Montaré la ola a donde me lleve: A 29 años del álbum perfecto

Por Sergio Morales Herrera

Escribir sobre Pearl Jam significa compartirles una opinión sin ninguna clase de objetividad ni criterio que me permita ser imparcial, es teclear desde la boca del estómago y sin ningún otro órgano funcionando más que el corazón, sobre todo cuando recuerdo todas las primeras veces que compartí con sus letras, con esas las líneas de bajo inmortales y los riffs de guitarra tatuados en la memoria. Estamos hablando de la primera borrachera que me propinaron los amigos con los que crecí en el cumpleaños número 18 de uno de ellos mientras escuchábamos Live on two legs de 1998 (yo tenía 15), o la primera vez que fui a un concierto con alguien del sexo opuesto fue a uno de PJ en diciembre de 2005 en la Ciudad de México. 

Pero si existe un momento que marcó un génesis en mi gusto por “esos guitarrazos y los gritos de ese pinche marihuano“,  como mi padre solía referirse a Eddie Vedder, fue aquella ocasión en la que mi tío, quien puedo decir que ha sido una figura igual de influyente a la del abogado que paga los recibos de luz en mi otrora casa, llegó del banco con el primer disco del quinteto de Seattle cuando iba a segundo de secundaria diciendo: “Toma, suenan a cualquier banda que yo escuchaba en los sesenta, vas…” Siempre estaré agradecido con el ejecutivo de esa sucursal bancaria que le dio ese disco que no quiso mi tío. Un héroe anónimo.

En la música existe un viejo adagio que dicta los destinos de una banda casi a la calca, y es que, “Las bandas tienen 20 años para escribir letras de su primer disco y seis meses para escribir las de su segundo“. Nada más cercano a este mandamiento que la historia que rodea a los integrantes de este conjunto de greñudos. 

“Las bandas tienen 20 años para escribir letras de su primer disco y seis meses para escribir las de su segundo“

El destino de la “Mermelada de Perla“ no comienza con el lanzamiento de su opera prima, está  fragmentada en distintas facetas y localidades de la costa oeste de Estados Unidos, y se remonta a 1984, cuando el bajista Jeff Ament funda junto con otros personajes de la naciente escena del grunge en Seattle, Green River, que un año después se uniría el guitarrista Stone Gossard para consolidar un proyecto pero, que solamente permanecería vigente por dos EP’s y que, para el lanzamiento de su primer LP en 1988, las asperezas entre los miembros serían cada vez más notorias hasta el punto de quiebre entre ellos. Cada uno de los integrantes tomaría caminos diferentes, a excepción de Jeff y Stone, quienes encontrarían en Andrew Wood la formula correcta para seguir vigentes en la escena del grunge que ya tenía a Nirvana, Alice in Chains y Soundgarden como principales exponentes con materiales discográficos expuestos en las principales tiendas de discos del país. La tierra estaba fértil para que Mother Love Bone fueran los siguientes en heredar el legado y comenzaran a hacerse camino por ellos mismos. Al mismo tiempo, en Los Ángeles, California, la banda de Mike McCready, Shadow, intentaba filtrarse en la escena del glam rock donde sin mucho éxito, tocaba en lugares míticos como el Whiskey A GO-GO en un domingo por la noche. Improbable por donde sea que alguien quiera ver a una banda en vivo en ese día. Siendo joven, el domingo es para curar crudas y malestares del día anterior.

Pero para Edward Louis Severson III, la vida parecía que le tenía listo un futuro sombrío y sin ninguna expectativa. Para la sociedad, él era un bicho raro, un paria que no generaba confianza porque no parecía tener ninguna otra ambición más allá de surfear y escribir canciones que hablaban del abandono familiar y amoroso, del suicidio y la depresión, de la soledad y del desahucio. Y es que, en los años en que cursaba la preparatoria era difícil empatizar con alguien que trabajaba en una gasolinera y que lo único que cargaba en su mochila no eran cuadernos, sino las cuentas por pagar que llevaba consigo para recordarse a sí mismo que primero, tenía que cumplir con las obligaciones en casa. Así lo relata el propio Vedder, a quien naturalmente esas experiencias alimentaban su hambre por hacer música y consecuentemente, poder hacerse de un nombre y un lugar en ella. 

En 1990, Mother Love Bone estaba listo para lanzar en ese verano su primer álbum llamado Apple, se encontraban en la parte final y en pláticas con sus representantes para idear una estrategia en donde Andrew Wood, el líder de la banda, sería vigilado por un miembro de su staff para evitar una recaída en su adicción a la heroína, pero lamentablemente, esa conversación nunca tuvo un final feliz. En marzo, Andrew tuvo una sobredosis de dicha droga y en consecuencia, le diagnosticaron una muerte cerebral, por lo que los doctores tuvieron que desconectar el respirador artificial conectado a él.

El terreno estaba listo para que el mundo conociera la rabia incontrolable que Eddieemanaba en el escenario los stage-divings y al mismo tiempo, la melancolía de las letras que le hablaban a toda una generación que lo último que quería era hacerse de un lugar en lo convencional y lo ya establecido

En una de las primeras entrevistas que Eddie Vedder dio para la revista Rolling Stone ya como el frontman en el que se convirtió, explicó que el nombre de la banda proviene de la analogía del nacimiento de una perla y de cómo, esta nace a partir de los desperdicios de los que se alimenta una ostra y se convierte en algo bello y único. Y es que, el destino de “Crazy Eddie“ se movió en una dirección que no esperaba; lejos de las playas de San Diego donde el surf era su manera de escapar de su extenuante realidad, le estaba esperando en Seattle la tormenta perfecta, hecha de la fragilidad emocional, del vacío generado por la pérdida de un ser querido y las memorias de la infancia que dejan cicatrices vitalicias. Estaba a punto de montar la ola que tanto había esperado.

El terreno estaba listo para que el mundo conociera la rabia incontrolable que Eddie emanaba en el escenario los stage-divings y al mismo tiempo, la melancolía de las letras que le hablaban a toda una generación que lo último que quería era hacerse de un lugar en lo convencional y lo ya establecido. La banda debuta en vivo en octubre de 1990 bajo el nombre de Mookie Blaylock y el 29 de agosto de 1991 sale a la venta Ten, grabado en 10 días con solamente unos cuantos shows juntos abriendo la gira que Alice in Chains tenía en ese momento pues Eddie, a su llegada a Seattle, a finales de septiembre de 1990, lo último que quería era perder el tiempo. Solamente 10 meses después de haberse conocido y el disco ya había llegado a las tiendas.

Hoy en día, Pearl Jam es una banda consolidada con millones de seguidores alrededor del mundo y millones de discos vendidos por igual, han apoyado cualquier cantidad de causas sociales, pelearon contra gigantes corporativos que inflan sus arcas a base de que los verdaderos aficionados se pierdan la experiencia de ver a su banda favorita en vivo. Han estado a punto del rompimiento y en su momento, hasta la llegada de Matt Cameron, el puesto del baterista no era otra cosa que una puerta giratoria, y es que dicen que cuando le quitas el baterista a una banda, le estás quitando el corazón con el que funciona. Si es así, entonces Pearl Jam ha tenido varios infartos casi fulminantes y aún así, siguen montando la ola, como lo dice en el último track del disco, esa misma ola que los ha llevado 29 años después a ganarse el respeto de propios y extraños y que los ha convertido no solo en compañeros de banda, sino de vida.