AMLO: El símbolo y el poder

Por Jorge Torres. Un trabajo original de La República

Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia de México transformado en un símbolo nacional para millones de personas. Fue la plaza pública el espacio que lo forjó en el proceso de construcción simbólica y lo erigió como la imagen dominante de la cruzada que lo llevó al poder.

Desde ahí edificó su discurso doctrinal a partir de dos premisas fundamentales: emular al expresidente Benito Juárez en su lucha contra los conservadores y a Francisco I. Madero en su batalla por derrocar al régimen dictatorial de Porfirio Díaz. La conversión de los enemigos fue sencilla: Los neoconservadores estaban concentrados en el capital y los nuevos dictadores representados en la clase política.

El ritual fue para López Obrador un mecanismo insustituible para establecer su jerarquía y reforzar las convicciones cohesionadoras de identidad entre sus partidarios. Había que ritualizar para que las creencias arraigaran y dedicó el tiempo a la escenificación del poder consagratorio de sus virtudes.

AMLO asumió el poder a partir de un principio místico más que ideológico: su estatus político no cambia en la transición a Jefe de Estado, por el contrario, es la institución presidencial la que adquiere un nuevo significado. El hombre en el que se ha convertido redimensiona la investidura, manchada hasta ese momento por la corrupción y el abuso. Fiel a los años de peregrinación cívica que moldearon su estilo, no se considera un simple depositario del poder presidencial, sino el símbolo que lo representa.

El mito que lo envuelve desprende significantes que dan forma a la urdimbre de creencias que lo constituyen. Pero legitimarlas implica mantener activos los rituales que lo encumbraron. Por esa razón no puede deshacerse de su enemigos, reales o ficticios, que representan el mal en la escenificación de su poder de redención ante un público que ha interiorizado su discurso.  

Esa es la razón por la que la política se ha transformado en religión secular. Una secta de ritos cívicos que determinan las diferencias y las identidades que propagan las nuevas creencias en torno al gobierno, y cuyos mecanismos se encargan de dotar de nuevos significados a la gesta presidencial.

Los eventos políticos de López Obrador han transmutado en rituales para reafirmar el consenso de grupo y apuntalar el disentimiento con sus adversarios. El presidente adoctrina a sus fieles y perturba a los rivales. No hay espacio para el reconocimiento de los errores. En su lugar se echa a andar la catarsis distribuidora de culpas que enciende a sus seguidores y obnubila a los críticos.

El mandatario encabeza todas las mañanas desde Palacio Nacional la nueva liturgia del poder que reinventa el presidencialismo mexicano desde un pódium donde se entona la certeza embrujada del profeta y se escenifica el rito sacralizador de su autoridad. Desde ahí se polariza y se agita la conciencia nacional. 

La escenificación de la controversia mantiene un equilibrio de fuerzas frente a la contingencia y el antagonismo, pues los ataques contra el mandatario todavía implican para millones de seguidores una profanación política, y el sacrificio que representa someterse a la ofensa pública es un riesgo que a su vez muestra una expresión de fortaleza. 

De hecho el sacrificio es uno de los rituales más socorridos por el presidente. Desde la austeridad monacal hasta la ofrenda del poder mediante la revocación de mandato, exhibe su sometimiento a un poder mayor: el pueblo, la abstracción política para la que dice gobernar. Aunque pensada más como una forma de ratificación, la ofrenda de la banda presidencial prevé una escenificación del riesgo que daría fe de su integridad política.

En los ritos de Palacio se han rescatado los viejos símbolos desde donde se dicta el sermón patrio. Sus rincones impregnados de historia escenifican los mecanismos de comunicación que articulan y transmiten los nuevos sentimientos de la nación como la apuesta más importante para mantener la legitimidad del actual inquilino. 

Pero es en el espacio abierto donde el presidente despliega toda su potencia de símbolo político. Es en el dispositivo ritual del mitin donde se encuentra la posibilidad de la escenificación del cuerpo, la encarnación del poder que se puede observar y tocar. Es ahí donde el embrujo de las palabras rinde frutos. El mitin tiene un efecto identitario que no se alcanza con la comunicación digital, que si bien tiene un impacto expansivo, debilita el lazo comunitario. Por eso López Obrador anhela la plaza pública, a donde ansía regresar para hacer más eficiente el proceso de legitimación política al que está obligado frente a la embestida de sus detractores y la crisis de gobierno que ya lo alcanzó.

La reinvención del presidencialismo mexicano a través de una nueva liturgia del poder basada en la polarización y en la constante legitimación de su representación simbólica, conlleva una arriesgada apuesta que determinará el éxito o el fracaso de la perdurabilidad de Andrés Manuel López Obrador como icono patrio en un amplio sector de la población, o dará paso a la caricatura de su propia mitología. El riesgo es mayúsculo y el mandatario lo asume desde un atril de Palacio en una mañanera o en encuentros cara a cara en sus rutinarias giras por el país, poniéndose a prueba cada día como símbolo nacional.   

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