Diarios del laberinto (I)

Luemen Carlson. Unsplash

Voy regresando a la rutina, y con ella mis sueños. En aquel diván un tanto desgastado, la figura pulcra de mi doctor es lo que sobresale, porque de su rostro lo único que se asoman sus ojos, y con la pandemia, me hace pensar que una de las tragedias que han acontecido es que ahora pierdo la mitad de la información que un rostro me puede mostrar. Adiós a los fugaces espasmos en las comisuras de los labios, la asimetría del rostro, el temblor involuntario, el cambio de color de la tez. Supongo que entonces tengo un duelo similar que el de las máquinas de vigilancia, aquellas como las que utiliza el gobierno chino, que leen las expresiones de otros. Mi cabeza un panóptico, el mundo la prisión. Volviendo al diván, no puedo evitar ser embargada por un dejo de aquella angustia de no poder analizar mi entorno. El doctor es persona antes que doctor, y preferiría saber el rastro de sus pensamientos pintados en su rostro. Y sin embargo, no puedo. Me resigno. Lo único que me queda es pensar que la minuciosidad en su arreglo, la limpieza de su mochila, es reflejo de la seriedad, y aún así juvenil frescura que imagino le caracteriza.

Entre lo que se ve en terapia, en la evaluación que me hace, se asoman los acontecimientos semanales. En esta ocasión no puedo simplemente pasar a la siguiente pregunta, puesto que se ha puesto un tanto complicado. Las relaciones humanas que me rodean están fragmentadas por la falta de roce social, lo anterior ocasionado (o simplemente agravado) por esta situación límite que es el encierro y que coloca un peso inconmensurable sobre nuestros hombros. A veces, sólo me pienso parcialmente funcional. A veces aplanada, y en otras ocasiones ansiosa. En otras más, no me gustaría siquiera salir de la cama. Días en los que sólo puedo dormir 3 horas, y otras donde puedo llegar a dormir hasta 16. El irregular sueño sólo es síntoma de la batalla por adaptarme nuevamente a la vorágine de mi anterior ritmo. Salvo con una diferencia: el uso de desinfectantes y cubrebocas. La desconfianza de otros, y las miradas silenciosas y pasivo-agresivas para mostrar una evidente desaprobación al no traer el cubrebocas. En el camino a salvaguardar la integridad de mi hígado, he repartido máscaras KN95, enseñado a otros a colocárselos correctamente y enfatizado el horror de haber conocido a dos personas que fallecieron por “el bicho”.

Sin embargo, más allá del mundo tangible, me rodeo de gente digital que sé que en algún momento desaparecerá, gente que no se va pese el tiempo, gente que vive en el limbo entre la existencia y la inexistencia. Es en ese último grupo el cual particularmente es el que antes me causaba más conflicto. En un arrebato para usar recursos que asemejan más “baraterías retóricas de la prosa”, podría recurrir a decir sin precisión alguna que aquellas personas que aparecen y desaparecen parecieran vivir en una “esquizofrenia existencial” (¿ven por qué suena tan mal la expresión?). En pro de una prosa limpia (o por lo menos no capacitista e irresponsable), lo único que puedo imaginar es que la distancia digital exacerba algunos de nuestros recovecos mentales más profundos. Sin embargo, no pinta todo el cuadro de lo que son esas personas. Simplemente son un extracto, una esencia de las mismas. Dicho eso, aunque suene frío, enamorarse perdidamente en estas circunstancias, en mi situación particular, no abonaría tan positivamente. La Sertralina, sin embargo, ha logrado estabilizarme al grado en que los piropos de cajón no funcionan, por lo que no extraño lo que nunca tuve, no espero nada. Algunas de mis relaciones humanas, conocidos, gente de la que antes gustaba, amistades no tan cercanas, en ocasiones las siento como inteligencias artificiales que han pasado una prueba de Turing. El doctor me ha preguntado si lo he dicho a alguna de las personas mi peculiar perspectiva de ellos como androides. Mi respuesta al ser afirmativa, detrás del cubrebocas plisado se asoma una risa socarrona. El doctor antes de ser doctor es persona… y he de admitir que disfruto hacerle reír con mi torpe franqueza.

Me levanto del diván y me regreso al pueblito. Pasarán seis semanas antes de que pise la ciudad para turismo médico. Espero que poco a poco yo vaya mejorando, la situación sea cada vez más tolerable, los nubarrones en mi panorama interpersonal se aclaren, desaparezcan o por lo menos no sean más pronunciados. Regreso a donde la fieresilla peluda, quien seguramente me espera para que le abra la puerta de la habitación, y meditabunda se asome por la ventana mirando la construcción que se erige y que ya no permitirá que los caballos pasten enfrente de la casa. Voy a extrañar esos pequeños cambios.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas