La pandemia frente al espejo de la fragilidad humana

Por Jorge Torres. Un trabajo original de La República

Slavoj Zizek, uno de los mejores cien pensadores globales según la revista Foreign Policy, vuelve a la carga contra el sistema capitalista mundial, y lo hace con un nuevo libro bajo el brazo. Pandemia: la Covid-19 sacude el mundo, es el más reciente trabajo del filósofo esloveno en donde reflexiona sobre el significado y las consecuencias de la contingencia sanitaria global.    

Escrito prácticamente en tiempo real, el libro de Zizek es básicamente una crónica desde el encierro cargada de valoraciones filosóficas y ocurrencias extraídas de la cultura popular.

El filósofo nos recuerda, amparado en Hegel, que lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia. No aprenderemos nada de la pandemia, desliza el autor al concluir que definitivamente no seremos más sabios cuando todo termine. 

Pero su pesimismo se transforma en osada esperanza al encontrar la fisura que dejará la contingencia en la conciencia humana: ante la certeza de que “el virus romperá los cimientos de nuestras vidas”, y de que al sufrimiento se sumarán los estragos económicos de una recesión, surgirá una nueva “normalidad” que nos permita cuestionar los engranajes del sistema que nos ha colocado frente a esta catástrofe.

Fiel a su estilo desenfadado, Zizek vincula el autoritarismo chino y los marcianos invasores de G.H. Wells con la pandemia de coronavirus en su nuevo libro. Para el pensador esloveno, hay una relación directa entre los gestos dictatoriales de China y el tema central de la novela La Guerra de los Mundos con el origen y las consecuencias de la crisis sanitaria global.   

El planteamiento le permite al autor colocar sobre la mesa dos poderosos argumentos que ponen en entredicho el sistema que Zizek quiere reprogramar en la mente de sus lectores. Por un lado el autoritarismo, un mal del siglo XX que se replica en el XXI, y por otro la degradación ambiental provocada por el hombre.

Los rasgos de esquizofrenia autoritaria de los líderes políticos chinos, le permiten a Zizek advertir sobre el grave riesgo que representa un gobierno autocrático frente a la emergencia de una epidemia. 

La historia de Li Wenliang, el médico que alertó sobre el nuevo virus y que murió luego de contraer la enfermedad en medio de la censura y el acoso del régimen, es la radiografía inculpatoria de cómo China intentó ocultar el brote de coronavirus en Wuhan. 

El autor ajusta cuentas con la clase política china por haber exacerbado los controles internos que provocaron altos niveles de desconfianza entre la ciudadanía e impidieron contener la epidemia.

Las reflexiones del filósofo esloveno apuntan a que China pagó caras las consecuencias de su despotismo político y endosó al mundo ese costo. El régimen logró poner en cuarentena a millones en medio de la incertidumbre, pero impuso una prueba brutal para los gobiernos del orbe.

La obra de G.H. Wells, La Guerra de los Mundos, le permite al filósofo ejemplificar el abuso de los seres humanos sobre el medio ambiente, mediante una “versión invertida” de la novela, que narra una invasión extraterrestre, y cómo al final el narrador descubre que los invasores han sido aniquilados por un patógeno terrestre para el que no tenían inmunidad. 

En la pandemia, dice Zizek, los marcianos somos nosotros, enloquecidos en un afán destructor de la vida en la tierra, y el virus es la implacable respuesta de la naturaleza luego de que fracasaron otros dispositivos para detenernos. La amenaza que se cierne sobre la humanidad la representan “virus estúpidos que simplemente se reproducen a ciegas y mutan”.

Pero el juego retórico de Zizek no es más que un recurso que le permite soltar analogías que preparan el terreno para la tesis que quiere construir, sin importar las contradicciones que suelen entrañar. “Debemos resistir la tentación de tratar las actuales epidemias como algo que tiene un significado más profundo: el cruel pero justo castigo de la humanidad por la despiadada explotación de otras formas de vida en la tierra”.

Para Zizek puede resultar tranquilizador pensar que el castigo viene del universo por nuestro mal comportamiento, pero lo que inquieta, “lo realmente difícil de aceptar es el hecho de que las actuales epidemias son el resultado de la contingencia natural en su estado más puro, que acaba de ocurrir y no esconde ningún significado más profundo”. 

Para este punto el filósofo ya pasó del juego retórico y el sentimiento metafísico del castigo, a la angustia y el drama existencial del hombre: “En el orden más amplio de las cosas, somos una especie que no importa”. 

Luego de mostrarnos en el espejo de nuestra fragilidad, Slavoj Zizek nos invita a transitar por el angosto pasillo de la solidaridad y la cooperación, tras advertirnos que de eso depende nuestra propia sobrevivencia.

Luego de mostrarnos en el espejo de nuestra fragilidad, Slavoj Zizek nos invita a transitar por el angosto pasillo de la solidaridad y la cooperación, tras advertirnos que de eso depende nuestra propia sobrevivencia. 

La cuarentena da pie para que el esloveno dé rienda suelta a sus acostumbradas analogías, e invoque un “virus ideológico” que reprograme el statu quo y construya una “sociedad alternativa” que impulse la solidaridad y la cooperación mundial. 

A Slavoj Zizek le gusta medirse con sus pares en los libros que escribe, y Pandemia no es la excepción. El esloveno muestra las cartas del filósofo Byung-Chul Han sobre sus tesis de la “sociedad del cansancio”, en donde el surcoreano expone que “la lucha de clases se ha transformado en una lucha interna contra uno mismo”, impulsada por la exigencia y la ambición de eficiencia en el trabajo.

Para Han el neoliberalismo suspendió la lucha de clases, pues la auto explotación interrumpe el antagonismo entre grupos sociales, lo que explicaría la aparente estabilidad del sistema capitalista, un argumento que le permite a Zizek discrepar y abrir fuego contra su colega.

Zizek reconoce en la teoría de Han una original forma de interpretar la nueva subjetividad, pero sostiene que “está condicionada por la nueva fase del capitalismo global, que sigue siendo un sistema de clases con desigualdades crecientes”, y los antagonismos sociales no se reducen “de ninguna manera a ‘la lucha contra uno mismo’”.

Slavoj Zizek quiere mostrar que el monstruo del capitalismo global está intacto, que el engranaje, la voraz capacidad de explotación y la inmisericorde vocación para causar dolor y sufrimiento del sistema capitalista, no han sido modificadas en la era tecnológica. Y que ese sistema, que ahora se encuentra amenazado por un virus, puede ser más peligroso todavía.

Pero la imaginación de Zizek no vuela, se queda a ras de tierra y recurre a la vieja y persistente receta de un nuevo comunismo, una idea tan ambigua que contamina las lúcidas reflexiones que aparecen a lo largo del libro.

Slavoj Zizek tiene un punto cuando ejemplifica la histérica y absurda reacción del fervor capitalista al identificar ciertos fenómenos económicos como entidades vivas, ya sean los mercados o el capital financiero. La crítica al fervor de la histeria, no por las personas que han perdido la vida, o por los que están en riesgo de perderla, sino porque la contingencia perturbó el funcionamiento del mercado mundial, que a su vez implicará la contracción del crecimiento en las economías, valida el argumento que plantea el esloveno sobre la “necesidad urgente de una reorganización de la economía mundial”, ajena a la lógica de los mecanismos del mercado.

Pero en un afán de mostrar la fisura moral de los capitalistas, Zizek muestra el óxido de su propio patrón ideológico: “No estamos hablando aquí de un comunismo a la vieja usanza, por supuesto, sino de algún tipo de organización mundial que pueda controlar y regular la economía, así como limitar la soberanía de los estados-nación cuando sea necesario”.

Zizek habla de un inminente “estado de guerra médica”, una alarmante imagen desde donde se lanza contra el estado actual de las cosas, enarbolando su inquietante añoranza de una poderosa organización global reguladora de soberanías. 

El recurso del esloveno parece más un chantaje intelectual que nos amenaza con la tragedia intermitente para convencernos de su receta ideológica frente a la pandemia. “Una cosa es segura: el aislamiento por sí solo, la construcción de nuevos muros y más cuarentenas, no hará el trabajo. Se necesita una solidaridad total e incondicional y una respuesta coordinada a nivel mundial, una nueva forma de lo que una vez se llamó comunismo. Si no orientamos nuestros esfuerzos en esta dirección, entonces Wuhan puede ser la típica ciudad de nuestro futuro”.

Pero, ¿es el comunismo la respuesta a la pandemia de coronavirus como Slavoj Zizek nos quiere hacer creer? El autor es consciente de lo absurdo que puede llegar a sonar en plena crisis sanitaria su argumento de que la epidemia de coronavirus “podría dar un nuevo impulso al comunismo”, y ahonda en el significado de “estado de guerra médica” para darle sentido a lo que dice. 

Para Zizek, el espíritu de solidaridad humanitaria es la salida a la tentación capitalista de ver la pandemia de coronavirus como una infección que le permite al sistema

“Si se hospitalizan miles de personas por problemas respiratorios, se necesitará un número mucho mayor de máquinas respiratorias, y para conseguirlas, el Estado debe intervenir directamente de la misma manera que interviene en condiciones de guerra cuando se necesitan miles de armas, y debe contar con la cooperación de otros Estados. Como en una campaña militar, la información debe ser compartida y los planes totalmente coordinados, Esto es todo lo que quiero decir con ‘comunismo’”, escribe Zizek en la parte central de su nuevo libro.

El autor apela a la cooperación internacional, cercada por las inercias de la globalización de los mercados y el populismo nacionalista. Pero esta figura que describe su idea de “comunismo”, en nada se parece a una doctrina de gobierno, sino a un emergente modelo de colaboración entre países para enfrentar la crisis que nos embiste. 

Para Zizek, el espíritu de solidaridad humanitaria es la salida a la tentación capitalista de ver la pandemia de coronavirus como una infección que le permite al sistema “deshacerse de los viejos, débiles y enfermos, y contribuir a la salud mundial”, una horrible y cínica visión “vitalista” de la contingencia.

Zizek imagina un brutal escenario de supervivencia donde la violencia se impone con desordenes públicos y linchamientos. Esta amenaza sería una regresión a la “barbarie abierta”, pero lo que más le preocupa, es la “barbarie con rostro humano”, la aplicación de despiadadas medidas de supervivencia legitimadas por los “expertos”.

“Es posible que en algunas partes del mundo, el poder estatal se desintegre a medias, que los señores de la guerra locales controlen sus territorios en una lucha general al estilo de Mad Max por la supervivencia, especialmente si se aceleran amenazas como el hambre o la degradación del medio ambiente”, escribe Zizek en un arrebato apocalíptico recurriendo a sus clásicas analogías de la cultura pop.

El filósofo esloveno nos propone, en síntesis, una reprogramación del sistema que organiza nuestra interacción social, a partir de una participación política más activa y de una transformación existencial. “Nuestra situación actual es profundamente política: nos enfrentamos a opciones radicales. Tendremos que cambiar toda nuestra postura ante la vida, ante nuestra existencia como seres vivos entre otras formas de vida”.

El libro de Slavoj Zizek es un recuento mínimo de agravios contra la humanidad y especulaciones sobre el futuro inmediato, mezcladas con meditaciones filosóficas que incluye una inquietante reflexión sobre lo que nos espera: “Estas epidemias (…) se quedan aquí y simplemente persisten, trayendo un miedo y una fragilidad permanentes a nuestras vidas. (…) Tendremos que aprender a vivir una vida mucho más frágil”. Pandemia: la Covid-19 sacude el mundo, es una obra que nace del asombro y de la necesidad de comprender, escrita en el fragor de la crisis de salud más dramática de los últimos tiempos. Slavoj Zizek escribe un libro necesario y se arriesga a pensar en tiempo real, y esa audacia nos regala un texto que provoca escalofríos, pues nos coloca frente al espejo de nuestra propia fragilidad.