Pasarela Hospitalaria

engin akyurt. Unsplash

Hospital Incurable
Por Adrián Lobo

Pues bien, estimados todos. En este punto recuerdo, si me permiten ustedes salirme un poco del tema que recién inicio a comentar, que un comediante muy seriamente ha planteado en una presentación, su particular visión y propuesta de lenguaje inclusivo. Explica el individuo, cuyo nombre por desgracia desconozco, que sustituir la indicativa de género por una letra “e” hace que las palabras suenen… pues… mal, es hasta un poco chocante para mí, puedo agregar, lo siento mucho y ofrezco una sincera disculpa a quien se pueda sentir ofendido. Y por otra parte, comenta, optar por usar una “@” o una “X” en los textos los vuelve ilegibles por ser las palabras así escritas impronunciables.

Ante todo eso él dice que es mejor generalizar una práctica que ya se puede escuchar cotidianamente, sobre todo entre los más jóvenes. Dice que a su favor tiene precisamente el hecho de ser algo espontáneo, empleado ya por parte de la población y que además es divertido y la pronunciación no queda comprometida por su uso, y no se trata de otra cosa sino de la adopción de la letra “i”, como indicativo de género neutro: Así v.gr., algunos jóvenes actualmente dicen “amiguis”, en vez de “amigos”. Siguiendo dicho ejemplo diríamos entonces “todis” en vez de “todos”, “todes”, “todas y todos” y lo escribiríamos en vez de las impronunciables “todxs” y “tod@s”. En fin. Sólo quise mencionarlo porque pues mi pecho no es bodega. Y ahora, con su permiso, prosigo.


En el ambiente hospitalario no es nada nuevo ni fuera de lo común el uso de mascarillas para la protección del personal sanitario, tampoco lo es el lavado frecuente de manos y el uso de desinfectantes, el uso de ropa protectora y todo eso. Puede parecer ahora de sentido común pero hace tiempo cuando no se tenía el conocimiento lógicamente era algo que no se tenía muy en cuenta. Actualmente es una norma y de hecho desde los más altos niveles, la OMS en este caso, recomienda desde hace varios años un conjunto de prácticas conocidas como “Precauciones estándar” en la atención a la salud, que no son más que “las precauciones básicas para el control de la infección que se deben usar, como un mínimo, en la atención de todos los pacientes”, y que son las siguientes:

    • Higiene de manos.
    • Uso de guantes.
    • Uso de protección facial.
    • Uso de bata.
    • Prevención de pinchazos y lesiones con objetos afilados.
    • Higiene respiratoria y etiqueta de la tos.
    • Limpieza ambiental.
    • Higiene de la ropa de cama.
    • Eliminación segura de desechos.
    • Seguridad del equipo para atención de pacientes.

Lo que sí es un poco novedad en el hospital es precisamente que se está generalizando el uso de ciertos elementos entre trabajadores que normalmente no los empleaban, como el personal administrativo, de trabajo social y vigilancia, por ejemplo, y mire usted, veíamos con curiosidad a los ciudadanos de países asiáticos que desde hace mucho tiempo ya andaban por la calle usando mascarillas como algo normal.

Es como una pasarela de moda hospitalaria que se suma a la de los uniformes quirúrgicos o pijamas. A diferencia de los E.P.P. de moda, en el hospital sí hay pijamas propias de la institución que se facilitan en préstamo a quien llegue a solicitar una. Son unos uniformes sencillos, muchos de ellos ya un poco gastados y descoloridos, quizá por eso muchos compañeros optan por comprar el propio, por eso y porque cuando se solicita uno generalmente le darán el que esté más al alcance de la mano sin que la persona que amablemente lo proporciona se ponga a considerar en lo más mínimo si es más o menos de la talla del solicitante y tiene uno entonces que ponerse una pijama que o le queda apretada o demasiado floja.

Ante ésta situación muchos compañeros eligen ajustarlo de la mejor manera posible empleando para ello tela adhesiva, añadiendo un uso más para éste versátil material de curación. Incluso a veces, con gran desagrado del compañero que lo auxilia a uno, porque pues no tiene usualmente tiempo para eso ya que están muy ocupados, se tiene que pedir que se cambie porque no hay manera de que nos quede. En lo personal si tengo que pedir uno prefiero acudir a la lavandería, ahí los compañeros son más accesibles y están más dispuestos a ayudar, aunque igualmente tienen mucho trabajo, ahí puedo con más confianza solicitar su apoyo para obtener una filipina que no me quede como ombliguera y un pantalón que no tenga que cerrarme con tela adhesiva.

En el mercado hay buena oferta de pijamas quirúrgicas, variedad de colores, materiales y estilos aunque no son tan accesibles en cuanto al precio. Hay también, cómo no, médicos que sin problema alguno frecuentemente se ponen una pijama prestada en el hospital, por más descolorida que ya esté.

Quiero aprovechar ahora para abrir un paréntesis y prevenir a los futuros médicos internos y también a los actuales: llegará un momento en que será obligatorio, por reglamento, que se pongan uno y habrá después de eso momentos en que les resultará más cómodo, aún cuando no sea estrictamente necesario que lo usen, pero desearán hacerlo, de modo que deberían  ya comprarse un par de ellos, para no tener que pasar por un episodio como el antes mencionado. Y ya de paso también unos gorros quirúrgicos. La verdad es que a nadie le importará pero uno puede, por lo menos así me ocurrió a mí, sentirse incómodo, hasta ridículo, como un mamarracho, usando ropa descolorida, manchada a veces, demasiado floja por aquí y demasiado apretada por allá, ajustada en algunas partes con tela adhesiva. Pero bueno, es sólo para sentirse más cómodo, para no tener que estar pendiente de que no se te caiga el pantalón ni tener que estar jalándose la filipina que se enrosca sobre la panza.

Recuerdo ahora algunas frases atribuidas a íconos de la moda, que ahora comparto:

“La elegancia no se define exclusivamente por lo que llevas puesto.
Es la forma en la que te comportas, tu forma de hablar, lo que lees.” 
Carolina Herrera.

“La ropa no va a cambiar al mundo, las mujeres que la visten lo harán.”
Anne Klein.

No es la apariencia, es la esencia. No es el dinero, es la educación. No es la ropa, es la clase.” 
Coco Chanel.

Ahora también llama mi atención la gran variedad de modelos, colores, tallas y precios de las mascarillas que se pueden ver por ahí: Hay colores más allá del clásico azul que teníamos disponible en el hospital; hay verdes, distintas tonalidades de azul, blancas, anaranjadas y hasta negras; las hay desde las quirúrgicas más sencillas, las tricapa, las de tela, de neopreno y las ahora muy famosas N95 (aunque técnicamente el N95 es un “respirador” y no una mascarilla).

Hay de las que se supone que son efectivas y de las que, seguramente, lo único peor es no usar nada y también hay quienes las utilizan correctamente y quienes se las colocan de tal forma que sería mejor que ni lo intentaran, y quienes las usan tan flojas que es de suponer que así no protegen a nadie de nada.

Se puede ver, sobre todo a visitantes que, aun viendo que las mascarillas son más largas que anchas y como saben que debe cubrir narinas y boca, pues se las colocan a lo ancho y no a lo largo, verticalmente. Y no me estoy burlando de nadie, a mí mismo me han señalado otros compañeros errores que he cometido al utilizar una. En fin. Lo malo es que de parte de la institución fluyen a cuentagotas, de las sencillas, las normalitas, y la mayoría de quienes las utilizan las tienen que comprar por su cuenta si quieren sentirse protegidos.

Quienes tienen más posibilidades, y probablemente más riesgo de exposición, han comprado unos aparatosos dispositivos tipo Chernobyl o Darth Vader. En más de una ocasión me he quedado esperando que al toparme por ahí con alguno de esos compañeros con ese tipo de máscaras me digan con una voz profunda algo así como: “I find you lack of faith disturbing…” mientras aprieta un puño en el aire y empiezo a sentirme estrangulado. 

Otros que quizá no tienen la posibilidad de gastar en material que se supone nos debe proporcionar la institución y que no lo ha hecho por más solicitudes que se han hecho, improvisan sus mascarillas tetracapa o más simplemente uniendo cuatro mascarillas quirúrgicas o más, de las comunes, las sencillas y normalitas, manteniéndolas juntas y en su lugar con un poco de tela adhesiva. En fin. 

Como el miserable COVID es tan virulento que se cuela por casi cualquier parte (recuerde usted que puede entrar por la nariz, por la boca, los ojos y hasta por las oídos, nada más le falta la capacidad de ser absorbido por la piel) pues se hace necesario proteger todas esas partes, para lo cual se ha vuelto también común el uso de gafas protectoras. Y otra vez la falta de dicho accesorio por la vía institucional ha hecho que quienes puedan y quieran sentirse protegidos compren alguna que les parezca útil, aunque sea para sólo sentir que lo están sin estarlo realmente, así es como podemos ver goggles tipo motociclista, polarizado incluso, enormes, grandes y no tan grandes y otros que no son en realidad para proteger de salpicaduras como es lo adecuado y necesario sino que son más bien para proteger los ojos mientras se realizan otro tipo de actividades, seguro usted sabe de cuáles hablo, unos tipo minion que se usan comúnmente en actividades de tipo industrial.

Pero bueno, el asunto parece ser protegerse como sea, como si “aquél sálvese quien pueda” (y como pueda) de los memes en redes sociales se estuviera haciendo realidad, así como en lo personal se me hizo realidad el del “líquido de las rodillas”. Puedo decir que pude escuchar que sospechosamente la compañera enfermera que tuvo la amabilidad de atenderme en aquella ocasión le comentó discretamente a otra que “necesitaba un auto nuevo”.

Finalmente las caretas. Igualmente, vía institucional creo que no han proporcionado ninguna, a nadie. Según yo todas las que tienen (los que tienen) los trabajadores del H.G.D.A.V. fueron compradas por ellos mismos o donadas. Lamentablemente algunas de las donadas no son realmente prácticas o tienen algunos defectos perceptibles en el momento de intentar utilizarlas. Como que no ajustan bien y quedan un poco alzadas perdiendo un poco (o un mucho) de su utilidad porque con algunos movimientos exponen todo el rostro que se supone deben cubrir, a pesar de las buenas intenciones de las personas que generosamente las obsequiaron la utilidad de algunas de esas piezas es más bien poca o quizá nula por éste detalle, aunque seguramente, otra vez, serán mejor que nada. Otras, según me parece, funcionan mejor aunque podrían mejorarse un poco cubriendo algunos espacios abiertos.

Entre las que compra el personal tenemos algunas que son abatibles, con micas intercambiables, de plástico rígido o flexible y de construcción más sólida. Igualmente se pueden ver muchas que son quizá específicamente creadas para su uso en la atención médica y otras que en realidad seguramente fueron diseñadas con otra finalidad pero que las usan igual.

La marca líder, campeona indiscutible, la más usada en el H.G.D.A.V., de estos equipos de protección (goggles y caretas) es una que quizá nadie habría esperado, al menos yo no: se trata de Truper. Así es. ¿Y por qué? Pues vaya usted a saber, quizá porque es lo que hay más al alcance, por el precio o por disponibilidad o qué se yo, pero así es. Según me parece esos equipos no son específicamente diseñados para uso en la atención a la salud pero sí son más baratos frente a una marca como 3M que sí lo son. Los goggles más sencillos de marca Truper tienen un costo de entre $ 50.00 hasta $ 250.00 según distintos modelos. En cambio unos de marca 3M aparentemente iguales a los de marca Truper más caros pueden llegar a costar $ 1,400.00. Pequeña diferencia. Hasta ahora no he sabido de nadie que elija utilizar tapones auditivos, es lo único que nos falta. Maldito bicho.

adrian.lobo.om@gmail.com | hospital-incurable.blogspot.com |facebook.com/adrian.lobo.378199

*Hospital incurable
En un rincón de este planeta, llamado Oaxaca, existe un sitio llamado “Hospital General Dr. Aurelio Valdivieso”. Toda mi vida ha estado ligada a este lugar porque resulta que fue ahí donde vine al mundo. Resulta además que casi la mitad de mi familia del lado materno trabaja o ha trabajado ahí y ahora yo mismo. El ilustre juchiteco Dr. Aurelio Valdivieso es para mí entonces como un remoto pero omnipresente ancestro y el hospital que lleva su nombre como un segundo hogar, con todas las contradicciones, orgullos, vergüenzas, satisfacciones, gratitudes y rencores que eso implica. Representan para mí, el sitio mismo tanto como el nombre, una especie de legado o destino que me ha enorgullecido y del que he renegado por igual y del que en ocasiones he deseado distanciarme sin haber podido nunca lograrlo.

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