía sus cosas de valor, las montaba en sus carretas y partimos uno a uno. Mi tajtli, corrió hasta la carreta donde yo iba, empuñaba el machete con el que cortaba alfalfa, me tomó por el cuello y dijo:

-Aquí se murió mi siuakonetl, hoy te entrego a mi Tlali Nantli.

Así fue como morí la primera vez, repudiada y maldecida por mi padre, por mi pueblo, por mi sangre, por mi origen.

Tápame con tu rebozo, Llorona
Porque me muero de frío
Tápame con tu rebozo, Llorona
Porque me muero de frío

II

El que no sabe de amores, Llorona
No sabe lo que es el martirio
El que no sabe de amores, Llorona
No sabe lo que es el martirio

En mi segunda vida fui gitana. El día de mi boda, con un pacto de sangre selle el compromiso con mi esposo y con los nuestros. Él eligió para mí el nombre de Yafit. En la vida de una mujer como yo, una gitana como lo era yo, no importa qué o quién se fue antes del matrimonio, una vez casada, estás consagrada al deber de la esposa, de la carpa y de multiplicaos en este mundo, que es un deber sagrado para los nuestros. Es por eso por lo que mi segunda vida comienza a los quince años, cuando me casé, antes de eso nada recuerdo y nada importa.

La vida en la comunidad gitana se rige por una serie de costumbres que deben llevarse a cabo, con todo el rigor posible, es por eso por lo que, estas costumbres, son minuciosamente transmitidas de padres a hijos y de madres a hijas. Desafortunadamente yo era huérfana de padre y madre y no hubo quien me enseñara la antigua usanza. Pero estaba dispuesta a aprender de mi soacrâ todo lo que quisiera enseñarme, pero ella no quería enseñarme nada.

Mi matrimonio con Kavi fue furtivo, no hubo tiempo de que su familia me aprobara o nos diera la binecuvântare respectiva, pero así es el amor, furtivo. Creo que por eso está recelosa conmigo y la única razón por la que me aceptó en su casa fue porque en el momento del matrimonio yo aún era pur. Nada me importaba, estaba con Kavi y viajaríamos por todo el mundo, juntos.

Cada mañana empezaba en sus brazos y terminaba con Kavi enseñándome a tocar la guitarra a rededor de una fogata ante la cual los cantaores afinaban la voz y las otras mujeres bailaban hermosamente. Compartíamos comida y alegría, bueno yo lo compartía con Kavi y él con la familia.

Para nosotros todo es temporal, menos la familia. Vamos de un lugar a otro llevando en nuestros carromatos las pocas pertenencias que tenemos. Al llegar a un pueblo el sef de la comunidad se encarga de negociar algún campo abierto donde podamos levantar el campamento. Aunque ahora todo se transportaba en máquinas de vapor, nosotros nos sentíamos más seguros viajando en grupos de familias y en nuestros carromatos. Una vez instalados cada familia debe ganarse su sustento y cooperar para pago de la tierra. Fue así como me inicié en las artes adivinatorias. Un día Kavi me dijo: Yafit, aquí todos trabajamos para todos, así que debes entrenarte en algún loc de munca para apoyar a la comunidad.

Bien, pues me dispuse a ir al magazín de Jofranka quien muy amablemente se ofreció a instruirme en la lectura de mano, el café y el tarot. Era la única de la comunidad que no veía con malos ojos que Kavi me hubiera desposado. La clase inició con la lectura de mi propia mano.

-Jofranka-pon atención Yafit, siempre debes comenzar a leer la mano derecha de la persona, en ella se encuentra casi toda su vida presente, no por eso es más importante que la izquierda, donde se encuentra el pasado que siempre puede explicarte el presente, dame tu mano derecha-me dijo-. Al comenzar con la lectura, hizo un gesto muy tierno y continuo: comprendo que en este momento te sientas en un torbellino en mar abierto, los caminos de la vida son sinuosos, pero ten por seguro que siempre te conducen a tu destino. Esta mano indica que tu corazón no se siente parte del universo, que sin importar donde estés, pareciera que estas fuera de tu propia vida, esto no debe agobiarte, así se sienten todas las almas trascendentes. Esta línea dice que tienes el don de comunicarte con los elementos, la naturaleza te ha premiado.

Después me pidió que extendiera mi mano izquierda, palideció cuando intentó leerla: eres una mujer sin pasado, sin niñez, sin padres, sin familia, jamás lo había visto.

Finalmente me dio todo tipo de consejos para que los clientes se fueran satisfechos. Para entonces, Kavi, me había comprado un par de trajes para usar y lucir gitana como la que más. En las calles, ganaba bastante argint, las personas me sabían extranjera, pero no maldita. Nuestro pueblo carga el karma de su pasado, un pasado del que no puede ni quiere deslindarse. Una historia que nos tiene vagando por todo el mundo, sin poder ni querer establecernos. Pero la gente, a donde quiera que íbamos, me reconocía diferente. Sin importar cuánto argint ganara, mi pueblo no era mío.

Llevábamos cinco años de casados y no había logrado tener hijos, soacrâ decía que estábamos malditos por no esperar la bendición de sef y de ellos. No importaba qué también hacía cafea, o si podía cocinar berza y merluza deliciosamente, no importaba que mi fama como adivina creciera de pueblo en pueblo, ni cuanta argint ganaba para nuestro pueblo; su pueblo no me quería.

Un día, me armé de valor y le pedí, le exigí a Kavi, mi marido, que nos separáramos de la comunidad que comenzáramos nuestro propio pueblo, le dije: con lo que ganamos nos basta. Kavi me abofeteo tan fuerte que me abrió los labios y dijo que la familia era más importante que cualquier cosa, que, si yo quería irme, me liberaba, pero que jamás dejaría a su familia por mí.

Para entonces yo ya había conocido mil lugares en el mundo, sabía cómo ganar mi propia argint y sabía cuidar de mí misma. Con el corazón destrozado tome lo único que era mío (porque a una gitana, como la gitana que era yo, nada le puede pertenecer, ni su vida, todo es de su esposo), las cartas de tarot que Jofranka me había regalado, me encamine hacia donde ella estaba, la abracé y le agradecí todo el apoyo que me dio. Y me dirigí a la salida del campamento para abandonar a la comunidad. Uno nada es sin su familia, pero ellos no eran mi familia, ni mi esposo lo era. El viento se detuvo de tajo, cayó un relámpago en seco que alumbró el cielo de la tarde. Kavi fue a darme alcance, yo caminaba entre maldiciones y conjuros que gritaban los gitanos a mis espaldas cuando escuché su fiera voz:

-Kavi-¡yo te maldigo, Yafit! De ahora en adelante tu espíritu vagará por el mundo sin encontrar nunca la paz.

Con el cuchillo que llevaba en mano, se abalanzó contra mí. Así fue como terminó mi segunda vida: estéril, exiliada y maldita.

Ay, de mí, Llorona, Llorona
Llorona, llévame al río
Ay, de mí, Llorona, Llorona
Llorona, llévame al río

III

 Yo soy cómo el chile verde, Llorona,
Picante, pero sabroso
Yo soy como el chile verde, Llorona,
Picante, pero sabroso

Ahora vivo por tercera vez y si tuviera que decir qué soy, diría que en mi tercera vida soy libre. Elegí por nombre Isabel y soy errante en esta vida porque nada es para siempre, excepto la familia, pero mi familia es cualquier persona que me tiende la mano, cualquier persona que no me juzga, que no me maldice, que me acepta, incluso cualquier persona en este bar que quiera cooperar con una argint para que no me corran.

Soy errante porque siempre me ha gusta ver el mundo y aunque muchas personas dicen que hoy día es peligroso que una mujer viaje sola, no tengo miedo porque escucho al viento y al maíz, que siempre me previenen, porque ya no temo a los relámpagos, porque en mis vidas anteriores saldé mi karma. He podido reconciliarme con mi mano izquierda y poner mis ojos en la derecha. Aprendí a adivinar mi propio futuro, así que, cuando Mictlantecuhtli venga por mí, me voy a ir sabiendo que viví la vida que quise, me voy a ir viéndolo a los ojos, me voy a ir, esta vez, para siempre.

Si ya te he dado la vida, llorona
¿Qué más quieres?
¡Qué más!

Autor: Paola Licea

Soy amante de las letras y de los pensamientos. Licenciada en APOU Candidata a Mtra. En Humanidades

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